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He corrido tanto que se me ha corrido la letra. Y es por eso que al escribir estas líneas les digo,
que la corrida es la perfecta.

Así lo sentí aquel día cuando llegué a la meta.

Debo confesar sin embargo, aunque me tilden de loca, que en esta maratón de CAF, la de febrero
de 2013, no me importaba el tiempo que hiciera. Solo quería ser parte de esa magia única que
respira aquel que trota en Caracas. Quería sentir el cielo azul y esas verdes montañas que saben
refrescar hasta la vida.

¡Que levante la mano el que no esté de acuerdo!

Si alguien lo hizo, queda perdonado y sigo mi historia que es en letra corrida y aún no he llegado,
ni a la partida.

Entrené poco, lo admito, pero esa era mi estrategia, pues más que verme regia (lo que a mi edad
sería un logro), quería disfrutar de la carrera.

Y así, ocho mil almas de innumerables naciones, partimos juntas, a paso firme, entre colores,
cantos, emociones.

Corrí calles, sentí su gente, “¡no te detengas!” “¡dale!” “¡tú puedes!”, oí el clamor, el ánimo
vehemente. Mi corazón, poderoso músculo, se alborotó, se invadió de fuerza. La ruta marcada
aseguró mi destino. El Sol, astro ardiente, se vistió a todas luces. El agua presente, un manjar
cristalino.

Bajé el ritmo de mi paso en las subidas. Pero aquellas cuestas, tan mentadas cuestas, fueron
compensadas por raudas bajadas que aún hoy escribo en letra corrida, pues siguen cargadas con ese
impulso que suele provocar el descenso en picada.

Se vuelve una fiesta la ciudad completa, se unen los pueblos, se olvidan las penas, tristezas, los
males, mirar adelante, no importan distancias, ¡allí está la meta!

¡Que levante la mano el que no esté de acuerdo!

Si alguien lo hizo, queda perdonado y como esta historia es en letra corrida, no se detiene, es
que nadie lo hace, se entrena con fuerza para el año que viene.

Y tú ya lo sabes, no digas que no, la perfecta corrida está en estas letras, no las dejes ir, CAF te
las muestra.
He corrido tanto, que se me ha corrido la letra.


—¿Esperas el siguiente vuelo igual que yo?—me preguntó.

—Sí, —le dije—prefiero darme una vuelta y pasear en lugar de estar sentada en el aeropuerto.

Por razones de trabajo, debía viajar con frecuencia a Bolivia.

En uno de tantos viajes o “misiones” cómo se les llama en la organización, el avión hizo escala en Santa Cruz de la Sierra. Debía esperar más de cinco horas para mi siguiente vuelo.

Me habían dicho que esa ciudad era interesante, de clima tropical, diferente a muchos lugares de Bolivia, así que animada por la curiosidad y por la invitación de la aerolínea, decidí conocerla.

En el trayecto de más de media hora en autobús hasta llegar al centro, uno a uno fueron bajándose los pasajeros hasta quedar sólo una monjita que se acercó a conversar conmigo. Era pequeña, más baja que yo, parecía ser muy delgada. Tendría unos treinta años, aunque por el hábito marrón que llevaba puesto no era sencillo calcularle la edad. La piel de su rostro debía haber sido  tersa y muy blanca pero lucía reseca y quemada por el sol. Un profundo surco horizontal atravesaba casi la totalidad de su frente lo que le daba un aspecto de severidad robándole la dulzura que pudo haber tenido.

sis—Me llamo Clara, acompáñame a conocer la catedral— me dijo.

Como estudié en un colegio de monjas y estoy acostumbrada a recibir órdenes de ellas, accedí sin dudarlo.

—Antes de entrar a la catedral, visitaremos su museo— me advirtió.

Al intentar pagar la entrada no aceptaron mi dinero “por acompañar a la hermana” me informó el encargado de la boletería, haciéndome sentir venerable aunque sea por un instante.

Después de recorrer vitrinas adornadas con antiguos hábitos —se llaman casullas, me corrigió Clara—, biblias, viejos retratos, joyas y medallas eclesiásticas, todo divinamente conservado, por fin ingresamos a la catedral.

Fuimos directo a la primera fila. Yo, turista respetuosa de la santísima trinidad, luego de la breve reverencia de estilo y una corta pero efusiva señal de la cruz, me puse a admirar el altar mayor. Absorta, observaba el fino trabajo en plata labrada cuando Clara (mejor dicho, sor Clara), se paró a mi lado para rezar en voz alta:

“Padre Nuestro que estás en los cielos…..” En media oración se detuvo. Me sorprendí, pero continué el rezo como los hacíamos a coro las alumnas de mi colegio. “El pan nuestro de cada día dánoslo hoy….Amén” Terminé orgullosa como para que me pongan un veinte.

Pero allí no terminamos.

“Dios te salve Reina y Madre…”  interrumpió otra vez la oración la bendita monja seguro para averiguar qué tan practicante era yo.  “Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios…Amén”. Recordé el final con las justas, mientras empezaba a sudar frío, pero segura de haber pasado la segunda prueba.

“Nada te turbe, nada te espante…” empezó con otra oración. —Esa no me la sé —le dije sonrojada cuando se detuvo para que yo siga. —Ese día debo haber faltado a clases— agregué toda turbada y toda espantada no obstante sus plegarias.

—No te preocupes—me tranquilizó—no tienes porqué conocerla. Es a Santa Teresa, la virgen de mi congregación.

—Las madres de mi colegio son dominicas— me volví a excusar mientras buscaba una forma de escabullirme y pasar el resto de la tarde sin ser sometida a la santa inquisición.

Pero fue imposible. La buena mujer me pidió que la acompañara a almorzar. Le dije que sí por su puesto y le invité un plato cruceño preparado con plátanos y huevos fritos y una suculenta ensalada de verduras que le encantó. Yo me contenté con un pedazo de pastel de choclo, pues la verdad no tenía mucho apetito. A esas alturas del día estaba segura que todo se trataba de una prueba celestial. ¡Demasiadas coincidencias! Santa Cruz; un viaje de misión; una monjita que no me dejaba ir; esa hendidura en el rostro de la cual no podía apartar mis ojos.

Algo estaba por suceder.

Durante el almuerzo, Clara me contó sobre su vida. Venía de La Paz. Vivía en El Alto, ciudad a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar donde cuidaba ancianos desamparados. Viajaba a Colombia para visitar a sus padres. Era la menor de once hermanos y, al igual que yo, había estudiado en un colegio católico.

Aunque debía sentirme tranquila por haberla conocido un poco más, ese surco en la frente no dejaba de preocuparme.

De regreso al aeropuerto, decidí aprovechar la situación para salir de ciertas dudas que durante la infancia me habían atormentado.

—¿Debajo de la toca, cómo es que va el pelo? —le pregunté.

Sin decir palabra, se quitó el velo regalándome una angelical sonrisa al mismo tiempo que desaparecía la marca transversal de su rostro.  Se le veía animada, con ese brillo en sus ojos negros que solo un corazón feliz puede provocar. Sacó un peine del bolso para arreglarse el cabello. Era castaño claro, casi rubio, y se notaba muy liso. Al contrario de lo que me había imaginado era bastante largo. Le llegaba más abajo de los hombros, lo que me llamó la atención.

Agradecí a Dios por no haber hecho primero mi otra pregunta —¿qué llevaba puesto debajo del hábito?—. Era mejor seguir mi vida sin saberlo.

De pronto, se acercó a mi oído y entre susurros alcancé a entender que me decía: “Cuando tenía ocho años, sentí el Llamado del Señor”.

—¿Tú no lo sentiste? ¿No oíste acaso que el Señor tocó la puerta de tu corazón?—me preguntó apartándose de mí, con la voz alta y seca, con sus ojos oscuros que habían dejado de brillar y otra vez con ese surco amargo que le atravesaba la frente y que estoy segura llegaba hasta su corazón.

—No. Perdón. No escuché nada. —le respondí— Quizás lo hizo y me llamó  muy despacito —me disculpé al sospechar que se trataba de un reclamo proveniente de las alturas.

—Estate atenta— me dijo al despedirse, entregarme un papel con su número de teléfono y pedir el mío, que claro está, se lo entregué.

Escrito por Rossana Sala en abril de 2013. Han transcurrido más de cuatro años desde que sucedió esta historia. Hasta hoy, sor Clara y yo no hemos hablado, pues nunca la llamé y si ella lo hizo, debe haberlo hecho muy despacito.


Eso dice el canto y yo le creo. Intento meterme en el agua. ¡Está helada! ¡Me  congelo! Se entumecen mis dedos, pies, pantorrillas. Salgo corriendo. Tirito de frío.

¡Quema! ¡Quema! ¡Quema! ¡Quema! Pego brincos. La arena arde. Llego a mi toalla. Saco un libro. Lo guardo pronto. No me relajo. No me concentro. El sol brilla severo.

“En el mar, la vida es más sabrosa. En el mar todo es felicidad.”

Desde mi bote, izo las velas que el viento infla. Surco las aguas. Esto sí es vida. El horizonte, límite eterno, no importa si existe o dónde está.

¡Sopla! ¡Sopla! ¡Sopla! ¡Aire! ¡Arrástrame! ¡No te detengas! ¡Llévame al puerto!

“En el mar, la vida es más sabrosa. En el mar todo es felicidad.”

Recorro la orilla. Una línea larga de blanca espuma anima mis pasos. La arena  húmeda. El agua tibia. El sol es dulce. La brisa fresca con aroma a sal.

¡Ríe! ¡Ríe! ¡Ríe! ¡Baila! Pero no dejes de navegar.

sailing

 

Lima, 7 de febrero de 2013

Estimado Dr. Vargas Llosa,

¡No! ¡No debo permitir que el mundo diga que por culpa mía, su inspiración calla!

Ha pasado mucho tiempo, lo sé,  casi un año, quizás, pero me fue imposible hacerle llegar con anterioridad esta carta.

Yo llegaba a Lima. Tenía la esperanza que al presionar el botón de la aduana, apareciera la luz verde.

Usted  caminaba silencioso y  paciente. Su hilera, paralela a la mía, era de esas que avanzan  hasta el infinito y que por culpa de  las inexorables leyes matemáticas, están destinadas a no cruzarse jamás. De pronto, me topé con su mirada. La suya, Dr. Vargas Llosa. Sin quererlo, sentí que de mi rostro salía una tímida sonrisa que se vio recompensada por otra más firme, pero fugaz. La suya, Dr. Vargas Llosa.

Pero hasta las matemáticas son impuras: rompiendo profecías, dogmas, hasta despiadados axiomas, nuestras dos líneas equidistantes se cruzaron súbitamente en un punto como consecuencia de su atracción por la luz roja de la aduana. La intersección (X) se dio así, en plena revisión de maletas.

Entonces lo vi colocar su equipaje en la cinta correspondiente.

