Pensé que me había jubilado, pero todavía no estoy lista.

Hace un par de semanas viajé a Washington para participar en un congreso jurídico e intentar encontrar trabajo. De no haber sido por aquel vaso con agua que me ofreció un camarero  cuando estuve a punto de entregarle mi tarjeta de presentación, ¡qué vergüenza hubiera pasado!

Es que minutos antes, cuando me disponía a cruzar la calle para ingresar al auditorio, justo cuando empezaban a llegar, acartonados y rimbombantes, los abogados que participaban  de  tan magno evento,  yo, que desfilaba elegante y caprichosa con una falda entallada pero sobria, perdí el zapato izquierdo.

Sin siquiera pensarlo, retrocedí de prisa, semi-descalza y paticoja. Ni por un instante le quité la mirada al  suelo. —Si no miro, no  me ven —me dije. Entonces, con la respiración contenida (por eso de llevar la falda ajustada), me arrodillé y con más de una maniobra intenté desatascar el delicado taco  incrustado en un pequeño desnivel de  esa mordaz vereda, que con su apetito  insaciable  no me dejaba  escapar.

Mi fino cuidado, alturado disimulo y evidente vergüenza, fueron los que  me permitieron por fin sacar de una sola pieza  mi zapato izquierdo, evitando así verme obligada a entrar  bamboleándome a la sala de reuniones.  

 —Muchas gracias—le dije al mayordomo al esconder mi tarjeta, recibir el vaso con agua y tragar un buen sorbo de dignidad.

Más tarde, al tomar el metro para volver al hotel en el que me hospedaba, subió un viejito quien al tratar de tomar  asiento por poco se me cae encima. Me vino a la mente mi abuelo…con seguridad hubiera hecho alguna de sus bromas para quedar bien en ese momento. Le sostuve el brazo al anciano y me sonrió agradecido. Luego se encontró con un amigo aún mayor que él (lo que de primera impresión era un imposible). Casi a gritos —­­sospecho que eran algo sordos— se pusieron a conversar y a comparar los gorritos que llevaban puestos. Los oí comentar entre risas sobre un aviso de hamburguesas y papas fritas colgado junto a la puerta del metro. Hablaron de sus vidas. Uno acababa de abrir una tienda de libros. El otro dijo seguir con su negocio. Luego intercambiaron tarjetas de presentación. ¡Estuve a punto de alcanzarles la mía!

Allí sentada, me acordé del día que había pasado. En la conferencia, los asistentes entregaban sus tarjetas con el logo de la empresa donde se ganaban el pan. Yo en cambio, tenía las mías con la dirección de la casa donde se me quemaba.   (Pronto aprenderé a cocinar, lo sé).

—¿Qué voy a hacer ? ¿Qué voy a hacer de mi vida?—me pregunté al observar  a esos encantadores viejitos, tan animados, pensando en hamburguesas,  con celular, lupa y sus gorras favoritas. —¿Qué me hubiera aconsejado mi abuelo?—.

Para ellos es más sencillo —pensé— ¡Es que no visten de tacos!  A ver pues, ¿qué harían en mis zapatos?

Escrito en marzo de 2009, en San Antonio, Texas, muy cerca a México.  Esta historia me ha abierto el apetito.  Si tan solo fuera una cuestión de tacos.

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