—¡Estás igualito! ¡No has cambiado en nada! ¡Por ti los años no pasan! —

Como buen abogado, el organizador de la reunión nos citó en un lugar estratégico. Clarosuro. Especial para vernos después de más de veinte años en los que en muchos casos ni nuestras trajinadas sombras se habían cruzado. Terminamos los estudios universitarios y nos marchamos con nuestras juventudes para llenar nuestras vidas, pues.

Dichosos y alborotados nos encontramos en uno de esos pubs de moda cargados de música de los ochenta. Hablamos en voz alta y escuchamos solo lo que nos interesaba oír. Unas cuantas copas. Algunas más. Abrazos, risas, fotos. ¡Qué maravilla! Las arrugas se ocultaron como si nunca se hubieran instalado en nuestras facciones. Las canas, la escasez de pelo, poco se notaban. Las calvicies se confundían entre las sombras del lugar y algunas plantas decorativas colgantes. Con desfachatez, la glotonería logró esconderse adipada en ciertas zonas corporales donde otras veces suele resplandecer.

—¡Estás igualito! ¡Estás igualito! —nos despedimos sugestionándonos.

Pido  disculpas  por no haber sido sincera aquella noche.

Nos veíamos tan distintos. ¡No jodan! ¿Igualitos? Pero si nada puede borrar el rastro del paso inapelable de los años que afecta sin reparo nuestra gentil humanidad.

Consulté al espejo para encontrar alguna respuesta evidente. Fue en vano. Me desvelé varias noches. La falta de sueño empezó a marcar aún más las huellas en mi mirar. Para tratar de relajarme me distraje durante horas con la televisión. Fue un programa sobre  animales el que por fin puso de manifiesto las leyes de la naturaleza que inconscientemente  trataba de encontrar.

La hipótesis, esto es, la conjetura del orden que descubrí aquella noche en mis observaciones, mostró de hecho una nueva ley natural pues toda ley de esta índole se cumple para una clase (mi promoción universitaria) infinitamente grande de sucesos (pliegues, adiposidades, calvicie, etc.) y es independiente del tiempo (su avance no se detendrá).

Es así que mi realista conclusión ante tantos enunciados objetivamente ciertos fue tan profunda como banal: 

          “El ropaje nos había quedado chico”

iguana2¡Era el ropaje! Cual reptiles, habíamos cambiado el que hace años llevábamos puesto, pero dentro de nuestra colorida y sensible cubierta ¡vivimos! Con más  edad y experiencia. Sonrisas, lágrimas, familia. Quizás dinero. Trabajo, sabiduría, amigos y hasta felicidad. Una pareja con quien juguetear. ¿Enamorado de la soledad?

¡Hemos mudado de piel!

Hemos crecido. ¡Somos mejores! 

¡No estamos igualitos!

¡Estamos iguanitos!

¡Como las iguanas!

 A fin de cuentas, nos marchamos con nuestras juventudes para llenar nuestras vidas, pues.

Escrito en Lima, en junio de 2010, luego de una observación concienzuda de los complejos principios que nos gobiernan y a la espera de dar a conocer  pronto esta nueva ley sobre la naturaleza iguanitaria.

Por ser justicia.

 

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