—¿Qué hago? ¿Qué hago? —escruté alternativas.

maletas 003 ¿Una foto? No. No hubiera sido justo tomarle una acompañado de infinitos bártulos. ¿Un autógrafo? Imposible. Había dejado en casa sus “Cartas a un Joven Novelista” (excelente libro, por cierto). ¡Doctor  Vargas Llosa! —me atreví a llamarlo y, como desenvainando una espada, le entregué mi tarjeta de presentación y antes de que acaso pudiera usted huir desesperado de mi envolvente verborrea, le mencioné (juro que esforzándome por ser sucinta) que me gusta escribir, que tengo un blog, que… —Rossana Sala —me  interrumpió usted  pausado, apaciguando mi desaforado ímpetu. —¡La voy a leer! —me dijo, bajo su mirada escribidora, único testigo silencioso de aquella solemne promesa, alejándose raudo y con sofisticada cautela del resto de mis historias.

La narración de ese encuentro imprevisto y extraordinario, inspirado por la mágica luz de la aduana, pudo haberse transformado en una fantástica obra de la literatura. Sin embargo, se vio frustrada por el funesto hecho que a usted, hasta hoy, le ha sido imposible cumplir su generosa oferta pues no he publicado libro alguno y el nombre de mi blog ¡no aparece en la tarjeta!

¿Cuánta faena, cuántos desvelos, debe sufrir por mi causa?

¡No! ¡No puedo permitir que viva usted con esa carga!

Es por eso, doctor Vargas Llosa, que le hago llegar estas líneas, tan irreverentes como necesarias.

Y al terminar de leer este relato, no habrá de pesarle más su falta, pues sin notarlo fue encaminado a cumplir con su palabra.

Un abrazo y hasta pronto, espero.

Rossana Sala Estremadoyro

http://rodandoentrelineas.wordpress.com/

(En busca de una nueva intersección.)


El tiempo que tarda en ponerse de pie, más que a su generosa longitud, puede atribuirse a un sosegado actuar.  Explica. Escucha. Sin inmutarse, usa las manos que a veces hablan, y se acomoda el cabello hacia atrás.

Su forma de vestir insípida, pálida  y hasta esos zapatos de gamuza castaña que suele usar, se contraponen al sabor colorido de las respuestas que da. Sus letras, palabras, libros, gestos, son el producto de años de esfuerzo que le han enseñado a “mostrar”.

1031._Rossana_recibiendo_certificado.Habla seguro y lo hace con voz firme, quizás melancólica, pues es con la escrita que le apasiona pintar. Y pinta las horas, las horas azules y sonríe muy quedo entre sueños reales y mujeres ballenas y cenizas tristes que vuelan buscando un encuentro casual. Y es con sus ojos, sus ojos marrones, que nos mira entre cejas, esas cejas grandes, que casi se mezclan con su cabello cano, como un tigre blanco, que yo solo espero después de estas líneas, con su silencio, no se quiera vengar.

¡Cinco para las nueve!  Pronto terminará la clase. ¡Qué alivio!

La batalla, será cosa del pasado.

14 de febrero de 2013

Tarea para la clase de Narrativa de Alonso Cuento en la que describo al profesor. Incluyo en la descripción el título de diez de sus novelas (La Hora Azul; Sueños reales; El susurro de la mujer ballena; El vuelo de la ceniza; Encuentro Casual; Miradas Grandes; El tigre blanco; La venganza del silencio; Cinco para las nueve; La batalla del pasado)


“La esperanza es el sueño del hombre despierto” (Aristóteles)

Cuatro meses de hot yoga para recuperarme de la lesión a la espalda,  para mí, eran suficientes.

Mi instinto me llamaba en busca de una puerta de escape. Y fue justamente el portero del edificio en el que vivo el que la abrió: ¡Mañana es la carrera de San Isidro! —me dijo al verme salir a trotar, después de muchos meses de abstinencia.

Yo sabía que no debía ir. Avanzar  sola no es lo mismo que hacerlo impulsada por  una cofradía. Podría hacerme daño por no haber entrenado. Juro que traté de evitarlo.

-¡Únete al grupo!—me invitó Paiva desde la partida sin sospechar que ya había corrido tres kilómetros.

trotesan borjaCon cuánta razón decía Aristóteles que los recuerdos son espíritus que viajan por la sangre hasta el corazón. Lo hicieron tan rápido que, embelesada como una niña tras el Flautista de Hamelin, formé parte de un torrente de personas vestidas de rojo dispuestas a darle la vuelta a San Isidro.

Al leer el polo de uno de los participantes supe que la ruta era de ocho kilómetros. —¡Eso no es nada! —pensé extrañando la época en la que trotaba más de una hora diaria. El público exaltado, nos daba fuerzas con banderolas. Decenas de niños aplaudían atentos mientras esperaban su turno para correr. ¡Qué maravilla!

Allí, entre cientos de atletas, iba yo tan rápido como podía, o sea, lento. Me di cuenta de ello cuando me adelantó una señora con su chihuahua. Pero eso no me importó. Recién me preocupé al ver a un hombre que cargaba un letrero en la espalda que decía: “Jesús, llévame con tu aliento”.  Y yo que empezaba a perder el mío, tuve miedo de partir con Él.

Y es en esos devaneos, que los espíritus filosofales, invadieron mi sangre hasta ganar el corazón…

Recordé a mi hijo de pequeño.  Me acompañaba orgulloso a las carreras. Cuando no iba, me esperaba en la casa con esa sonrisa ilusionada que me animaba a seguir. Felizmente a todos nos dan una medalla al llegar a la meta. Ya de más grande,  participé con él en un par de competencias. Aunque últimamente había vuelto a trotar, nunca lo noté muy animado por este deporte. Debió ser por lo de las medallas. Llegué a tener demasiadas.No debí engañarle de esa forma

¡Qué ruta!  Si no fuera porque llevaba puesto el reloj que  marcaba la distancia, hubiera jurado que estaba mal medida y maldecido al pobre Paiva el resto del trayecto.  ¡Y yo que trotaba diez kilómetros diarios! Pero éstos eran más largos.

Iba por el kilómetro cinco y los espíritus no abandonaban mi sangre….

—¡Gracias! ¡Qué linda pulsera! ¡La voy a cuidar para siempre! les prometí  a mis abuelos cuando tenía quince años. Era brillante, grande y pesada. Después de buscarla durante meses, hace poco la encontré metida en un cajón. Qué sorpresa me llevé al descubrir que no era lo espectacular que pensaba. De no haber estado grabado mi nombre en ella, hubiera sospechado que era otra.

¿Pero qué le pasó a la pulsera? ¿Porqué la distancia era tan larga?

Agotada, comencé a caminar.

—¡Vamos, no te detengas!— me gritó de lejos la mujer del perrito.

Y con la ayuda de algún espíritu caritativo, alcancé la meta a paso decoroso.

¡No era posible! Mi hijo recogía su medalla mientras conversaba distraído con sus amigos de la universidad. ¡Pero qué grande estaba!  ¡No podía ser él!

¡Qué desconcierto! ¡Qué locura! ¡La distancia! ¡La pulsera! ¡Ahora mi hijo!

Fue entonces cuando decidí buscar entre la multitud a ese perro.

—¡Estoy segura que se trataba de un galgo inglés! —les expliqué a mis amigos del hot yoga y les mostré mi medalla.

—¡Es enorme!— me felicitaron.

Rossana Sala,  diciembre de 2012.

 

 

 


—Mami, cuéntame algo de cuando yo era chica—.

—Está bien Camila, siéntate conmigo, acá en el diván de la terraza. La mañana está muy fresca. Ya empieza a salir con fuerza el sol. Ahh, tu siempre acurrucándote como una ovejita…—.

—Ya mami, pues cuéntame. ¿Me sobas la espalda? —

—A ver qué se me ocurre… A ver… Debe haber sido hace unos seis años. Tú tendrías cuatro, no estoy tan segura. Como cada verano cuando vivíamos en Lima, tú y tu hermano se quedaban en la casa de la nonna en Paracas. Tu papi y yo, los visitábamos los viernes al salir de la oficina. ¿Te acuerdas de la carretera tan larga para llegar a la playa? Había que manejar unas tres horas, pero valía la pena—.

—Claro ma, como me voy a olvidar.  ¿Pero qué pasó?—

image—Bueno. Casi al terminar ese verano,  tomé vacaciones para quedarme una semana  con ustedes y divertirnos juntos en el mar. El domingo en la tarde la nonna y tu papi regresaron a Lima. Al anochecer me pediste salir a caminar por el malecón. Era un lindo paseo a lo largo de la playa que siempre hacíamos a pie o en bicicleta durante las tardes. La noche era ventosa, pero me pediste un Piruchi. ¿Te acuerdas de esa limonada con granadina que te encantaba? La rosada que preparaban en el hotel—.

—Claro mami, todavía es mi favorita. ¿Pero qué pasó?—

­—Tu hermano era muy chiquito. No tendría ni dos años.  Así que apenas se durmió lo dejamos con la empleada para que lo cuide y salimos a buscar tu Piruchi. El viento aumentaba. Típico en Paracas. ¿Te acuerdas de tu casaca roja contravientos? Esa larga que te llegaba debajo de las rodillas que te regaló tu abuelo. Te la pusiste con capucha y todo. La vereda que nos llevaba al hotel estaba oscura. Las luces que siempre alumbraban las casas, apagadas. La mayoría de gente había regresado a Lima porque los colegios empezaban. Pero con el cielo estrellado,  tú y yo felices, empezamos nuestra larga caminata. Fue esa noche cuando vimos la orilla de la playa brillar. —No me acuerdo mami— Cada vez que se retiraban las pequeñas olas de la playa hacían resplandecer la arena. Dicen que es el plancton de las aguas el que produce esos efectos al golpear la arena. Nunca habíamos visto algo parecido.

—Sí,  ma, pero qué me pasó a mí—.

—Después de unos quince minutos de caminata, mami, me duele acá, me dijiste, agarrándote la barriguita, en la parte de arriba de la pierna derecha.  No te lo expliqué en ese momento, pero a mí ya me habían operado de la apéndice, y era justo allí donde te dolía. La apéndice es una parte del cuerpo, por el intestino, el estómago, que si se inflama, duele mucho y hay que sacarla.  Bueno, te dolía justo allí. En esa época no existía el celular —¡No puede ser mami!— Así que en esa soledad del malecón teníamos dos alternativas: volver  a la casa donde estaríamos solas y tampoco había teléfono o, llegar al hotel donde quizás alguien pudiera ayudarnos. —¿Y qué hicimos mami? ¿Qué hicimos? —  Bueno, tú que a los cuatro años no eras nada chiquita, te colgaste de mi cuello y me dijiste que no podías caminar más. Que te dolía mucho. Empezaste a llorar. Contigo abrazada como una monita triste, caminé como pude entre tu casaca, la mía, el viento y la oscuridad. Unos veinte minutos después estábamos en el lobby del hotel de turistas. Tú, gemías despacito y derramabas algunas lágrimas y yo, sudaba y temblaba. No se veía mucha gente a esa hora. Seguro por ser domingo en la noche.

Un elegante recepcionista nos vio llegar y amable, se acercó para preguntar qué nos pasaba.

—Necesitamos urgente a un médico.

—Aquí no tenemos. Debemos llamar a uno de la base naval de Pisco, pero no sé cuanto tarde en llegar.

—¿Y no habrá algún huésped del hotel que sea doctor? —le pregunté.

