—Mami, cuéntame algo de cuando yo era chica.

—Está bien Camila, siéntate acá conmigo, en el sillón de la sala, pero solo por un rato. Ya es hora de ir a la cama bebita. La noche está fresca. ¿Escuchas el viento? Déjame que te tape con una manta. Ahh, tu siempre acurrucándote como una ovejita.

—Ya mami pues, cuéntame. ¿Me sobas la espalda?

—A ver qué se me ocurre… a ver… Sería hace unos siete años. Tú tendrías cuatro, no más que eso. Como cada verano cuando vivíamos en Lima, tú y tu hermano pasaban la temporada en la casa de la nonna en Paracas. Tu papi y yo, los visitábamos los viernes al salir de la oficina para estar el fin de semana juntos. ¿Te acuerdas de la carretera tan larga para llegar a la playa? Había que manejar unas tres horas, pero valía la pena.

—Claro ma, ¿cómo me voy a olvidar?  ¿Pero qué pasó?

—Bueno, casi al terminar ese verano, tomé vacaciones para quedarme una semana con ustedes y divertirnos juntos en el mar. El domingo en la tarde, la nonna y tu papi regresaron a Lima. Al anochecer me pediste salir a caminar por el malecón. Era un lindo paseo a lo largo de la playa que siempre hacíamos durante el día. La noche era ventosa, pero me pediste un Piruchi. ¿Te acuerdas de esa limonada con granadina que te encantaba? La rosada que preparaban en el hotel.

—Claro mami, todavía es mi favorita. ¿Pero qué pasó?

­—Tu hermano era muy chiquito. No tendría ni dos años.  Así que apenas se durmió lo dejamos con la nana y salimos a buscar tu Piruchi. El viento aumentaba. Te abrigué con tu casaca roja cortavientos, una larga con capucha que te encantaba usar. La vereda que nos llevaba al hotel estaba oscura. Las luces de las casas apagadas. La mayoría de gente había regresado a Lima porque las clases empezaban. Pero bajo el cielo estrellado de Paracas,  tú y yo felices de la mano, empezamos nuestra caminata.

—Sí  ma, pero ¿qué me pasó a mí?

—Después de unos diez minutos de caminata, mami, me duele acá, me dijiste agarrándote la barriguita.  No te lo expliqué en ese momento pero a mí me habían operado de la apéndice y era justo allí donde te dolía. —¿La apéndice?— La apéndice es una parte del cuerpo, cerca al estómago, que si se inflama duele mucho y algunas veces hay que sacarla.  —¡Qué miedo mami! ¿Y me la sacaron? — Déjame que te siga contando. Bueno, en esa época no existía el celular —¡No puede ser mami!— Así que en esa soledad del malecón podíamos hacer dos cosas: regresar  a la casa donde no había teléfono o, llegar al hotel que todavía estaba lejos pero donde había teléfono y quizás alguien nos ayudaría. —¿Y qué hicimos mami? ¿Qué hicimos?—  Tú que a los cuatro años no eras nada chiquita, te abrazaste de mi cuello y me dijiste que no podías caminar más. Que te dolía mucho. Empezaste a llorar. Contigo enrollada como una monita triste, caminé como pude entre tu casaca, la mía, el viento que no me dejaba abrir bien los ojos y la oscuridad. Unos veinticinco minutos después, estábamos en el lobby del hotel de turistas. Tú gemías despacito. Yo sudaba y temblaba. No se veía mucha gente. Seguro por ser domingo en la noche.

Un elegante muchacho vestido de negro y con corbata michi, nos vio llegar  desde la mesa de recepción y muy atento nos preguntó qué nos pasaba.

—¡Necesitamos urgente un médico! —le pedí.

Me respondió que no tenían. Que debía llamar a uno de la base naval de Pisco, pero que no sabía cuánto demoraría en llegar.

—¿Y no habrá algún huésped del hotel que sea doctor? —le pregunté.

Me dijo que lo sentía mucho, pero que no podía revisar las fichas con esa información. Que era confidencial.

—Pero por favor —le supliqué—. ¡Mire que mi hija puede tener apendicitis!

Tú allí asustada, pobrecita, te escondías entre mis piernas sin dejar de lloriquear. Yo no dejaba de transpirar.

—Está bien— me dijo.

¡Por fin lo pude convencer! Buscamos hasta que…

—¡Acá alguien anotó que es médico!— casi gritó el recepcionista orgulloso mientras me alcanzaba el  teléfono y apuntaba el número de la habitación para que yo llame.

Marqué.

Una voz de hombre muy ronca y seria me respondió. —¿El doctor Pettroni por favor? — pregunté suave y suplicante.

Pero colgó.

Y volví a marcar.

Y volvió a colgar.

Le pedí al recepcionista que él  hiciera la llamada.

—¡Me van a sancionar por esto señora! —me dijo preocupado.

Le rogué que insista. —Es una emergencia. Sus jefes lo van a entender— intenté tranquilizarlo.

Le respondieron. Explicó lo que pasaba. Me dio el auricular. Le hice al médico una corta y dulce explicación del problema. Debió darse cuenta que estaba desesperada. Me avisó que saldría de inmediato para verte. No te imaginas mi alivio, pequeñita.

Apareció el médico. Era un señor mayor, de unos setenta años, no muy alto, un poco gordito, tenía poco pelo pero  una barba tupida, larga y muy negra. Usaba anteojos redondos de marcos de carey oscuros. Se le veía preocupado. Nos saludó rápido. Nos prestaron una habitación del hotel. Te echaste en una cama boca arriba. Te examinó la barriguita. Movió tus piernecitas en varias direcciones. Hizo unas cuantas preguntas sobre la rutina de ese día.

—Indigestión —dijo—. Lo que tiene esta niña es cólico estomacal. Nada para preocuparse. No debería tomar tantas gaseosas. Una dieta suave la va a curar.

Ya más tranquila, le agradecí por atenderte y le pregunté cuánto le debía. Pero no me quiso cobrar y más bien me pidió disculpas por haber colgado el teléfono tantas veces.  —Es que nunca puedo salir tranquilo de vacaciones— se quejó—. Soy psiquiatra, y no se imagina señora todo lo que hacen mis pacientes para perseguirme por todas partes.

—¿Camila? ¿Camila? Te quedaste dormida bebita.

—Sí mami, ¿y qué pasó con mi dolor de barriga? ¿Y me tomé el Piruchi? ¿Preparamos uno juntas mami?

Lima, 2012

 

Comments
  1. Eduardo says:

    jajaja un psiquiatra… En un momento de la lectura pensé que podía terminar en que era un veterinario… pero bueno supongo que no pasó a mayores. Muy bueno.

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