Fue Nicola Salvi quien quiso traerme a Roma. A mí, Neptuno, ¡Dios de las Aguas!  Y fui yo quien aceptó venir a esta imponente ciudad.

La città dell’amore.

Y dejé mis mares y mis castillos dorados y a mis sirenas y delfines los abandoné.

Salvi, ese magnífico arquitecto, dispuso a mis pies dos valientes caballos de mar tirados por poderosos tritones que al sonido de sus caracolas anuncian mi paso. Sobre el frío mármol traventino, dejó caer una fresca cascada que iluminaba mi efigie.

Me prometió aguas puras y me ofreció abundancia. Yo le dije que no, que yo no buscaba eso. —¡Yo solo quiero encontrar el amor! —le respondí con voz gruesa y sin ilusiones—. Siete esposas tuve pero nunca fui feliz.

Y fue así como empecé una nueva vida que no lograba comprender:

—Dale, arroja la moneda en la fuente que así volveremos a Roma —le oí decir a un padre mientras le daba un centavo a su pequeño.

—Échale dos monedas para que te enamores de un italiano dulce y te olvides de José. Él te hace demasiado daño, Marcela —le sugería una muchacha a la amiga—. Los italianos son tan queridos…

—Ni se te ocurra tirar tres monedas. No estamos listos para casarnos ma chérie —advertía un joven a su novia y terminaba la conversación en desconsuelos.

Día tras día, gente de todo el mundo llegaba hasta la reducida Piazza Trevi, para admirarme con asombro y pedir favores mientras arrojaba dinero en mis aguas. De frente, de espaldas, con la mano derecha, con la izquierda, sobre el hombro, siempre inventaban una forma para lanzar sus monetinas. Nunca perdían las esperanzas de recibir lo que me suplicaban.

 Unos querían amor.

Otros volver a Roma.

Pero yo no era capaz de darles amor y sufría muchísimo por eso.  ¿Cómo les entregaría aquello que yo mismo no encontraba? ¿Cómo? De pie, escoltado por briosos caballos y enérgicos tritones, yo Neptuno, Dios de los Mares, no tenía el poder para concederles lo que me rogaban.

Hasta que una noche por fin lloré. Lloré tanto. Lloré por ellos y también por mí. Dormí entre llantos.  ¡Hice temblar la tierra!

Y aquel amanecer de domingo, al salir el sol, me sentí frágil. Aturdido. Y al contemplar desengañado una vez más la dolce piazza, una brisa tibia con olor a robles acarició mi cuerpo.

Un encantador correr de aguas me llamó la atención. Nunca las había notado.

Busqué a mi alrededor.

Eran las lágrimas de mi aflicción que colmaron mi inmensa fontana, para discurrir luego en un pequeño recipiente, una fontanina que siempre estuvo a mi lado pero por la que hasta ese amanecer de verano, jamás había caído una sola gota de agua.

¡Júpiter es testigo que es verdad lo que yo afirmo!

A los pocos minutos, una nueva sorpresa invadió mis ojos.

Una pareja de jóvenes tomados de las manos, bebió al mismo tiempo inocentes sorbos de los dos pequeños chorros que salían de la fontanina. Se dieron luego un suave beso en los labios, de esos besos eternos que antes abundaban.

Largas colas se formaron tras la pequeña fuente. Hombres, mujeres, ancianos, niños, todos bebían de mis aguas. Todos quedaban encantados. Sentían amor. Eran felices.

Y sentí amor. Y fui feliz.

No solo eso carissima Juturna, mi bella ninfa de los manantiales, debo decirte además que ese día, ese domingo de verano cuando bebiste de la fontanina, Nicola Salvi me dio lo que yo había buscado en mi larga vida.

Y para aquellos viajantes que me piden regresar a Roma… ahhh, mi amata Juturna, volver a Roma es tan sencillo. ¡Yo Neptuno Dios de los Mares, juro que para eso, basta con  lanzar un centavo en mi fontana!

¡Que Júpiter y Venus hieran mis ojos y quede ciego eternamente, si son falsas mis palabras!

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