—Lo siento señora, no podemos ver las fichas. Son confidenciales.

—Por favor —le supliqué— mire que mi hija puede tener una apendicitis.

Tú, tan chiquita, te escondías entre mis piernas sin dejar de lloriquear. Yo, transpiraba.

—Está bien— me dijo el recepcionista.

Buscamos entre unas veinte fichas, hasta que ¡maravilla!

—Acá alguien escribió que es médico. Llámelo usted señora a la habitación.

Dije aló y me colgó.

Volví a marcar.

—¿Aló? Me colgó otra vez.

Le pedí al  señor que mejor él marque.

—Me van a llamar la atención por esto señora.

—Por favor, lo van a entender,  es una emergencia —le insistí.

Por fin contestaron. Tomé de inmediato el auricular y le hice al médico una corta explicación de la emergencia. Lo convencí. Debe haberse dado cuenta que estaba desesperada.

—Salgo a atender a su hija —me dijo. No te imaginas el alivio que sentí.

En el hotel, nos prestaron una habitación. Apareció el médico. Bajito, un poco gordito, con una barba crespa, tupida y negra. Anteojos cuadrados de marcos oscuros. Se le veía preocupado. Nos saludó rápido. Te echaste en la cama boca arriba. Te tocó la barriguita. Movió tus piernas en varias direcciones. Hizo unas cuantas preguntas sobre la rutina de ese día.

—Indigestión. Lo que tiene esta niña es un cólico estomacal. Nada para preocuparse. No debería tomar tantas bebidas gaseosas. Una dieta suave la va a curar.

—Disculpe la molestia y mil gracias, doctor. En Paracas, no es fácil conseguir un médico a esta hora. Fue muy amable en atender a mi hija. Dígame por favor ¿cuánto le debo? —le pregunté.

—No se preocupe señora, no es nada. Más bien perdóneme por colgarle el teléfono —me dijo— Es que estoy de vacaciones y como soy psiquiatra, ¡no se imagina la cantidad de pacientes que me persiguen!

—¿Camila? ¿Camila? Te quedaste dormida bebita.

—Sí mami, ¿y qué pasó con mi dolor de barriga? ¿Y me tomé el Piruchi? ¿Preparamos uno mami?

Lima, 2012


—Vámonos a Morrocoy —me animó Elisabetta con su acento italiano a pesar de los casi treinta años que vivía en Caracas y añadió—: Nos llevan en peñeros a los cayos que bordean la costa. El hotel organiza todo. Es solo por el fin de semana. Conoceremos gente linda. Además nos vamos en el Alfa Romeo descapotable de mi ex esposo.

¿Y qué podía decir?

Nos pusimos los lentes de sol y partimos.

Ya instaladas en el hotel, contratamos al famoso peñero que resultó no tratarse de un yate de lujo ni nada por el estilo.  Un sencillo bote de madera con motor fuera de borda guiado por un hosco pescador, cual autobús de los mares, desembarcaba a los pasajeros en diferentes islotes que forman el Parque Nacional Morrocoy.

—¡Que se alisten los del cayo Sombrero! —avisó el conductor asegurándose que no le hagamos perder el tiempo.

Nos bajamos unas ocho personas, cargadas de coolers y maletines, listas para pasar un gran día en la isla más popular de la zona.

—¡A las cinco de la tarde los paso a buscar! ¡No espero a nadie! —nos advirtió mientras se alejaba dejándonos en tierra sin siquiera mirarnos, para seguir su ruta con los demás pasajeros.

El sol se anunciaba severo. Habían pronosticado unos cuarenta grados centígrados para ese día. La arena blanca, suave, estaba colmada de gente, toallas, sillas, mesas. Muchas personas se protegían bajo las palmeras lo que me parecía por demás peligroso, en especial cuando vi caer algunos cocos que los niños corrieron a recoger felices para saborear su néctar.

Nos acomodamos como pudimos bajo la sombrilla  que precavidas habíamos alquilado en el hotel.

¡Pero bueno, es el Caribe!  ¡Qué lujo! El mar tranquilo, sus aguas transparentes de diferentes tonos de celeste, verde, turquesa, parecía un lienzo de movimientos serenos. Embadurnadas con cremas solares, para regresar tostadas y regias a Caracas, nos dispusimos a gozar de un poco de paz, descansar del trabajo, leer, conocer gente simpática. Entonces empezaron a ofrecer sus productos, alrededor y encima nuestro, los vendedores de pareos, collares, helados y de todo tipo de menjunjes macerados con mariscos afrodisíacos de denominaciones extravagantes. —¡Rompe colchón! ¡Siete potencias!  ¡Vuelve a la vida! ¡Vendooo! —pregonaban sin respeto alguno.  Al rato, nos animamos a comer  pescado con tostones y queso que llevaban hasta la playa desde los pocos restaurantes del lugar. Mientras saboreaba mi platillo con esas lonjas de plátano frito y aroma a miel, un muchacho atrevido que caminaba por la orilla me quitó el apetito al gritar desde lejos para el oído y mirada de los demás veraneantes: ¡Mami, no comas tanto pescado que te va a crecer la barriga!

¿Y qué podía decir?

Solo me bronceé la espalda aquella tarde.

Las cinco en punto. Elisabetta, yo, la sombrilla y todos nuestros corotos nos dispusimos a esperar a nuestra embarcación en el muelle. USNAVY, así se llamaba. —Es el nombre de mi nieta mayor —nos había explicado el dueño del peñero.

Las cinco y treinta.   Los lanchones partían atiborrados de gente agotada después de un largo día de playa. Familias enteras se trepaban en ellos. USNAVY no se veía ni de lejos. Cientos de mosquitos comenzaron a atacarme.

—Ten cuidado con esos bichos. Son jejenes. Su picadura arde muchísimo —me previno Elisabetta—. ¿Trajiste repelente?

¿Y qué podía decir?

Solo me quedó esperar nuestro bote metida en el mar con el agua casi hasta la nariz.

Mi pobre amiga iba y venía por el corto muelle. —¡Hola! ¡Hola! —intentaba comunicarse con el hotel por el celular hasta que al fin le contestaron. En ese momento pude notar la sangre italiana que recorría sus venas y le salía de la boca a borbotones convertida en furiosas oraciones: ¿Ma che cosa dice? ¿Cómo que no quisimos subirnos al peñero?¡Vaffanculo! ¿Qué vinieron por nosotras y se fueron? ¡Cretino!

Y nos dejaron en la isla.

Poco a poco la playa empezó a despoblarse. Algunas personas montaron sus carpas para pasar la noche. Por supuesto que allí no había hoteles ni nada que se les asemeje.  Los botes partían cargados de gente y sin espacio disponible para almas desamparadas como las nuestras. Elisabetta  llamaba una y otra vez al hotel. Gritaba. La oí hablar y responderse sola varias veces. Me di cuenta que además del español y del italiano sabía hablar otras lenguas incomprensibles para mí.  Me imaginé que serían dialectos creados por ella.  Por momentos la vi tan desesperada, moviendo nerviosa las manos, los dedos, la cabeza que legué a la conclusión que más de una Elisabetta habitaba su delgado cuerpo. Seguro que por eso los jejenes ni se le acercan, pensé con  envidia. A mí en cambio no dejaban de aguijonearme la cara.

Al rato, se me acercaron preocupados unos turistas, por coincidencia italianos, que al ver a una mujer  en el muelle quejarse sola contra el horizonte, sospecharon lo peor y no se atrevieron a hablarle.

—¡Ma, non c´è problema! —me dijeron cuando les expliqué nuestras desventuras—. Ya no tarda en venir nuestra barca.  Allí nos acomodamos tutti.

Y así lo hicimos. Viajamos con ellos. Elisabetta gesticulaba y hablaba en un italiano apretado con sus coterráneos quienes a pesar de todos sus esfuerzos, no pudieron calmarla, como tampoco lo hizo al día siguiente el administrador del hotel.

 —¡Cretinos! ¡Devuélvanos el dinero! ¡Nuestro dinero! ¡También lo que pagamos por hoy!  Non siamo matte para ir con ustedes otra vez! —vociferaba con justa razón.

Y fue solo cuando alertamos de lo sucedido a los turistas que se acercaban por información, que nos devolvieron la plata y nos regalaron la sombrilla. Bueno, en realidad olvidamos devolverla. Fue una especie de botín de guerra.

Nos relajamos esa tarde en otra isla menos concurrida. Tomé sol boca arriba sin escuchar desatinados piropos.

Ya de regreso con el techo descubierto, seguimos disfrutando del sol en medio del tráfico tan pesado que forma parte de las autopistas al llegar a Caracas. De pronto, un muchacho de cabello castaño y piel ligeramente tostada, se puso a conversar con nosotras desde el auto de al lado.

—Qué linda sonrisa tienes —me dijo.

No me sonrojé, pues porque ya estaba roja.

—Conversa rápido —me susurro Elisabetta— y ni pienses en quitarte los lentes de sol aunque se haga de noche.

El consejo llegó tarde. Para lucir mi bronceado, segundos antes me había deshecho de las gafas oscuras.

Elisabetta me miró de reojo. Una vez más invadida por sus ancestros romanos, me hizo muecas y, cosa rara en ella, no pudo pronunciar palabra. Solo atinó a señalar mis ojos. En ese  instante, algo extraño le pasó al muchacho de al lado ya que después de emitir un ruido ininteligible, al parecer de espanto, raspó a más de un automóvil en su frenética huída. Fue entonces cuando me vi al espejo y descubrí mis líneas de felicidad convertidas en grietas blancas, cinceladas en el rabillo de mis ojos. ¡Mis patas de gallo! Aunque todavía pequeñas, lucían hendidas y resaltaban sin pudor respecto al resto de mi tez ¡Merda! ¡Che vergogna! ¡Mamma mia! ¡Porca miseria! Ed io che non parlo l’italiano, scusa,  y yo que no hablo italiano, me expresé en aquella lengua romance con una fluidez envidiable poseída por más de un antepasado de esas tierras que —debo admitir— también llevo conmigo.

¿Ma che potevo dire?

Escrito en abril de 2006, han pasado siete días desde que volvimos de la playa y todavía en las noches me pongo lentes oscuros.

 

Escrito en abril de 2007, todavía sonrojada por el sol, el bochorno y los mosquitos, claro.

PD. He presentado este cuento a un concurso de relatos. Si les gusta, pueden acceder al siguiente link, dejar un comentario y participar en el concurso del sorteo de un libro. Gracias!

http://vagamundosmoleskin.wordpress.com/2013/01/04/y-que-podia-decir-autor-rossana-sala-estremadoyro/

 


 Mi nombre es Pedro Alcalá. Me dijeron que aquí podría encontrarlo. ¿Me permite que lo acompañe en la mesa, señor? Sólo usted puede ayudarme.  Disculpe mi atrevimiento. Muchas gracias, tomaré un café.

