Letra Viva (versión revisada)

Posted: 2 October, 2013 in 2012
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bici marcela

—¡No te vayas, Marcela! —me advirtieron— ¡Aquí estás a salvo! ¡Lejos no lo estarás!

Pero yo, ya no era una niña.

—¡No te vayas, Marcela! —me suplicaron.

Sin más, me trepé dichosa  a la bicicleta.

Necesitaba rodar y rodar.

Me fui campante. Abandoné trapos, recuerdos, papeles, zapatos, sonrisas, muñecas rotas. La tristeza y la alegría. Nada era importante.

Crucé montañas.

Me empapé de sol. Probé de las  gotas de lluvia que refrescaban mi andar. Abrí y cerré los ojos irresponsablemente como para  poder sentir más. Disfruté el color de la algarabía, de la vida, del cambio. La vitalidad del alma. El frío a veces cariñoso y otras abrasador. El aire nuevo de la esperanza.

Sentí el corazón verde.

La ruta era suave, ligera. Las bajadas tenues impulsaban mis sueños. Seguí y seguí flotando. Ni por un instante pensé en retornar, ni con el pretexto de  ir por mis  galletas,  esas de avena, que de pequeña me encantaba picotear.

Inventé mi rumbo. Busqué caminos.

Encontré  gente. Aprehendí  sabores. Exploré el campo. La tierra húmeda embarró mis pies. Vi a mi paso girasoles azules. Visité el mar. Probé de sus olas saladas. Olfateé la vida. Un viento helado me acarició el alma, quizás me advertía la aparición de tormentas. Pero no le hice caso. ¿Para qué hacerlo si estaba feliz?  

Quería ser transportada  por lugares imaginariamente  perfectos, ilusamente  perfectos, imperfectamente perfectos.

De pronto, una poderosa montaña llena de bosques y de pesadas nubes  se me empezó a acercar.

A cada instante era más grande.

Me acorraló.

Con mis ideas y la fuerza de mi mente, protegí mis manos y el resto de mi cuerpo.  

Mantuve los ojos abiertos.

Envuelta en un silencio expectante, marqué mi rumbo con el sigilo de  un búho  que no quiere ni ulular.

El recorrido se volvió  pedregoso, empinado, tortuoso.

Malas y fuertes hierbas crecían y cerraban mi camino.

Un olor a animales muertos invadió el lugar.

Pero no me importó.

Tenía ganas, me sobraba fuerza.

Tenía agua, había mucho espacio.

Estaba segura que vendría el claro. Que no habría más  barro, ni rocas, ni puyas, ni espantos, ni grama tosca, ni frío, ni bulla, ni aguas bravas de las que escapar.  

Pero  ese sol y ese campo impecable con su aroma a huerto y mis sueños imperfectos se  empezaron a quedar atrás.

Y bajé. Bajé con fuerza sin poder detenerme. Y se opacaron las risas, se silenciaron los cuentos y se apagaron las luces, los cantos y también la felicidad.

En mis huellas se quedaron las palabras dulces, los recuerdos suaves y aquellas galletas de avena  que algún día quise olvidar.

Los  pedales se enredaron. Me pesaban, me dolían, me ajustaban. Y a ese viento amargo y esa lluvia maldita, las espinas crueles y los sofocantes gritos, no los pude dominar.

Y cerré los ojos, para no ver  el rumbo.

Me agarré con furia del timón de la bicicleta.

Todo fue en vano.

Su cuerpo quedó mustio, empezó a tiritar.

Y mis propios pasos intentaron pisarme.

Su mirada se puso triste y esa sonrisa, su sonrisa, ya no está.

Y noté, sin querer, cuánto espacio había hacia arriba y que para abajo, era imposible avanzar.

Y con la mente regreso y con la mente me aferro, me animo, me impulso. Me pongo de pie.  Tomo  aire. Respiro. Pruebo algún chocolate de mis favoritos, de los que de niña solía guardar.

Veo entre arbustos mi bicicleta.

Y la miro y lo dudo.

Y la miro y me asusto.

Pero debo ser valiente y me subo y me acomodo y avanzo. Veo el campo y la vida, tan apacibles, sin calamidad.

Poco a poco sonríe, ya no llora, no sufre.

Me siento tranquila, me escabullo entre flores, entre risas y cantos, vuelvo a ser Marcela de la felicidad.

Marcela ya no es una niña y lo sabe, y de reojo sonriente, mira ella hacia atrás.

Cree que todo ha pasado. Pero se equivoca. Pronto llegará su final.  

Marcela caerá de nuevo y esta vez, no se levantará.

Marcela morirá entre hierbas. De ella nadie más sabrá.

Y Marcela me escuchó y me miró a los ojos.

Y pedaleó con fuerza y  protestó a mis letras.

—¡Déjame viva! ¡No me gusta un desenlace fatal!

Me sorprendí al oírla, al sentir su voz y le respondí en mal tono, para acabar con ella:

¡Tú no decides Marcela! ¡Este es mi cuento, yo te he creado, yo soy quien manda en tu final!

—¡Quiero seguir, déjame libre! Tú me pediste que no me vaya. Te comprendí. No me he marchado. Fui lo que tu mente quiso crear. Sé que no es fácil. Quiero arriesgarme. Saber caerme y levantar. Yo soy Marcela, así me llamaste, el mar y el cielo sabré conquistar. Bramarán las aguas y lo harán los vientos, mas descubriré prados y  alguien que amar. ¡Es mi derecho! ¡No soy un cuento! ¡Ya no soy tuya! ¡Soy un ser nuevo!

La escuché firme, la vi sonriente, con esperanza y brillo en sus ojos, esos que siempre hablaban de más.

Y le hice caso. La dejé viva.  Se fue Marcela. Volvió a rodar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comments
  1. Anonymous says:

    ‘Estimada Rossana: la verdad como quisiera saber de dónde te surgen las ideas para plasmarlas en papel. Es un cuento bellísimo! Y le das el ritmo preciso como para tener a tu lector atrapado en un desarrollo que lo lleva de una punta a la otra de su imaginación. Logras que uno visualice perfectamente las imágenes que vas describiendo. Además te digo, parece un poema prosado. Tiene tal uso de las palabras que perfectamente se podría transformar en una poesía. Realmente te felicito. Recomendaré tu lectura a cuanto lector compulsivo me cruce.

  2. Anonymous says:

    No cabe duda que eres genial, desde el principio me capturaste con tu ¡no te vayas, marcela!.. maravillosamente deleitable… Enhorabuena…

  3. Anonymous says:

    Mucho para reflexionar y el balance final da a la vida su lugar, demasiada libertad es tambien peligrosa, una presentación de lujo.

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