—¡Dale un golpe al timón para que se suelte, mami!— Miré a mi hijo sin decir palabra, mientras las últimas gotas de sudor y lluvia se esparcían por mi rostro.

Con una pareja de amigos decidimos ir a Chichiriviche. Nos hospedaríamos en una posada ubicada a cuatro horas al oeste de Caracas para disfrutar de tres días de playa.

Partimos un viernes temprano. Mis hijos y yo íbamos en mi camioneta. Unos kilómetros más adelante avanzaban mis amigos.

Después de tres horas y media, al llegar al pueblo de Tucacas—y el nombre no es invento mío— nos cayó encima una lluvia torrencial,  de esas que vienen, joden, joden y se van, para dejar el cielo azul y permitirle al sol brillar. Pero antes que el sol nos ilumine —en pleno jode que te jode para ser exacta— algo le pasó al volante de la camioneta. Me asuste al sentirlo trabado. En plena curva tuve que girarlo con dificultad. Cualquier maniobra era complicada. Y llovía y llovía. Bajarse del auto hubiera sido un absurdo.  Y llovía y llovía.

Una hora después llegamos a la posada.

 Mi amigo, ingeniero al fin, me atiborró con explicaciones técnicas sobre el termostato, el sistema de cómputo, los programas internos y otros disparates. No le entendí nada. Activé y desactivé el sistema de cuatro por cuatro como dieciséis veces. Llamé por teléfono al taller en Caracas. Que revise la faja. Que lo apague y lo encienda. Nada. —¡Dale un golpe al timón para que se suelte!— insistió  mi hijo de once  años.

—Disfruta tu playa chama y el lunes, tráeme el carro al taller. El domingo maneja despacio de regreso ¡vale! Por ahora no hay nada que hacer —fue la sugerencia final de los expertos.

Pasamos lindos días, hasta que llegó el momento de  regresar. Mejor temprano en la mañana para evitar más contratiempos.

A eso de las nueve partimos. Mis amigos lo harían un rato después para apoyarnos en caso de emergencia.

Cielo despejado. Diez minutos.  Un golpe seco. Sentí que algo rodaba debajo de la camioneta. Miré por el espejo retrovisor. Tirado en la autopista: ¡Un perro! ¡Lo atropellé! ¡Era peligroso parar a ayudarlo en una carretera descampada!

—¿Qué fue ese ruido, mami? ¡Mataste  a un perro! ¡Lo mataste!—me recriminó mi hijo.

—¡Por favor para! ¡Pobrecito! ¡Para! —me suplicó mi hija.

—¡No miren atrás! —les ordené— ¡Fue un accidente! ¡Se cruzó de un momento a otro!

Nada que hacer.

Llegamos al grifo a poner gasolina y comprar algunos refrescos. Mis hijos por fin dejaron de llorar. Mis manos temblaban. Tenía la imagen del perro. Grande. Parecía un pastor alemán.  Alcancé a ver que era marrón pero no había sangre.  Parecía dormido.

Al salir de la estación de servicio, retrocedí con cuidado. ¡No podía creerlo! El timón giró sin trabas, era una seda.

—¡Se arregló el auto! —les avisé a mis hijos. 

—¿Ves que te dije que le des un golpe, ma?

Llamé por el celular a mi amigo.

—Debe ser la memoria que activó el microchip de emergencia de la camioneta —me dijo. 

—Ah ya, gracias —le contesté, sin querer saber más. 

Durante el camino a Caracas el tacómetro empezó a acelerar y a marcar cero sin ningún sentido. Es difícil manejar sin saber a cuánto va uno, pero sospecho que iba bastante lento. El fundamento de esta conclusión, se basa en las señas lanzadas por ciertos conductores, las que por respeto a mis hijos preferí dejar hacer y dejar pasar.

Informe del taller:

Ocurrencia: La señora conducía un rústico en medio de un palo de agua, cuando se le trabó el volante. Luego atropelló a un perro (grande) y se destrabó el volante. 

Trabajo realizado: Se reparó el cable del velocímetro encontrado suelto debajo de la carrocería”.

Han transcurrido varios días desde el incidente. Mi amigo insiste en que fue el circuito integrado de la camioneta el que se activó. Yo, por mi parte, tengo la esperanza que el pobre animal se recuperó del impacto y se fue.

Después de todo, mi hijo tenía razón.

Es triste, pero podría decirse que se trató de un golpe de suerte.

Escrito en Caracas, en noviembre del año 2005.

Comments
  1. Rossana Sala says:

    Bueno,confieso que soy algo parecido a tus hijos y que yo hubiera gritado y llorado tan fuerte por lo el perro que te hubieras tenido que parar por…cojones u ovarios, pero…el relato es entretenido, con dosis de humor encubierto tras una salida aparentemente cotidiana.

  2. Rossana Sala says:

    Realmente tu estilo hace muy entretenida la lectura! me divertí mucho leyendote! Un saludo.

  3. Rossana Sala says:

    He aprendido algo de mecánica y además, he descubierto que no solamente a mí me suceden cosas inesperadas en vacaciones. Espero que el perro se haya recuperado. Saludos, Rossana.

  4. Rossana Sala says:

    Muy divertido de nuevo, pero pobre perro… Me ha gustado mucho. Recibe un afectuoso saludo.

  5. Rossana Sala says:

    Rossana, tenes una vida previlegiada, no tenes tiempo de aburrirte, para no perderte como compañera de relatos y para bien de los animales que estan en las rutas, deja que otro maneje el auto, me hiciste reir, tenes tu toque propio, muy bueno me encanto.
    Un saludo.

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