Quisiera explicarle todo desde el principio. ¿Ha vivido en Lima? Tal vez pueda entenderme entonces. Ya conoce como es la bulla, el tráfico desordenado, la terrible contaminación de la ciudad. Los cinco días de la semana que pasaba encerrado en las cuatro paredes de mi oficina, redactando noticias para el periódico en el que trabajaba, viendo al mundo a través de la pantalla del computador, enterándome de las desgracias ocurridas por todas partes, me hacían buscar tranquilidad. Necesitaba respirar aire fresco. Extrañaba mucho mi tierra, Huancaya. Fue allí donde crecí y fui feliz hasta que, para mejorar mi situación económica, tuve que irme a la capital a estudiar en la universidad, encontrar un buen trabajo. ¿Este pañuelo? Sí, es mío. Déjeme que lo guarde bien y le sigo contando.

La verdad es que durante varios años no pude salir de Lima para descansar. Cuando me fue mejor, empecé a aprovechar algunos fines de semana para abandonar la ciudad. Después de viajar por horas hasta Huancaya, tomaba mi bicicleta y pedaleaba aliviado a la laguna Papacocha. ¿Estuvo allí alguna vez? ¿Nunca? Es un lugar mágico, lleno de luz y paz, escondido entre las montañas de Yauyos. Debería visitar esa zona. Le queda tan cerca.

Volví a mi pueblo un viernes y muchos viernes más. Ya de mi familia no quedaba nadie.  Al igual que yo, mis padres y hermanos habían emigrado buscando una vida mejor; bueno, no sé si mejor, por lo menos más moderna, con otras oportunidades, fuera del campo, ya sabe. Me alojaba en una posada cómoda y sencilla. Cada sábado y domingo me dedicaba a pasear en la bicicleta que guardada en la casa de unos amigos. Ellos se quejaban de mí porque sólo los veía al dejarla y recogerla. Nunca me daba  unos minutos para conversarles. Yo no les hacía caso a sus reclamos. Siempre fui bastante ingrato.

Una roca al pie de un grueso pino, a orillas de la Papacocha, casi podía llevar grabado mi nombre. Tantas veces, de pequeño, me senté sobre esa piedra para disfrutar de las horas. Cómo quisiera haber podido detener mi vida en ese entonces. No había muros, ni puertas, ni techos.  Todo era diferente. Me gustaba el calor del sol y la brisa fría de la sierra, observar las montañas interminables, altísimas, el cielo azul, sin nubes. El agua turquesa de la laguna. Disfrutaba también de las tardes ventosas, de lluvia, rayos y truenos, que me hacían correr a casa empapado.

Usted entenderá cómo me cargaban de energía mis visitas a Yauyos. Finalmente, después de mucho tiempo,  sentado desde mi roca, podía volver a contemplar la naturaleza, oler las retamas, observar las garzas blancas pasearse libres por el cielo. Me recostaba sobre la hierba para leer tranquilo algún libro. Al final del día regresaba a dormir en la posada. De vez en cuando me distraía al ver gente detenerse en la zona. Muchos llegaban al amanecer, todavía a oscuras, para pescar truchas que atrapaban entre risas silenciosas, por lo menos a lo lejos yo no las escuchaba. Felices se las llevaban a casa, seguro para saborearlas con sus familias. De chico me alegraba tanto ir de pesca. Adoraba esos momentos con mi abuelo, con mi padre, mis hermanos.

Un sábado fue diferente. Al medio día llegó un caballo que cargaba en el lomo a una mujer de vestido largo y blanco, que llevaba puesto un  sombrero del mismo color. Ella tenía el cabello casi hasta la cintura. Con cuidado, se bajó del animal y al hacerlo, descubrí que la acompañaba un niño. Tendría unos ocho años, aunque a la distancia no podía confirmarlo.

Me fijé bien en ellos. Me llamaron la atención. Recordé la historia que me contaba mi abuelo de una mujer de pelo largo y de un niño de rostro triste, que huyeron de Yauyos juntos a caballo. La mujer de ese cuento vestía de blanco, con un fino traje largo y un delicado sombrero. Cabalgaba con distinción, tenía la piel muy clara, parecía de otra época. Según mi abuelo, no se trataba de una leyenda y el pequeño que iba con ella, estaba en realidad bajo el hechizo de un duende.  ¡Cómo me divertía al escuchar esos relatos fantásticos!

Por un segundo, al verlos llegar, pensé que eran los personajes de esa historia. Sin embargo, me di cuenta de que eso no era posible. De chico quizás pude haber creído en esos mitos, pero hoy, a mis veintiséis años, esas cosas no se aceptan así no más. ¿No es cierto?

De todas maneras sentía intriga, curiosidad. Estarían a unos cien metros de la roca en la que yo descansaba, en un lugar repleto de espesos arbustos  y pequeñas cascadas llamado El Bosque del Amor. Pude notar los movimientos suaves y elegantes de esa mujer alta y delgada. No podía verle el rostro, pero bajo su sombrero blanco y alado, caía una larga cabellera negra que el sol hacía brillar. Parecía una princesa.  Ella estiró con calma una manta blanca sobre la hierba. Encima, le colocó algunos objetos que yo no alcanzaba a distinguir. Me imaginé que sería algo para comer.

Esa tarde me dediqué a vigilarlos. Los vi conversar. El pequeño no jugaba. Estaba muy quieto para ser un niño. Tenía la impresión que de vez en cuando, la mujer se cubría la cara. Me inquietaba saber si reía o lloraba. Yo estaba demasiado lejos. De pronto me distrajo el ruido estrepitoso de unas motos que avanzaban a toda velocidad por la trocha que había detrás de mí. El polvo y la tierra que levantaron me obligaron a protegerme y correr hacia un lado. Ese instante fue suficiente para que al buscarlos ya no estuvieran.  Desaparecieron. Se llevaron la manta y el caballo. Traté de encontrarlos con la mirada. Debían estar en alguna parte del bosque, entre la vegetación, por las cascadas. Fue inútil. Empezaba a oscurecer, así que volví a la posada. En el trayecto me puse a pensar si acaso podría ser cierta la historia que contaba el abuelo. Y si era la mujer de la leyenda, ¿qué edad podría tener ella? Y si se trataba del mismo niño, ¿cómo podría seguir siendo una criatura? Decidí que no le comentaría mis dudas a nadie. Al día siguiente iría una vez más a la laguna para averiguar quiénes eran.

***

Fue un sábado, padre, lo recuerdo bien. Como ya era nuestra costumbre desde que volvimos a Yauyos, Tomás y yo estábamos a orillas de la Papacocha. De pronto notamos que alguien, un hombre, no dejaba de contemplar nuestros movimientos. Nos observaba. Tratamos de acercarnos a él para preguntarle quién era y qué quería. Pero cuando llegamos al lugar donde lo vimos sentado, se había ido. Se marchó en bicicleta por el camino hacia Huancaya. Logramos verle en algo el rostro debajo de la gorra negra que llevaba puesta. No lo conocíamos. Tendría unos treinta años. No vestía como un campesino, aunque por sus rasgos podía ser de acá.

***

            Dormí inquieto esa noche. Escuché extraños ruidos muy cerca a la puerta de mi habitación. Sentí que alguien lloraba. Quizás se trataba sólo del intenso soplido del viento. Mi curiosidad y temor fueron creciendo a medida que avanzaban las horas.

***

Al terminar la tarde, Tomás y yo fuimos a Huancaya. Quisimos averiguar de ese joven. Recorrimos varias calles del pueblo hasta que en medio del silencio, oímos interminables lamentos. Creímos que era el llanto de una criatura. ¡Era el duende! Estábamos seguros de que era el duende que anunciaba su presencia con ese silbido penetrante tan propio y desagradable que siempre nos asustaba. 

***

Me imaginé cosas terribles que ya no recuerdo, y que tampoco recordaba al día siguiente mientras pedaleaba temprano al Bosque del Amor. Me senté en mi roca. Los esperé y seguí esperando. El sol, el viento, las aves, todo estaba en su sitio. Pasaron ciclistas, pescadores, algunos turistas. Pero de la mujer y el niño, nada.

Regresé al pueblo por una ruta de tierra que serpenteaba el río.

Era domingo. Debía viajar a Lima y no había salido de mis dudas. 

***

Volvimos a Vilca. Allí estaríamos más seguros. Al día siguiente preferimos no visitar la laguna. Nos preocupaba encontrarnos con el duende.

Sentimos mucho miedo esa semana. Finalmente, decidimos volver al Bosque del Amor. Es que padre, necesitábamos del agua de esa laguna. Sabíamos que era arriesgado ir, pero no teníamos alternativa. 

***

La mujer y ese pequeño se convirtieron en una obsesión para mí. Transformaron mi semana de trabajo en días y noches de espera. En mi tiempo libre, investigué cuanto pude sobre Yauyos. Leí diferentes mitos del lugar. Muchos contaban de  “Muqui”, el duende de los Andes peruanos que, para enamorar a las mujeres, se convertía en un hombre alto, fuerte, blanco y rubio. ¿Conoce esa leyenda? Busqué noticias de mujeres y niños desaparecidos. Soñé varias veces con mi abuelo. Habrían pasado unos cinco años desde la última vez que lo había visto. Yo ya vivía en Lima en esa época. Recuerdo muy bien la noche que tuve que viajar a Yauyos de emergencia. El abuelo estaba viejo y enfermo. Me avisaron que necesitaba verme urgente. Quería hablar conmigo de algo importante. No me dijo mucho cuando lo vi por última vez. Quedaba poco de ese hombre fornido y entusiasta, que al igual que su padre había vivido trabajando en las minas. Entre quejas y murmullos me repitió la historia de la mujer de cabello largo, de vestido y sombrero blancos, del niño hechizado, del caballo. Me pidió que sacara un pañuelo que tenía en un cofre de metal escondido en un armario de su habitación.  –Cuida del pañuelo, tú sabrás cuándo usarlo– me dijo.  No le entendí nada. ¿A qué se refería? ¡Claro que yo sabía cómo y cuándo usar un pañuelo! ¡Si sólo era un pañuelo!  –Tú lo sabrás– me repitió y siguió quejándose de dolor. ¡Pobre  abuelo!

En realidad señor, hasta ese día yo me había olvidado del episodio del pañuelo. No le había dado importancia. Recién al encontrar a la mujer de blanco, al niño y al caballo, me imaginé que debía tener algún significado especial y tenía que estar relacionado con ellos.

Decidí llevar conmigo el pañuelo en mi siguiente viaje a Yauyos. Lo saqué del cajón donde por muchos años lo tuve guardado. Era blanco y muy suave. El tocarlo me hizo sentir una vez más la ternura de mi abuelo, ese olor tan agradable, inconfundible, que él tenía cada vez que me daba un abrazo. Era asombroso que a pesar de tanto tiempo, su aroma siguiera impregnado en ese pedazo de tela. Lo acaricié, como lo hubiera hecho con sus manos. Me hubiera gustado hacerle más preguntas. Pero ya era tarde. Sólo me quedaba averiguar qué sucedía, y sospechaba que el pañuelo me ayudaría a encontrar la verdad.

Llegó el viernes. Nuevamente viajé a Yauyos, pero esta vez visité Vilca.  Como está muy cerca a la laguna Papacocha, creí que la mujer y el pequeño podrían vivir en ese pueblito. Fui en mi bicicleta. Pasaría desapercibido.

