POR SEGUIR LA CUERDA (relato)

Posted: 2 December, 2012 in 2006, 2012, Julio
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salto avila¡Vamos a hacer rafting! —nos animó Mónica.

Por nuestras caras, seguro se dio cuenta que no teníamos idea de lo que nos proponía y como era de esperar, nos explicó lo que le convino.

—¡Es buenísimo! ¡Les va a encantar Barinas! Está a siete horas en auto desde Caracas. Saldremos el sábado al amanecer. ¡Remaremos en zódiacs rojos por el río! Es muy seguro. Además el resort es precioso. Yo me encargo de las reservas —nada la detuvo.

Fuimos cinco los convencidos.

—¡Las aguas están demasiado revueltas! Vienen cargadas de troncos, rocas y barro. No podremos zarpar hoy —nos esperó con la mala noticia Jairo, el dueño del hotel.

—Los llevaré a su dormitorio —le dijo a nuestro grupo y a seis personas que no conocíamos.

—¿Dónde están nuestras habitaciones? —le pregunté a Mónica al dirigirnos a una vieja construcción de madera rodeada de vegetación.

Diez camas camarotes. Las mismas cuatro paredes para todos. Un baño.

¡Mónica!

Nos acomodamos como pudimos.

—¡A levantarse! —nos despertó Jairo —¡Los botes nos esperan!—

Abrí los ojos y descubrí, bien instalada en mi almohada, peluda y de patas largas, a una araña que me observaba. De más está describir mi grito en estas líneas.

Una embarcación estaría dirigida por el propio Jairo. La otra, por Andrew, un muchacho australiano, cuya visible fortaleza física y nuestro aguerrido instinto de supervivencia, nos impulsó a elegir como guía.

Repartieron remos, cascos y chalecos salvavidas. Nos explicaron las partes del bote y algunas reglas imprescindibles de navegación. Practicamos los movimientos en equipo. —¡Agárrense fuerte! — ordenó nuestro capitán y empujó de espaldas al agua a Bernardo, entusiasta miembro de nuestro grupo. ¡Estabas mal sujetado! —le dijo al pobre mientras por frío o miedo, salió tiritando y sin encontrar sus anteojos.

Aferrados tanto como es posible a una balsa de jebe, partimos.

No sé si fue la energía de las aguas o la nuestra, la que nos hizo deslizar con furia. Esquivamos rocas, árboles, ramas. Nos sentimos héroes, libres. Caímos por cascadas cargadas de barro. Nos sumergimos con los zódiacs para salir a flote empapados, invencibles. —¡Auxilio! —se oyó un grito. Al ver la balsa de Jairo volcada, el australiano se puso de pie en pleno tumbo. Con una soga en la mano, se lanzó al río. El caudal arrastraba a los miembros del otro grupo. Uno a uno fuimos por ellos. Los alcanzamos. Tiramos de sus brazos y chalecos. Con miedo y exhaustos los metimos en nuestro bote mientras con la cuerda y mucha firmeza, el australiano volteó la embarcación accidentada. Los ayudamos a volver a su zódiac. De un salto, nuestro capitán retomó su puesto como si nada hubiera pasado.

Una vez más, seguimos el cauce del río.

Esquivamos todo lo que se atravesó a nuestro paso.

—¡A la derecha! — ordenó Andrew y nos obligó a detener.

Por fin un descansito, pensé.

Bajamos del bote.

—¿Y ahora qué? —le pregunté a Mónica de la forma más educada posible.

En fila india, nos hicieron trepar una roca que alcanzaba un árbol cuyas ramas se extendían sobre las aguas histéricas del rio. —¡Que salte el primero! —dispuso nuestro capitán— ¡Déjense llevar por la corriente! ¡Yo los sujetaré con la cuerda! ¡No se preocupen!

Debo confesar que en situaciones como ésta, mi afán de preservación suele confundirse con la vulgar cobardía. Poco a poco mis compañeros de aventura, se dejaron caer al río. ¡Qué ganas tuve de darle a Mónica un empujoncito! Como para que coja viada, digamos. Nada agresivo. Pero yo, como siempre amable, me contuve. En un exceso de bondad, cedí mi turno para el salto a los miembros de los dos grupos. Varias veces.

— ¡Vamos ya tírate Rossana! ¡No seas miedosa! —me insistieron apurados para poder reiniciar el viaje. Yo (precavida), a más de cinco metros de altura y con el temor de encontrarme con un tronco sumergido que me partiera las piernas y el alma, me lancé de cara. Y así fue como, con el rostro ardiente y adormecido, me dejé conducir por esas aguas.

—¡Agarra la cuerda! ¡No la sueltes!— escuché que me decían.

Me aferré como pude a ella. Ayudada por mis compañeros me trepé al bote. Por dolor y bochorno sentí mi cara colorada. ¡Es el reflejo del zódiac! —me excusé.

—¡No seas pretenciosa Rossana! ¡Coge tu remo! ¡Dale con todo! —acaté la orden sin tener tiempo para un suspiro.

bote—¿Les gustó? ¡Ahora el helicóptero! ¡Todos a popa!—nos empujó Andrew hacia la parte de atrás del bote. Nos detuvimos. Tomó de nuevo la bendita cuerda y con ella empezó a hacerlo girar con nosotros dentro. Por simples reglas de equilibrio y de gravedad (pues la cosa se puso grave), un extremo de la embarcación se levantó de golpe. En el otro, quedamos nosotros, inocentes tripulantes buscando un helicóptero en el cielo. Y es en esos menesteres que el navío transformado en hélice, empezó a hundirse, claro está, con nosotros dentro.

-¡Todos a bordo!—nos conminó Andrew— ¡Son las tres de la tarde! ¡Abrirán las compuertas de la represa! ¡Debemos avanzar un kilómetro antes que la corriente suba y nos arrase!

Remamos tan, pero tan de prisa, que no recuerdo el trayecto a Caracas. Aún sospecho que lo hicimos navegando.

A Mónica, nuestra querida Mónica, no la hemos visto desde aquel día. Quizás se quedó en el resort de Barinas siguiéndole la cuerda a Andrew y su zódiac rojo. Se lo merece.

Caracas, julio 2006

Comments
  1. José says:

    Mi querida Rossana: Es muy grato leer tus relatos. Tienes un estilo fresco, ligero e hilarante que denota una vena literaria que tienes que desarrollar. Tus relatos te dejan con las ganas de seguir leyendo. Anímate a escribir cuentos; o lánzate con una novela, (sé que son palabras mayores) pero como se dice ahora ¡ tú la haces!.

    Cariños,

    Pepe Echeandía

    • Rossana Sala says:

      Gracias Pepe. Gracias por leer mi relato y me alegro que te gustara! Justo he terminado de unir varios escritos para tratar de publicarlos…ando en busca de un editor… A ver que suerte tengo! Gracias! Saludos, Rossana

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