Fui a buscarte esta mañana.

Te habías ido.

“Lo hiciste una vez más” te culpé consternada mientras sentí que mis pies se hundían en el agua espumosa, salada y  triste del mar. Mientras  la arena suave y blanca intentaba consolar mis pasos y el sol tomaba fuerza para apartar a esas nubes pesadas y  tercas que le impedían darme su calor para sanar.

“No te encuentro.  ¿Dónde estás?” 

Empecé a sentir las olas. Su ronquido constante al acariciar la orilla, recogía recuerdos y los llevaba al fondo, donde dicen que es en vano intentar llegar. Traía rocas, erizos,  conchas, estrellas marinas, todas ajetreadas rodaban y desaparecían y se querían asomar. Comencé  a avanzar con ellas, hurgando  entre mis pasos  tus ojos morenos y esas sonrisas serenas con las que me solías amar.  

“¿Por qué no me llevas, me arrastras contigo?” le supliqué a un remolino que me empezó a abrazar. “¡Quiero irme! ¡Llévame lejos! Mis lágrimas caen. Me cansé de llorar. ¡Él se ha ido y lo quiero a mi lado!”

“¡Sumérgete! ¡Acompáñame!” bramó una inmensa ola, muy diferente a las demás. Era imponente. De aspecto tan turbio. Lucía furiosa. Me apartó de la tierra. Me envolvió sin piedad. Las cargadas brumas, tan densas, oscuras, silenciaban mi vista y así la esperanza de poder volverte a tocar. Quedé acorralada. Lloraban los vientos. Silbaban soberbios, levantaban las aguas, ocultaban tus manos, esas manos tan tuyas, que fueron tan mías y no estaban más.

Cerré los ojos en busca de calma.

Recordé aquel tiempo en que vivimos juntos. Las montañas verdes. Algún arcoíris nos pintaba el cielo. Todo a tu lado era siempre sencillo. Tomaste mi mano y con ella mi vida, que hasta hace unos días no podías soltar. Esos años juntos, compartimos tanto y luego dos niños nos hicieron brillar. Crecían felices. Nos queríamos tanto. Pero un día te fuiste. Sin decir palabra. Nos dejaste solos. No te vimos más.

Y en aquella zozobra, de mi cuerpo y mi alma, pude ver a lo lejos, que a pesar de las aguas, de la arena y del viento,  habían abrazos calientes, paseos y nueces y también mucha  paz.  Veinte niños saltaban entre sombras y luces y sus tiernas sonrisas bailaban felices, tan alborotadas, gozando la playa, de aquí para allá. 

 “¡Libérenme ahora!”  le reclamé de pronto, a las cielos y mares, para que salven mi vida y poder regresar.

 Y allí estaba yo, con la barriga al aire, tendida en la playa,  tomando algo de sol, buscando descansar. Disfrutaba el domingo, una tarde cualquiera, cuando unas manitas tiernas me empezaron a acariciar y me cubrieron las sombras de dos rostros sonrientes que me miraron fijo queriéndome despertar.  Una lágrima triste se escapó de mis ojos y al verla mi hijo, la intentó secar. Pero antes que pueda, esa lágrima sabia, se fundió con las aguas, las aguas del mar. Avanzó hacia el fondo, ese fondo profundo, donde dicen que es en vano intentar llegar.

 Arrullé a mis niños, les di un abrazo eterno, de esos que nunca se deben olvidar. Y al limpiar sus caritas, tan dulces, felices, te encontré en sus miradas, te sentí una vez más. “¡Allí estabas travieso! ¡Y yo que intentaba irte a buscar!”

Los tomé de las manos, tan pequeñas, tan tibias, y entre sombras y luces  bailamos los cuatro, por la orilla del mar.

Comments
  1. Norha Stella Mendieta V. says:

    Me gustó el texto, muy sentido. Es ese tipo de experiencia que muchas personas pueden sentir como suya. Encuentro en él ese aire poético que percibo en tu escritura.

  2. Anónimo says:

    Muy lindo y melancólico.

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