Fue sencillo recorrer Vilca. Pocas calles. Poca gente. Había mucha tranquilidad.  Me crucé con algunas mujeres, percatándome de que nunca había visto la cara de la que yo buscaba. No podría reconocerla en caso de que estuviera cerca de ella. Caballos, llamas, mulas recorrían las calles al lado de los lugareños. Cargaban manzanas, maíz. Me detuve a conversar con unos muchachitos. Los escuché hablar en quechua sobre sus amigos, el colegio. Me recordaron mi infancia. Dejaron  tirados  sus trompos y chapitas  metálicas, para acercarse corriendo a curiosear y tocar mi bicicleta. ¡Préstamela! ¡Préstamela!me decían. Les pregunté si habían oído la historia de una mujer de vestido y sombrero blancos que iba a caballo acompañada de un niño. Sin responderme,  volvieron rápido a sus trompos y chapitas.

Llegué a la plaza principal del pueblo. Estaba recién remodelada. Tenía algunas bancas de cemento y un altar en el centro. Al otro lado, parado en una esquina, solitario, había un hombre. Parecía extranjero: alto, de piel muy blanca, cabello claro. Vestía unos jeans y una chaqueta oscura. No alcancé a verle el rostro, pero sentí con inquietud cómo me observaba. Necesitaba alejarme de su mirada.  Pensé que sería buena idea entrar en la capilla. Era de piedra y adobe, antigua, más pequeña de lo que recordaba pero con ese olor tan especial a incienso y velas encendidas.  Decidí quedarme  a meditar, a orar un poco al pie del viejo altar, cuando se me acercó un sacerdote, uno de esos curas gorditos, relajados, efusivos y felices, que cubierto por una inmensa sotana negra y sin haber perdido su típico dejo español, me dio la bienvenida y tres abrazos, como si me hubiera estado esperando. No se acordaba de mí. Habían transcurrido muchos años desde la última vez que nos vimos. Él no había cambiado. Yo sí. La ciudad me hizo diferente. No quise decirle quién era yo. Muy amable me ofreció su ayuda. Le expliqué que sólo estaba de paseo. No me atreví a mencionarle la razón que me había llevado hasta allí. No valía la pena inquietar a ese hombre, tan feliz y religioso, con una leyenda más del pueblo. Me despedí y lo dejé sonriente, aunque me di cuenta que él tenía algo que decirme y antes de que pudiera hacerlo, preferí marcharme. No quería adelantarle mis ideas y que le advirtiera a la mujer en caso de que la conociera. Pero al salir, oí unos pasos cortos, rápidos, ocultos detrás de las paredes. Alguien nos había estado escuchando. Era ella, señor. Yo estaba convencido de que era ella y tenía que estar con ese niño.

***

El sábado nos encontramos con un hombre en una esquina de la plaza. Era alto,  de manos grandes y toscas, se veía fuerte. Tenía la piel muy blanca y reseca, el pelo rubio, desordenado. Sus ojos redondos y celestes brillaban muy duro. No nos gustó su mirada. Era penetrante. Buscaba algo. Tomás y yo nos protegimos de él aquí, en la capilla. Sospechamos que ese hombre podría ser el duende, ya que en el pueblo se sabía que muchas veces se hacía pasar por un extranjero, por un gringo, para ganarse la confianza de la gente. 

Aquí escondidos, Tomás y yo lo vimos  a usted, padre, conversar con un joven de acento costeño. Nos pareció el mismo muchacho que nos había estado vigilando en la laguna. No entendimos bien lo que decían, pero cuando se marchó, usted comentó con el monaguillo, que esa cara le era familiar. Dijo estar casi seguro de que se trataba del nieto de don Samuel Alcalá y que vivía en Lima. También se quejó de que la gente de la ciudad sea tan apurada que no le diera tiempo para saludarlo como debía, ni para darle la bendición antes de que se vaya. ¿Lo recuerda? Perdón padre, no se moleste, pero no pudimos evitar oírlos. 

***

Al día siguiente, muy temprano, regresé a Vilca. Me oculté cerca a la capilla con la esperanza de descubrir a la mujer y al pequeño. No estaba equivocado. Después de unas horas, atravesaron la plaza montados a caballo. Ella, vestida de blanco, llevaba el mismo sombrero que no dejaba mostrar su rostro. El niño se sujetaba de su espalda. Me dio mucha lástima ese pequeño. Tenía los ojos hundidos, apagados. Hubiera querido verle una sonrisa. Se dirigían al Bosque del Amor. Era mi oportunidad. Decidí seguirlos a escondidas en mi bicicleta y luego adelantarme a ellos. Los vería acercarse a la laguna y los observaría desde algún lugar cercano a donde se sentaran a descansar. Si tenía suerte, podría escuchar de qué hablaban.

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El domingo, Tomás y yo partimos una vez más hacia la Papacocha. A los pocos minutos de salir de casa, nos dimos cuenta que el nieto de don Samuel nos seguía en su bicicleta.

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Llegaron. Con elegancia y cuidado, la mujer se bajó del animal ayudando al pequeño como lo había hecho antes.  Ella, tendió una manta bajo la sombra de un árbol, muy cerca a la orilla y se sentó. El niño la contempló. Ella, se cubrió la cara con las manos. La oí llorar. Lloraba sin consuelo, señor.

***

Al llegar, empecé a quejarme, a desahogarme, con mi pobre Tomás. Es que era tan difícil nuestra vida, padre y no podíamos hacer nada para cambiar las cosas.

******

El pequeño, todavía de pie, se le acercó para acariciarle el largo cabello. Ella dejó por fin su rostro descubierto al sol. Se lo pude ver. Fino, melancólico, lucía pálido. Sufría tanto. Casi pude sentir el dolor de esa mujer a quien ni siquiera conocía. Me distraje. No pude evitar hacer ruido al pisar algunas ramas y hojas secas. Me vieron. Tomás empezó a consolarme, cuando noté que el joven nos vigilaba agachado entre unos queñuales.  La miré a los ojos. Eran de un color negro tan profundo. Estaban húmedos al igual que su rostro. Me cubrí la cara para que no me viera llorar. Sin pensarlo, casi por instinto, me acerqué a ella mientras buscaba el pañuelo de mi bolsillo. De pronto apareció el aroma inconfundible de don Samuel. ¡Eso era imposible!  El olor tan especial a mi abuelo invadió el lugar. Le sequé los ojos. Levanté la cara. Un pañuelo suave me la acariciaba.¿Dime dónde conseguiste este pañuelo? ¿De dónde lo sacaste?– le pregunté al joven, y cuando me dijo que era de su abuelo…. La mujer aprisionó mi muñeca mirándome con tanta firmeza que me obligó a dejar caer el pañuelo y comenzó a darle órdenes al pequeño. …recordé el día que mi Tomás fue hechizado por el duende, la impotencia, el dolor que sufrí, la ira.  –¡Recoge el pañuelo! ¡Bátelo en el aire tres veces!– le grité desesperada a mi pobre Tomás.  El niño hizo caso de inmediato. El encanto era tan grande que la magia del pañuelo no fue suficiente. Ante mi total espanto, la mujer me exigió meter al pequeño en el agua.  ¡Sumérgelo en el agua!  ¡Sumérgelo ahora!  Yo no entendía qué pasaba. La mujer no cesaba de contemplarme, me tenía atrapado en su mirada. No podía desprenderme de sus ojos negros, de su energía. Intenté liberarme de ella… No sé cómo pude convencer a ese muchacho para que hundiera en la laguna a mi Tomás, no sé de dónde saqué la fuerza, pero lo hice y después de unos minutos, Tomás ya no estaba. ¡No estaba mi Tomás! …cuando de pronto me vi de rodillas, inclinado al borde de la laguna, con las manos mojadas, frías, metidas en el agua helada de la Papacocha y entre ellas, el rostro de ese niño. Parecía dormido. Se le veía relajado, tranquilo. Yo no podía dominar mis manos y lo obligaba a botar el último aire de sus pulmones. Salían burbujas, espuma, su cuerpo indefenso, estaba preso en un remolino furioso que me impedía verlo, sólo sentía su cuello, delgado, débil, quieto, casi no se movía. ¡Lo estaba matando! ¡Fue el peor momento de mi vida! Pensé que lo había perdido para siempre. De un instante a otro, unos brazos fuertes que venían del fondo de la laguna, me obligaron a dejar libre a la criatura. Volví a controlar mis manos. Me paré y busqué en el agua. Estaba revuelta, turbia por el laberinto, cuando un hombre desnudo, temblando de frio, salió de allí. ¡Salió de la Papacocha! ¡Del mismo lugar donde yo había tratado de ahogar al pequeño!

******

¡Pero gracias a Dios estaba equivocada! ¡Finalmente sucedió lo que Tomás y yo tanto habíamos esperado! ¡Cuánto habíamos rezado por eso!  ¡Se rompió el hechizo!  ¡Fue Tomás quien salió de esa laguna!  ¡Ya  no era más un niño! ¡El pañuelo y las aguas encantadas de la Papacocha me lo devolvieron!

***

De inmediato la mujer corrió a envolverlo con la manta que recogió del suelo.

***

Estaba desnudo, tiritaba, lo abrigué  con todo mi cariño.

***

El niño ya no estaba. Un hombre de mediana estatura, de unos cincuenta años, agotado y jadeante, tomó su lugar. La mujer cambió su mirada. ¡Cómo le resplandecía el rostro! Él, la estrechó entre sus brazos mientras ella sonreía.

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Me abrazó con fuerza. El tiempo por fin había transcurrido para los dos. Estábamos felices.

 

***

Permanecieron en silencio, lloraron juntos.

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Había recuperado a mi Tomás. 

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¡Creí que me había vuelto loco! ¡No podía haber sucedido todo eso! Quise escaparme, ir en busca del niño. ¿Dónde estaba ese pequeño? Tenía la esperanza de no haberlo ahogado. Empecé a escabullirme cuando la mujer, con una voz muy dulce, me pidió que no me fuera.  Me acerqué a ella.  Extendía mi pañuelo. El pañuelo de mi abuelo.

***

Le agradecí. Le devolví su pañuelo.

***

Lo tomé de su mano. –¿Qué ha pasado?– le reclamé que me explique. –¿Dónde está el niño? ¿Quiénes son ustedes?–. El hombre me agradeció por haberlo salvado.  Algo repuesto, pero con la respiración todavía entrecortada, me empezó a hablar de los duendes de Yauyos. Me dijo que algunos de ellos, tristes y solitarios, se presentaban en el pueblo convertidos en hombres altos, fuertes, blancos y rubios y se robaban a las mujeres tomándolas por esposas y haciéndolas vivir en el fondo de las lagunas. Me contó que hace muchísimos años, un duende se enamoró de su esposa y para quedarse con ella, lo transformó eternamente en un niño. Quería  abandonarlo en el bosque y llevarse a su mujer.Todo el pueblo supo lo ocurrido y el abuelo Samuel, fue el único que se atrevió a ir a rescatarlos. El abuelo encontró a la mujer y al pequeño en El Bosque del Amor. Se decía que el agua de la Papacocha hacía recuperar su forma a quienes habían sufrido de los poderes de los duendes. Sin embargo esa vez no fue suficiente. El abuelo les dio su caballo para que huyeran a esconderse mientras él partía en busca del duende. Les prometió que traería lo que hacía falta para poder romper el encanto. La mujer y el niño cabalgaron temerosos durante horas hasta que el pobre animal, extenuado, se detuvo. Conociendo de los terribles poderes del duende, no confiaron que el abuelo fuera capaz de cumplir con su promesa. Por eso vivieron lejos de Yauyos,  con miedo a que el duende los descubra y se lleve a la mujer. Años después, cuando por fin tuvieron el valor de regresar, fue demasiado tarde. Se enteraron de que el abuelo había muerto. Nadie supo si pudo capturar al duende, pero les contaron que ya de viejo, el abuelo Samuel hablaba de un pañuelo con poderes mágicos que dándole tres golpes en el aire, el duende hacía y deshacía sus hechizos. Con la muerte del abuelo perdieron la esperanza de que aparezca ese pañuelo y que el hombre, alguna vez, dejara de ser un niño.

