Decidí que mi vida debía cambiar. Virar sin volcarme en el intento.

Entusiasmada, me había inscrito en el Maratón de Berlín. Después de casi nueve años en Venezuela, prepararme para dejar el trabajo y el país, no era sencillo. No tuve fuerzas para entrenar. Preferí no viajar a Alemania.

A pesar de no haber participado en el maratón, hoy martes mientras escribo estas líneas, lanzo quejumbrosos suspiros, pues confieso que me duelen las piernas y el resto de  mi humanidad, también. Mis restos.

Sospecho que debí haber entrenado para sobrellevar con decoro lo que ahora les vengo a narrar:

Sábado seis de la mañana: La partida

Comencé a desocupar el  departamento donde vivía para entregarlo a sus nuevos propietarios.

Doscientos dos metros cuadrados de caos.

Separé las cosas: regalar, vender, basura, Lima, Texas.

Maletas, bolsas, maletines, documentos,  dibujos, recuerdos, recuerdos, recuerdos…de vez en cuando un trago de agua para dejar pasar todo esto. Por fin, vinieron a llevarse los últimos muebles que había vendido hace más de tres semanas. Mañana voy, no se preocupe, si Dios quiere -me decían. Dios no quería, hasta que por fin quiso. El comprador en jefe y sus marabuntas anónimas subieron a mi departamento.  ¿Señora, me regala este recuerdito? -me preguntaron.  ¡Querían llevarse los cuadros! ¡Las sillas!   ¿Recuerditos de qué?

Bajaron los muebles al depósito. No podían llevárselos ya que se olvidaron del camión –así me dijeron antes de anunciar que volverían al día siguiente, si Dios quiere. Tomé más agua.  Una a una, metía las maletas recién empacadas en el ascensor mientras éste me golpeaba cerrándose entre maleta y maleta, como queriéndome anunciar algo. No hice caso. Las llevé a guardar a la casa de una amiga para llevarlas  al viajar a Texas.

Cargué maletas, alfombras,  junté bolsas y papeles, tiré recuerdos al vacío. Vacío. Vacío. Vacío. Separé documentos y resguardé el dinero de los tentáculos de las marabuntas que habían escrutado esa mañana mi otrora dulce hogar.

A las diez y treinta de la noche el departamento seguía repleto. Repantigada en el suelo,  descubrí  a mi alrededor una confusión de objetos y recuerdos que me envolvían la vida, me asfixiaban. ¿Qué estaba haciendo?  ¿Debía continuar? ¡Agua! Recordé Paris,  el maratón, ese momento en las carreras  en el que nos decimos “¿Qué hago acá? ¡No quiero más!” Y así me sentía yo entre paredes, techos, pisos, puertas, ventanas, maletas. ¡Aire! ¡Agua! ¡Basta!

Domingo. Siete de la mañana.

Vinieron las marabuntas  inescrupulosas y rapaces a llevarse los muebles del depósito no sin antes intentar subir por recuerditos.

Al día siguiente debía entregar el departamento pero la basura y los papeles seguían apareciendo por todas partes. Aunque le había pedido a la señora de servicio que me ayude, no quiso. No puedo –me respondió oronda-  yo descanso el fin de semana. Ni le interesó la paga.

Agotada y despeinada, desaliñada también estoy segura, empujé como pude una vieja carretilla para dejar  basura cerca al edificio, en el lugar indicado para escombros. En mi segundo viaje, recibí ayuda de un pordiosero  zarrapastroso que recogía las cosas de mi primera descarga. Bajó amablemente mis cajas para poderlas revisar antes que lleguen sus colegas. Comenzó a hacerme preguntas temiendo quizás que le haría competencia en el barrio,  por lo que decidí no volver más.

Diez de la noche. El departamento estaba vacío, casi limpio.  Dispuesta a ir por fin a descansar a la casa de mi amiga, tomé mi cartera, pero  el archivo con el dinero de las ventas, no estaba. ¡Auxilio, no estaba!

Lunes. Ocho de la mañana.

Tan pronto abrí un ojo fui a mi departamento con la esperanza de encontrar el dinero. Inocente, pedí al guardián del edificio que busque al final del ducto de basura. No tenía el teléfono del gentil investigador de escombros ni de sus colegas.  Nada. Nada. Nada.

A las once debía entregar el departamento, pero antes firmar el contrato en la notaría.

Regresé a buscar el dinero en la casa de mi amiga. Allí, en el depósito, refundido  en un maletín debajo de los libros, ¡estaba mi tesoro!

Llamé  a la tramitadora.  ¿Todo en orden para la firma? – le  pregunté incauta. Devolvieron el contrato porque falta una letra -me dijo sin que pareciera importarle.

Imprimí otro contrato. Lo llevé a la notaría. Puede  venir a las doce a firmar -me dijeron ante mi mirada de pollo degollado.

Doce y treinta. Firmado. La meta.

Fui  al  departamento con la nueva ocupante para entregarle las llaves y verificar que todo esté en orden. Solo quedaba el eco de lo vivido.

Martes.

Me duelen las piernas. Salí a trotar esta mañana para estirar, relajarme.

Ahora, solo me queda entrenar  para mi siguiente maratón: mi segunda boda. ¿Llegaré a la partida? ¿Llegaré a la meta?  ¡Agua!

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