“La esperanza es el sueño del hombre despierto” (Aristóteles)

Cuatro meses de hot yoga para recuperarme de la lesión a la espalda,  para mí, eran suficientes.

Mi instinto me llamaba en busca de una puerta de escape. Y fue justamente el portero del edificio en el que vivo el que la abrió: ¡Mañana es la carrera de San Isidro! —me dijo al verme salir a trotar, después de muchos meses de abstinencia.

Yo sabía que no debía ir. Avanzar  sola no es lo mismo que hacerlo impulsada por  una cofradía. Podría hacerme daño por no haber entrenado. Juro que traté de evitarlo.

-¡Únete al grupo!—me invitó Paiva desde la partida sin sospechar que ya había corrido tres kilómetros.

trotesan borjaCon cuánta razón decía Aristóteles que los recuerdos son espíritus que viajan por la sangre hasta el corazón. Lo hicieron tan rápido que, embelesada como una niña tras el Flautista de Hamelin, formé parte de un torrente de personas vestidas de rojo dispuestas a darle la vuelta a San Isidro.

Al leer el polo de uno de los participantes supe que la ruta era de ocho kilómetros. —¡Eso no es nada! —pensé extrañando la época en la que trotaba más de una hora diaria. El público exaltado, nos daba fuerzas con banderolas. Decenas de niños aplaudían atentos mientras esperaban su turno para correr. ¡Qué maravilla!

Allí, entre cientos de atletas, iba yo tan rápido como podía, o sea, lento. Me di cuenta de ello cuando me adelantó una señora con su chihuahua. Pero eso no me importó. Recién me preocupé al ver a un hombre que cargaba un letrero en la espalda que decía: “Jesús, llévame con tu aliento”.  Y yo que empezaba a perder el mío, tuve miedo de partir con Él.

Y es en esos devaneos, que los espíritus filosofales, invadieron mi sangre hasta ganar el corazón…

Recordé a mi hijo de pequeño.  Me acompañaba orgulloso a las carreras. Cuando no iba, me esperaba en la casa con esa sonrisa ilusionada que me animaba a seguir. Felizmente a todos nos dan una medalla al llegar a la meta. Ya de más grande,  participé con él en un par de competencias. Aunque últimamente había vuelto a trotar, nunca lo noté muy animado por este deporte. Debió ser por lo de las medallas. Llegué a tener demasiadas.No debí engañarle de esa forma

¡Qué ruta!  Si no fuera porque llevaba puesto el reloj que  marcaba la distancia, hubiera jurado que estaba mal medida y maldecido al pobre Paiva el resto del trayecto.  ¡Y yo que trotaba diez kilómetros diarios! Pero éstos eran más largos.

Iba por el kilómetro cinco y los espíritus no abandonaban mi sangre….

—¡Gracias! ¡Qué linda pulsera! ¡La voy a cuidar para siempre! les prometí  a mis abuelos cuando tenía quince años. Era brillante, grande y pesada. Después de buscarla durante meses, hace poco la encontré metida en un cajón. Qué sorpresa me llevé al descubrir que no era lo espectacular que pensaba. De no haber estado grabado mi nombre en ella, hubiera sospechado que era otra.

¿Pero qué le pasó a la pulsera? ¿Porqué la distancia era tan larga?

Agotada, comencé a caminar.

—¡Vamos, no te detengas!— me gritó de lejos la mujer del perrito.

Y con la ayuda de algún espíritu caritativo, alcancé la meta a paso decoroso.

¡No era posible! Mi hijo recogía su medalla mientras conversaba distraído con sus amigos de la universidad. ¡Pero qué grande estaba!  ¡No podía ser él!

¡Qué desconcierto! ¡Qué locura! ¡La distancia! ¡La pulsera! ¡Ahora mi hijo!

Fue entonces cuando decidí buscar entre la multitud a ese perro.

—¡Estoy segura que se trataba de un galgo inglés! —les expliqué a mis amigos del hot yoga y les mostré mi medalla.

—¡Es enorme!— me felicitaron.

Rossana Sala,  diciembre de 2012.

 

 

 

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