***

Tratamos de explicarle lo que había pasado. Estaba impresionado. No respondió ni cuando le preguntamos su nombre. Nos escuchó con atención y se fue sin despedirse. Dijo que debía encontrar al niño. Que no podía haberlo matado. Tomás y yo no supimos qué hacer. Quisimos ayudar al muchacho pero estábamos seguros que el duende estaba cerca y pensamos que si veía a Tomás convertido en un hombre, trataría de atraparnos, sospecharía que teníamos su pañuelo. Asustados, decidimos huir una vez más de Yauyos.

***

Hasta ese día, el día que le sequé las lágrimas a la mujer de blanco, el pañuelo se había convertido en sólo una leyenda más del pueblo. En Yauyos no se ha vuelto a saber de ella, tampoco del niño. Muchos me acusan de la desaparición de ambos. Nadie cree que exista ese hombre a quien yo juro que vi salir de la laguna.

Desesperado, me fui a Vilca a conversar con el cura. Él fue quien me dijo que en Cañete, encontraría a un hombre que se hace llamar El Gringo. Que viniera a buscarlo. Por eso señor, he llegado hasta aquí, donde usted, y le ruego que me diga dónde está ese niño. ¿Pero por qué me mira así? ¿Qué tiene señor? ¿Por qué se me acerca? ¿Qué quiere? ¿El pañuelo? ¡No me obligue a dárselo! ¡Por favor, no me lo quite!  El pañuelo ¡no!

***

Se lo pido, padre. Usted puede ayudarnos. Ha pasado mucho tiempo. Tomás y yo no merecemos vivir escondidos. Queremos aclarar en el pueblo que ese joven no es un asesino. Debemos hablar con el nieto de don Samuel Alcalá. Agradecerle lo que hizo por nosotros. Decirle que no se preocupe, que él no mató a nadie. Necesitamos advertirle que mientras cuide bien de ese pañuelo, el duende no podrá hacer ningún hechizo. ¡El pañuelo! ¿Pero padre, qué hace usted con el pañuelo? ¿Cómo lo consiguió? ¡No puede ser! ¡Tomás! Otra vez ¡no!  El pañuelo ¡no!


salto avila¡Vamos a hacer rafting! —nos animó Mónica.

Por nuestras caras, seguro se dio cuenta que no teníamos idea de lo que nos proponía y como era de esperar, nos explicó lo que le convino.

—¡Es buenísimo! ¡Les va a encantar Barinas! Está a siete horas en auto desde Caracas. Saldremos el sábado al amanecer. ¡Remaremos en zódiacs rojos por el río! Es muy seguro. Además el resort es precioso. Yo me encargo de las reservas —nada la detuvo.

Fuimos cinco los convencidos.

—¡Las aguas están demasiado revueltas! Vienen cargadas de troncos, rocas y barro. No podremos zarpar hoy —nos esperó con la mala noticia Jairo, el dueño del hotel.

—Los llevaré a su dormitorio —le dijo a nuestro grupo y a seis personas que no conocíamos.

—¿Dónde están nuestras habitaciones? —le pregunté a Mónica al dirigirnos a una vieja construcción de madera rodeada de vegetación.

Diez camas camarotes. Las mismas cuatro paredes para todos. Un baño.

¡Mónica!

Nos acomodamos como pudimos.

—¡A levantarse! —nos despertó Jairo —¡Los botes nos esperan!—

Abrí los ojos y descubrí, bien instalada en mi almohada, peluda y de patas largas, a una araña que me observaba. De más está describir mi grito en estas líneas.

Una embarcación estaría dirigida por el propio Jairo. La otra, por Andrew, un muchacho australiano, cuya visible fortaleza física y nuestro aguerrido instinto de supervivencia, nos impulsó a elegir como guía.

Repartieron remos, cascos y chalecos salvavidas. Nos explicaron las partes del bote y algunas reglas imprescindibles de navegación. Practicamos los movimientos en equipo. —¡Agárrense fuerte! — ordenó nuestro capitán y empujó de espaldas al agua a Bernardo, entusiasta miembro de nuestro grupo. ¡Estabas mal sujetado! —le dijo al pobre mientras por frío o miedo, salió tiritando y sin encontrar sus anteojos.

Aferrados tanto como es posible a una balsa de jebe, partimos.

No sé si fue la energía de las aguas o la nuestra, la que nos hizo deslizar con furia. Esquivamos rocas, árboles, ramas. Nos sentimos héroes, libres. Caímos por cascadas cargadas de barro. Nos sumergimos con los zódiacs para salir a flote empapados, invencibles. —¡Auxilio! —se oyó un grito. Al ver la balsa de Jairo volcada, el australiano se puso de pie en pleno tumbo. Con una soga en la mano, se lanzó al río. El caudal arrastraba a los miembros del otro grupo. Uno a uno fuimos por ellos. Los alcanzamos. Tiramos de sus brazos y chalecos. Con miedo y exhaustos los metimos en nuestro bote mientras con la cuerda y mucha firmeza, el australiano volteó la embarcación accidentada. Los ayudamos a volver a su zódiac. De un salto, nuestro capitán retomó su puesto como si nada hubiera pasado.

Una vez más, seguimos el cauce del río.

Esquivamos todo lo que se atravesó a nuestro paso.

—¡A la derecha! — ordenó Andrew y nos obligó a detener.

Por fin un descansito, pensé.

Bajamos del bote.

—¿Y ahora qué? —le pregunté a Mónica de la forma más educada posible.

En fila india, nos hicieron trepar una roca que alcanzaba un árbol cuyas ramas se extendían sobre las aguas histéricas del rio. —¡Que salte el primero! —dispuso nuestro capitán— ¡Déjense llevar por la corriente! ¡Yo los sujetaré con la cuerda! ¡No se preocupen!

Debo confesar que en situaciones como ésta, mi afán de preservación suele confundirse con la vulgar cobardía. Poco a poco mis compañeros de aventura, se dejaron caer al río. ¡Qué ganas tuve de darle a Mónica un empujoncito! Como para que coja viada, digamos. Nada agresivo. Pero yo, como siempre amable, me contuve. En un exceso de bondad, cedí mi turno para el salto a los miembros de los dos grupos. Varias veces.

— ¡Vamos ya tírate Rossana! ¡No seas miedosa! —me insistieron apurados para poder reiniciar el viaje. Yo (precavida), a más de cinco metros de altura y con el temor de encontrarme con un tronco sumergido que me partiera las piernas y el alma, me lancé de cara. Y así fue como, con el rostro ardiente y adormecido, me dejé conducir por esas aguas.

—¡Agarra la cuerda! ¡No la sueltes!— escuché que me decían.

Me aferré como pude a ella. Ayudada por mis compañeros me trepé al bote. Por dolor y bochorno sentí mi cara colorada. ¡Es el reflejo del zódiac! —me excusé.

—¡No seas pretenciosa Rossana! ¡Coge tu remo! ¡Dale con todo! —acaté la orden sin tener tiempo para un suspiro.

bote—¿Les gustó? ¡Ahora el helicóptero! ¡Todos a popa!—nos empujó Andrew hacia la parte de atrás del bote. Nos detuvimos. Tomó de nuevo la bendita cuerda y con ella empezó a hacerlo girar con nosotros dentro. Por simples reglas de equilibrio y de gravedad (pues la cosa se puso grave), un extremo de la embarcación se levantó de golpe. En el otro, quedamos nosotros, inocentes tripulantes buscando un helicóptero en el cielo. Y es en esos menesteres que el navío transformado en hélice, empezó a hundirse, claro está, nosotros dentro.

-¡Todos a bordo!—nos conminó Andrew— ¡Son las tres de la tarde! ¡Abrirán las compuertas de la represa! ¡Debemos avanzar un kilómetro antes que la corriente suba y nos arrase!

Remamos tan, pero tan de prisa, que no recuerdo el trayecto a Caracas. Aún sospecho que lo hicimos navegando.

A Mónica, nuestra querida Mónica, no la hemos visto desde aquel día. Quizás se quedó en el resort de Barinas siguiéndole la cuerda a Andrew y su zódiac rojo. Se lo merece.

Caracas, julio 2006


De quererlo, pocos lo hacen, porque aunque alegre y generoso, de ojos grises casi amables, Juan, el de las cejas pobladas, tiene muy mal carácter, lo que ahuyenta a sus amigos y hasta algunos animales que sin saber qué les espera, se le acercan a olfatearlo. Con casi un metro noventa, cabello rubio, ensortijado y dócil, piel canela por el Sol, su cómplice, deportista y entusiasta, se hace a veces llamar “don”. Pero esas poses que derrama y que ¡ay!, lo hacen tan petulante, al extremo del ridículo, aleja a tantas mujeres y hasta a ciertos hombres incautos. Y a pesar de esa sonrisa, tan suya, tan fresca, tan blanca, y del buen vestir del que yo admito, con justa razón se jacta, sigue estando soltero y ya bordea los cincuenta (claro está, él lo rechaza). Afirma que la soledad no es importante, ¡qué va! Que está feliz con su dinero, se ufana. Se considera un gran jurista y político de renombre, aunque quiso ser congresista y no le alcanzaron los votos.

Seguirá intentándolo, seguirá, pues para eso, el bueno de Juan, tiene a su madre, ahhh, su madre, quien ciega de amor lo apoya en sus más “precoces” proyectos. Lo banca, lo alaba, lo arrulla, le cocina dulces potajes para que crezca sano y muy fuerte, y le cubre con absoluto descaro su vergonzoso origen, su turbio pasado, ese del que poco se sabe y yo les juro también ignoro.

Dicen que como él, no hay muchos. ¡Qué va!

¿Y como ella?

(Tarea para el curso de narrativa dictado por Enrique Planas: la creación de un personaje)

Octubre 2,012


Algo que me encanta de Caracas, son sus montañas.

Al salir de la casa o la oficina, temprano en la mañana o al terminar la tarde, unos cuantos minutos y unas buenas zapatillas, son suficientes para sumergirse en el mundo vegetal.

Buen estado físico y diversión, todo al alcance de los pies.

El sábado pasado, unos amigos de la oficina y yo, quisimos alcanzar el Pico Occidental. Para ello, debíamos subir mil cuatrocientos ochenta metros desde Sabas Nieves, uno de los puntos de acceso al Parque Nacional El Ávila.

