—¡No te vayas, Marcela! —me advirtieron— ¡Aquí estás a salvo! ¡Lejos no lo estarás!

Pero yo, ya no era una niña. Estaba lista para empacar.

—¡No te vayas, Marcela! —me suplicaron.

Sin más, me trepé dichosa  a la bicicleta. Necesitaba rodar y rodar.

Me fui campante. Orgullosa. Abandoné trapos, recuerdos, papeles, zapatos, sonrisas, muñecas rotas. La tristeza y la alegría. Nada era importante. Sólo pensaba en marcharme en mi bicicleta. Pasear y pasear.

Crucé montañas pedaleando. Me empapé de sol. Probé de las  gotas de lluvia que refrescaban mi andar. Abrí y cerré los ojos  irresponsablemente, para poder sentir más. Disfruté el color de la algarabía, de la vida, del cambio. La vitalidad del alma. El frío a veces cariñoso y otras abrasador, también. El aire nuevo de la esperanza. Sentía el corazón como verde.

La ruta era suave, ligera. Las bajadas tenues impulsaban mis ganas de soñar. Seguí y seguí flotando, sin tropezar jamás. Ni por un instante pensé en retornar, ni con el pretexto de poder encontrar aquellas galletas, de esas de avena, que de pequeña me encantaba picotear. No quise más.

No soy más una niña. Quiero continuar.

Inventé mi rumbo. Busqué caminos. Encontré  gente. Aprehendí  sabores. Exploré el campo. Su tierra húmeda embarró mis pies. Vi a mi paso girasoles azules. Visité el mar. Probé de sus olas saladas. Olfateé la vida. Un viento helado me acarició el alma, quizás advirtiendo la aparición de tormentas. Pero no le hice caso. ¿Para qué hacerlo si estaba feliz? No quería saber nada que no fuera el hecho de ser transportada  por lugares imaginariamente  perfectos, ilusamente  perfectos, imperfectamente perfectos.

Por un tiempo me sentí dichosa. Dispuesta a seguir lo que había iniciado.

 

No soy más una niña. Voy  a escalar.

De pronto, una poderosa montaña, llena de bosques y de vida,  se me empezó a acercar. A cada instante era más grande. Invadía mis pasos. La debía enfrentar.

Protegí mis manos y el resto de mi cuerpo  con el único ropaje que me podía ayudar: mis ideas y la fuerza de mi mente. En ellos tenía que confiar.  Mantuve los ojos abiertos,  no los debía cerrar. Envuelta en un silencio expectante, marqué mi paso con sigilo,  como el de un búho  que no quiere ulular. El camino se volvió  pedregoso, empinado. Decir tortuoso no es exagerar. Malas y altas hierbas crecían y cerraban mi paso. No importaba. Tenía ganas, me sobraba fuerza. Tenía agua, espacio y mucho aire que respirar. Estaba segura que más allá vendría el claro. Que no habría más barro, ni rocas, ni puyas, ni espantos, ni grama tosca, ni frío, ni bulla, ni aguas bravas de las que escapar. Con esa bicicleta aguantaría hasta donde me diera la gana llegar.

No soy más una niña. El camino debo enfrentar.

Sentí de pronto que me empezaba a ahogar. Y el sol y el campo impecable con su aroma a huerto y mis sueños imperfectos empezaron a quedarse atrás. Y bajé y bajé con fuerza. No podía frenar. Y se opacaban las risas, se silenciaban los cuentos y se apagaban las luces, los cantos y también la felicidad. En mis huellas fueron quedando las palabras dulces, los recuerdos suaves y aquellas  galletas de avena  que ahora  empezaba  a  extrañar. Los pedales se enredaban, me pesaban, me dolían, me ajustaban. Y aquel viento amargo y la lluvia maldita, las espinas crueles, los sofocantes gritos, no los podía dominar. Y cerré los ojos, para no ver más el rumbo, para poder olvidar. Me agarré con furia al timón de la bicicleta. Todo fue en vano. La dejé escapar.

Su cuerpo quedó mustio, empezó a tiritar.

Y sentí que mis pasos me intentaban pisar.

Su mirada se puso triste y esa sonrisa, su sonrisa, ya no está.

—¡Anímate Marcela!  ¡De ésta te vas a salvar!

Y noté, sin querer, cuánto espacio había hacia arriba y que para abajo, era imposible avanzar más.

Marcela casi no es Marcela, pero debía llegar.

Y con la mente regreso y con la mente me aferro, me animo, me impulso. Me pongo de pie para volver  a mi andar.  Tomo  aire. Respiro. Pruebo algún chocolate de mis favoritos, de los que de niña solía guardar. Veo entre arbustos mi bicicleta, aquella, la misma, que hace algún tiempo, me llevó a pasear. Y la miro y lo dudo. Y la miro y me asusto. Debo ser valiente y volverla a  montar. Y me acomodo y avanzo. Veo el campo y la vida, tan apacible, sin calamidad.

Poco a poco sonríe, ya no llora, no sufre, se deja de lamentar.

Me siento tranquila, me escabullo entre flores, entre risas y cantos, vuelvo a ser Marcela de la felicidad.

Marcela ya no es una niña y lo sabe, y de reojo sonriente, mira ella hacia atrás. Cree que todo ha pasado, que lo ha podido lograr.

—¡No te vayas Marcela! ¡Despierta! ¡Respira! —le vuelven a suplicar.

Y Marcela escuchó y abrió los ojos.

Y Marcela me miró y protestó a mis letras.

—¡Por favor! ¡Déjame viva! ¡No me gusta un desenlace fatal!

Me sorprendí al oírla, al sentir su voz y le respondí en mal tono, para acabar con ella: ¡Tú no decides Marcela! ¡Este es mi cuento, yo te he creado, yo soy quien manda en tu final!

—¡Quiero seguir, déjame libre! —continuó insistiendo  con su dulce hablar—. Tú me pediste que no me vaya. Te comprendí. No me he marchado. Fui eso que tu mente quiso crear. Sé que no es fácil.  Quiero arriesgarme. Saber caerme y levantar. Yo soy Marcela, así me llamaste, el mar y el cielo sabré conquistar. Bramarán las aguas y lo harán los vientos, mas descubriré prados y alguien que amar. ¡Es mi derecho! ¡Ya no soy tuya! ¡Soy un ser nuevo, no un cuento más!

La escuché firme, la vi sonriente, con esperanza y brillo en sus ojos, esos que siempre hablaban de más.

Y le hice caso. La dejé irse.  Se fue Marcela. Volvió a rodar.

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