Te vas a divertir –me anticipó Matthias. Si montas bicicleta, no va a ser difícil para ti –trató de animarme.

Yo, crédula, le agradecí el cumplido.

El lunes al leer mis correos electrónicos me encontré con la noticia y las felicitaciones del caso. Estaba inscrita en la carrera del domingo.

Pasé seis días terribles. Practiqué en la trotadora. Optimista, me compré zapatillas de correr especializadas y costosas, de esas que anuncian que vas a coger impulso y ganar porque se adaptan como guantes y no pesan. Me curé unas cuantas ampollas. Sudé frio, también calor. No seas loca –opinó una amiga– anda tranquila y solo mira que no debe ser nada sencillo eso de correr diez kilómetros.

No le faltaba razón.

La distancia, perversa y eterna, me obligó a entender al milímetro el lema “Just do it” (sólo hazlo) de alguna marca deportiva. Quien lo inventó, estoy segura que conocía a Matthias.

Adolorida pero contenta, concluí la carrera con una rígida sonrisa, casi una mueca, de la cual a los pocos minutos no quedó nada. Pero mami, ¿cómo dices que te fue bien si te ganó una viejita toda arrugada? ¡Nosotros la vimos! ¡Nosotros la vimos! –me reclamaron mis hijos después de pasar casi una hora esperándome que llegue a la meta. Yo también vi a esa mujercita. Tendría por lo menos ochenta años y con algo de ayuda subió feliz al podio por su medalla. Una especie de chal gris tejido a croché, como una capa, le cubría la espalda. De vez en cuando la enarbolaba como para remarcar el triunfo que celebraba.

Igual me sentí satisfecha por haber vencido, al menos la distancia.

No estaba mal correr en Caracas.

Al buen Matthias, precavido y alemán, no lo encontré aquella mañana ni las siguientes semanas. Sin embargo, ese ambiente deportivo, de cofradía, satisfacción y felicidad, me animó a participar en otras competencias. Confieso haberme entusiasmado también por el hecho que, más adelante, mi mancillado ego se vio reconfortado al saber, que aquella viejecita escandalosa, levantó los brazos en son de triunfo al terminar la primera vuelta de la ruta. ¡Solo la primera vuelta! La muy pilla, corrió solo un tramo de la carrera proclamando su victoria con los brazos en alto aduciendo que la había completado. ¡Hizo trampa! ¡Hizo trampa! –volé a darle la noticia a mis hijos.

Años después, vistiendo una camiseta roja y blanca en la que entre la transpiración y la euforia se encontraban las cuatro letras del “Perú”, levanté los brazos (sin chal), luego de un fuerte entrenamiento y una dura carrera en el maratón de Paris. Cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros. Pero ese, es otro cuento.

Caracas, marzo 2003

Comments
  1. Anonymous says:

    Tu tesón en esta actividad muestra como se puede cuando uno se decide. Es más, creo que la llegada de la viejita, lejos de traumarte, sirvió como incentivo, aunque despues comprobaras su trampa.

    José Echeandía

  2. Pelusa Estremadoyro says:

    Que tal viejita….. Corto e interesante tu cuento.
    No sabía que así habias comenzado a correro. Felizmente seguiste hasta
    Paris y beyond…!!!!

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