Y allí estábamos parados, a las seis y media de la mañana, siete entusiastas cuarentones (algunos más recargaditos), vestidos de botines y pantalones cortos, casacas, relojes con funciones desconocidas por nosotros, cámaras digitales, celulares y sabe Dios qué más. Llevábamos mochilas, bastones para escalar, agua, bocadillos energéticos y angelicales sonrisas. Unos perfectos exploradores bajo nuestras gorritas. Bueno, no tan perfectos, pues la guía era yo. ¡Peligro! ¡Peligro! Pero eso, recién hoy lo vengo a confesar.

Avanzamos felices. Conversamos mucho al principio y lo imprescindible después. Es que se va gastando el aliento. Lógico. Pasamos calor, frio, hambre, sed, injusticias, nos abrigamos, sudamos. Nos detuvimos para tomar fotos, ver la ciudad, comer, beber, pero nunca, jamás, para descansar. Tres horas y media cuesta arriba. Seis kilómetros de ardua caminata, amparados por la sombra de los árboles, de nuestros bastones y de los recuerdos de mi memoria para encontrar la cúspide. Y lo hicimos.

A la derecha vimos el mar. Lejano. Azul. Silencioso.

A la izquierda, Caracas. Ciudad inquieta que parecía dormida.

Relajados, sentados sobre enormes piedras, por algunos minutos nos imaginamos el banquete que nos daríamos en Galipán. Pastas, carnes, quesos, buenos vinos. Se haría justicia al llegar. Pero antes, nos esperaban subidas y bajadas por lo alto de las montañas. —¡Vamos! ¡Debemos seguir! ¡El resto del camino es pan comido! —animé a mis amigos a levantarse, mientras con la mirada buscaba el tanque de agua donde debíamos doblar a la derecha y empezar el descenso.

La noche anterior había sido de tormenta. Sospecho que las lluvias alteraron la trocha. Tuvimos que atravesar zanjas de barro y subir rocas que nunca había visto. —¡Es por acá!— señalé el rumbo con mis bastones azules e inmutable actitud. Más de una vez había hecho esa ruta. Bueno, quizás no exactamente “esa” ruta.

—¿Estás segura?—me preguntó Mónica ya obstinada, a quien acababa de despegársele la suela de una bota. —Nada de estrenar zapatos —habíamos advertido para evitar ampollas. Ella exageró. Se la tuvimos que amarrar con una pita.

Continuamos algunos metros, hasta que para mi sorpresa, en medio de la vegetación, apareció el anhelado tanque. ¡Qué alivio! Doblamos. El sendero se angostó. Bastante. La tierra estaba húmeda. Fangosa. Mis amigos empezaron a lamentarse. Mucho. El cansancio, hambre, dolor del cuerpo, se empezó a sentir en los reclamos. Lamentos.

—¿Pero a qué hora llegamos? —se quejó Bernardo.

—Mira hacia abajo—me sugirió Luis y me señaló el despeñadero— ¿Por dónde nos traes, mujer? Imagínate si nos resbalamos—.

—No exageres. No pasa nada. Te agarras fuerte de las ramas y listo— lo calmé sobrada sin volver el rostro para evitar el vértigo.

Una de la tarde. El sol empezó a brillar, a calentarnos. Los girasoles pintaban las montañas y perfumaban la brisa que nos acariciaba el cuerpo. Pequeñas casas azules decoraban los cerros. Viejas pistas de cemento se escondían entre los árboles. —¡Ay no!— fue el grito que anunció mi debacle en medio de aquel paraíso. Mi bastón se hundió y juntos partimos hacia abajo. Rodé con fuerza sin saber a dónde iría a parar ni cuándo pararía. Me impulsaba la forma curva de mi mochila. Cogí las hierbas que atravesaba. Las matas se rompían entre mis manos. Una y otra vez se hacían trizas. Me cortaban los dedos. Se me metían en los ojos, la boca. —¡Miércoles! ¡Miércoles! —fue la única palabra que repetidas veces, con injustificado respeto e inesperado ritmo, brotó de mi alma. Finalmente quedé tirada a cuatro metros de un camino de asfalto. Mi gorra por allí. Mis anteojos más allá. Pero a mi orgullo ¡ay, mi orgullo! no pude encontrarlo. Varios rasponazos. Muchos golpes.

—¿Pero que te pasó, Rossana? De pronto ya no estabas. Escuché unos gritos entrecortados y vi aparecer de vez en cuando unas piernecitas entre los arbustos. ¿Es que no te sujetaste de las hierbas? —me preguntó Luis una hora más tarde, haciendo justicia en Galipán.

El resto, fue pan comido.

Escrito por Rossana Sala, en febrero de 2006, todavía sumergida entre la vegetación y algo de barro.


 —¡Dale un golpe al timón para que se suelte, mami!— Miré a mi hijo sin decir palabra, mientras las últimas gotas de sudor y lluvia se esparcían por mi rostro.

Con una pareja de amigos decidimos ir a Chichiriviche. Nos hospedaríamos en una posada ubicada a cuatro horas al oeste de Caracas para disfrutar de tres días de playa.

Partimos un viernes temprano. Mis hijos y yo íbamos en mi camioneta. Unos kilómetros más adelante avanzaban mis amigos.

Después de tres horas y media, al llegar al pueblo de Tucacas—y el nombre no es invento mío— nos cayó encima una lluvia torrencial,  de esas que vienen, joden, joden y se van, para dejar el cielo azul y permitirle al sol brillar. Pero antes que el sol nos ilumine —en pleno jode que te jode para ser exacta— algo le pasó al volante de la camioneta. Me asuste al sentirlo trabado. En plena curva tuve que girarlo con dificultad. Cualquier maniobra era complicada. Y llovía y llovía. Bajarse del auto hubiera sido un absurdo.  Y llovía y llovía.

Una hora después llegamos a la posada.

 Mi amigo, ingeniero al fin, me atiborró con explicaciones técnicas sobre el termostato, el sistema de cómputo, los programas internos y otros disparates. No le entendí nada. Activé y desactivé el sistema de cuatro por cuatro como dieciséis veces. Llamé por teléfono al taller en Caracas. Que revise la faja. Que lo apague y lo encienda. Nada. —¡Dale un golpe al timón para que se suelte!— insistió  mi hijo de once  años.

—Disfruta tu playa chama y el lunes, tráeme el carro al taller. El domingo maneja despacio de regreso ¡vale! Por ahora no hay nada que hacer —fue la sugerencia final de los expertos.

Pasamos lindos días, hasta que llegó el momento de  regresar. Mejor temprano en la mañana para evitar más contratiempos.

A eso de las nueve partimos. Mis amigos lo harían un rato después para apoyarnos en caso de emergencia.

Cielo despejado. Diez minutos.  Un golpe seco. Sentí que algo rodaba debajo de la camioneta. Miré por el espejo retrovisor. Tirado en la autopista: ¡Un perro! ¡Lo atropellé! ¡Era peligroso parar a ayudarlo en una carretera descampada!

—¿Qué fue ese ruido, mami? ¡Mataste  a un perro! ¡Lo mataste!—me recriminó mi hijo.

—¡Por favor para! ¡Pobrecito! ¡Para! —me suplicó mi hija.

—¡No miren atrás! —les ordené— ¡Fue un accidente! ¡Se cruzó de un momento a otro!

Nada que hacer.

Llegamos al grifo a poner gasolina y comprar algunos refrescos. Mis hijos por fin dejaron de llorar. Mis manos temblaban. Tenía la imagen del perro. Grande. Parecía un pastor alemán.  Alcancé a ver que era marrón pero no había sangre.  Parecía dormido.

Al salir de la estación de servicio, retrocedí con cuidado. ¡No podía creerlo! El timón giró sin trabas, era una seda.

—¡Se arregló el auto! —les avisé a mis hijos. 

—¿Ves que te dije que le des un golpe, ma?

Llamé por el celular a mi amigo.

—Debe ser la memoria que activó el microchip de emergencia de la camioneta —me dijo. 

—Ah ya, gracias —le contesté, sin querer saber más. 

Durante el camino a Caracas el tacómetro empezó a acelerar y a marcar cero sin ningún sentido. Es difícil manejar sin saber a cuánto va uno, pero sospecho que iba bastante lento. El fundamento de esta conclusión, se basa en las señas lanzadas por ciertos conductores, las que por respeto a mis hijos preferí dejar hacer y dejar pasar.

Informe del taller:

Ocurrencia: La señora conducía un rústico en medio de un palo de agua, cuando se le trabó el volante. Luego atropelló a un perro (grande) y se destrabó el volante. 

Trabajo realizado: Se reparó el cable del velocímetro encontrado suelto debajo de la carrocería”.

Han transcurrido varios días desde el incidente. Mi amigo insiste en que fue el circuito integrado de la camioneta el que se activó. Yo, por mi parte, tengo la esperanza que el pobre animal se recuperó del impacto y se fue.

Después de todo, mi hijo tenía razón.

Es triste, pero podría decirse que se trató de un golpe de suerte.

Escrito en Caracas, en noviembre del año 2005.


Decidí que mi vida debía cambiar. Virar sin volcarme en el intento.

Entusiasmada, me había inscrito en el Maratón de Berlín. Después de casi nueve años en Venezuela, prepararme para dejar el trabajo y el país, no era sencillo. No tuve fuerzas para entrenar. Preferí no viajar a Alemania.

A pesar de no haber participado en el maratón, hoy martes mientras escribo estas líneas, lanzo quejumbrosos suspiros, pues confieso que me duelen las piernas y el resto de  mi humanidad, también. Mis restos.

Sospecho que debí haber entrenado para sobrellevar con decoro lo que ahora les vengo a narrar:

Sábado seis de la mañana: La partida

Comencé a desocupar el  departamento donde vivía para entregarlo a sus nuevos propietarios.

Doscientos dos metros cuadrados de caos.

Separé las cosas: regalar, vender, basura, Lima, Texas.

Maletas, bolsas, maletines, documentos,  dibujos, recuerdos, recuerdos, recuerdos…de vez en cuando un trago de agua para dejar pasar todo esto. Por fin, vinieron a llevarse los últimos muebles que había vendido hace más de tres semanas. Mañana voy, no se preocupe, si Dios quiere -me decían. Dios no quería, hasta que por fin quiso. El comprador en jefe y sus marabuntas anónimas subieron a mi departamento.  ¿Señora, me regala este recuerdito? -me preguntaron.  ¡Querían llevarse los cuadros! ¡Las sillas!   ¿Recuerditos de qué?

Bajaron los muebles al depósito. No podían llevárselos ya que se olvidaron del camión –así me dijeron antes de anunciar que volverían al día siguiente, si Dios quiere. Tomé más agua.  Una a una, metía las maletas recién empacadas en el ascensor mientras éste me golpeaba cerrándose entre maleta y maleta, como queriéndome anunciar algo. No hice caso. Las llevé a guardar a la casa de una amiga para llevarlas  al viajar a Texas.

Cargué maletas, alfombras,  junté bolsas y papeles, tiré recuerdos al vacío. Vacío. Vacío. Vacío. Separé documentos y resguardé el dinero de los tentáculos de las marabuntas que habían escrutado esa mañana mi otrora dulce hogar.

A las diez y treinta de la noche el departamento seguía repleto. Repantigada en el suelo,  descubrí  a mi alrededor una confusión de objetos y recuerdos que me envolvían la vida, me asfixiaban. ¿Qué estaba haciendo?  ¿Debía continuar? ¡Agua! Recordé Paris,  el maratón, ese momento en las carreras  en el que nos decimos “¿Qué hago acá? ¡No quiero más!” Y así me sentía yo entre paredes, techos, pisos, puertas, ventanas, maletas. ¡Aire! ¡Agua! ¡Basta!

Domingo. Siete de la mañana.

Vinieron las marabuntas  inescrupulosas y rapaces a llevarse los muebles del depósito no sin antes intentar subir por recuerditos.

Al día siguiente debía entregar el departamento pero la basura y los papeles seguían apareciendo por todas partes. Aunque le había pedido a la señora de servicio que me ayude, no quiso. No puedo –me respondió oronda-  yo descanso el fin de semana. Ni le interesó la paga.

Agotada y despeinada, desaliñada también estoy segura, empujé como pude una vieja carretilla para dejar  basura cerca al edificio, en el lugar indicado para escombros. En mi segundo viaje, recibí ayuda de un pordiosero  zarrapastroso que recogía las cosas de mi primera descarga. Bajó amablemente mis cajas para poderlas revisar antes que lleguen sus colegas. Comenzó a hacerme preguntas temiendo quizás que le haría competencia en el barrio,  por lo que decidí no volver más.

Diez de la noche. El departamento estaba vacío, casi limpio.  Dispuesta a ir por fin a descansar a la casa de mi amiga, tomé mi cartera, pero  el archivo con el dinero de las ventas, no estaba. ¡Auxilio, no estaba!

Lunes. Ocho de la mañana.

Tan pronto abrí un ojo fui a mi departamento con la esperanza de encontrar el dinero. Inocente, pedí al guardián del edificio que busque al final del ducto de basura. No tenía el teléfono del gentil investigador de escombros ni de sus colegas.  Nada. Nada. Nada.

A las once debía entregar el departamento, pero antes firmar el contrato en la notaría.

Regresé a buscar el dinero en la casa de mi amiga. Allí, en el depósito, refundido  en un maletín debajo de los libros, ¡estaba mi tesoro!

Llamé  a la tramitadora.  ¿Todo en orden para la firma? – le  pregunté incauta. Devolvieron el contrato porque falta una letra -me dijo sin que pareciera importarle.

Imprimí otro contrato. Lo llevé a la notaría. Puede  venir a las doce a firmar -me dijeron ante mi mirada de pollo degollado.

Doce y treinta. Firmado. La meta.

Fui  al  departamento con la nueva ocupante para entregarle las llaves y verificar que todo esté en orden. Solo quedaba el eco de lo vivido.

Martes.

Me duelen las piernas. Salí a trotar esta mañana para estirar, relajarme.

Ahora, solo me queda entrenar  para mi siguiente maratón: mi segunda boda. ¿Llegaré a la partida? ¿Llegaré a la meta?  ¡Agua!


Look at yourself fixedly in the mirror! Concentrate! Recognize your face! And there I was, just after half past six in the morning, staring at myself.

Several months ago, because of a terrible pain in my back and legs, I stopped jogging. I started indoor cycling (spinning) without any major problems. So, I became a desperate but happy hamster pedaling to the rhythm of my music without going forward. Everything was nice and well, but one day, my back pain came back accompanied by a shoulder discomfort. X-rays, CT scans, ultrasounds, medicine and sixteen sessions of physiotherapy, were not good enough. The beginning of a lumbar hernia was causing me a terrible twinge. The shoulder problem came from a slight “bulge” of my spine, the doctor said. Thus, I was sure I was being attacked by “The Age”, and cowardly from my back.

Look at yourself fixedly in the mirror! Recognize your face! Bring  your elbows forward and away from your chest!  What? Up! Ohhhh! Exhale the air vigorously making the “haaaaa” noise.  Haaaaa went the girl at my side. Haaaaa, the perfect body of another student.  As a wise Japanese, discreet and in absolute silence, I decided it was safer to look out from the corner of my eyes. The teacher was the only one with the right to speak and did it giving us firm instructions in Spanish and in another language that I could not understand. There was no music. The temperature was getting hotter every minute. We will practice twenty-six postures, each one twice! Full lungs, until you feel dizzy! What?

We stretched toward all angles of our joints, we bent, bowed down, stood up, sat in imaginary and uncomfortable chairs, knelt down, rolled up and unrolled. Can I have some water? Not yet!  Breath!  Stretch your body down as a ham sandwich until you feel a small heart attack. What? A hard attack? Dandayamana, Tuladandasana. Right leg lift up and stretch forward. Kick harder!  Do not bend yourself like a rabbit, Rossana! Chin up! Open your eyes!  Trikanasana. Padangustasana. Savasana. What? Turn your mat and lie down on your back. Dead body pose. Water. Ahhhh!

That was the warming up exercise. Now the class begins.  Uhh?  Nobody leaves until we finish!  Ninety minutes of pain worth ninety years of health. Relax your face, Rossana!  Don´t worry. If you get dizzy, it means that you are doing the exercises well. What?  Right ear on your mat. Palms facing up. Arms on the towel. Happy face. Don´t let anyone ever steal your smiles. (And what about my water,  uhh?)

The letters of my name written on my floppy mat began to spread, to evaporate, and with them my body and my soul. Cobra Pose. Don´t blink, Rossana! (And what about all the salty sweat coming into my eyes and ears, uhh?)

Between balances and imbalances, Half Tortoise and completely tortured poses, we continued the different positions. Ustrasana, Sasangasana, and other sane, insane and rossane poses, that I prefer not to describe for fear of sullying my diluted honor and wetting, with the sweat of my brow, the letters of the keyboard which I am using to write these hot lines.

It has been more than half an hour since the end of the class and I’m still burning. Haaaaaa! Breath of Fire.

For a few days, I let my writing rest, but not my body and my mind.

I have already had five hot yoga lessons.

Today, I know that the teacher, obviously overestimating us, sometimes speaks in an old Indian language: Sanskrit. I have also learned that the one hundred and ten Fahrenheit  degrees of the Bikram Yoga room (“Hot Yoga”  as they call it to make it more tempting), have therapeutic purposes.

I can tell you, that after my second class, I slyly turned my mat, as I had read, that inexperienced students who find an empty space near the stove, proudly and gratefully choose it smiling.  Huge mistake. That´s the reason why I took possession of a place near the door, the same one that the teacher opens occasionally to ventilate the room. Haaaaa! Moreover, with the humility that characterizes me, skillfully I developed the art of  ”shut up and be sane”.  An old technique which teaches that it is better to ask for forgiveness than for permission. So, when “water not yet!” is heard between the sweating walls, it´s  too late. The liquid has already cooled my veins and comforted most of my soul. Haaaaa!

At this point of my story, I find it important to mention that it´s not because of masochism –as I am sure you may be thinking– that I continue in these endeavors. I must say in my favor and also of Bikram Choudhury´s, the founder of the routine, that after a couple of classes, my back has improved. My legs and shoulders are also recovered. Nowadays, when I look at my exhausted face in the mirror, I concentrate on strengthening my body so that I can go back to jogging, cycling, and if it´s possible, to my entire youth. Come on Master Choudhury, don´t tell me that you forgot the wrinkles!  Concentrate, Rossana!  Meditate!  No collapsing! Don´t give up!  Forehead on the right knee! Left leg locked on the floor.  Suck your stomach in!   Elbows locked! Keep calm. There’s no rush. Next time we will practice the advanced postures.  What?

Written by Rossana Sala, still in the middle of the Awkward Pose.  Relax on your back Rossana, please!  Uhhh?

Lima, August 31, 2012.

Spanish version of  this text: ¡Girenzumat! ¿ahhh? http://rodandoentrelineas.wordpress.com/2012/08/18/girenzumat-ahhhh/


¡Mírense fijo en el espejo! ¡Reconozcan su rostro! Y allí estaba yo, pasadas las seis y media de la mañana, contemplándome.

Debido al dolor de espalda y piernas, hace varios meses dejé de trotar. Sin hacerme rollos (y para evitarlos) me dediqué al spinning. Volví así a mi época de hámster desesperado pero feliz, pedaleando sin avanzar, al ritmo de la música (1). Me fue bien, hasta que un día me regresó el fastidio a la espalda acompañado por el del hombro. Radiografías, tomografías, ecografías, medicinas y diez y seis fisioterapias, no fueron suficientes. Un principio de hernia me causaba una punzada lumbar. El malestar del hombro, provenía de un leve “abombamiento” de la columna, según me dijo el doctor. Claro, de allí que toda esta situación me empezara a oler tan mal.

¡Mírense fijo en el espejo! ¡Reconozcan su rostro! ¡Los brazos rectos estirados hacia  adelante a la altura de los hombros! ¿Ahhh? Más abajo. ¡No tan abajo! ¡Ahhhh! Expulsen con fuerza el aire haciendo el ruido de “jaaaaa”. Jaaaaaaa hacía la chica de al lado. Jaaaaa el cuerpo perfecto de otro alumno. Yo, prudente y en absoluto silencio, los observaba de reojo. Nadie conversaba. La profesora era la única con derecho a hablar y lo hacía dándonos indicaciones en español y en un idioma que yo no llegaba a entender. No había música. La temperatura aumentaba. ¡Repitamos el ejercicio! ¡Son veintiséis posiciones que vamos a practicar dos veces cada una!

Nos estiramos hacia todos los ángulos de nuestras articulaciones, nos agachamos, inclinamos, empinamos, nos sentamos en incómodas sillas imaginarias, nos arrodillamos, enrollamos y desenrollamos. ¿Puedo tomar agua? ¡No es el momento! Posición del águila. Peguen su cuerpo como un sándwich de jamón japonés hasta sentir un pequeño infarto al corazón. Ese pequeño infarto los va a proteger de un gran infarto. ¿Ahhh? Dandayamana; Tuladandasana. Levanten el pie derecho. ¡Pateen! La mano al espejo. ¡Que toque el espejo!  El mentón al pecho. ¡Rossana! ¡No te agaches como un conejo! ¡Levanta la cabeza! ¿Ahhh? ¡El mentón al techo! ¡Ahhhh!  ¡Sigue! Trikanasana.  Padangustasana. ¿Ahhh? Girenzumat. ¿Ahhh? ¡Gira tu mat! ¡Que gires tu esterilla y te eches, Rossana! ¡Ahhhh!  Savasana. Posición del cadáver. Ya pueden tomar agua. ¡Ahhhh!

Terminó el calentamiento.  Empecemos la clase. ¿Ahhh? ¡Nadie sale hasta acabar! Son solo noventa minutos de dolor que equivalen a noventa años de salud.  Si se marean,  es que lo están haciendo bien. ¡Todos boca abajo! Oreja derecha sobre el mat. Palmas de las manos hacia arriba. Brazos a los lados. Sean felices. Que nadie les robe nunca la sonrisa del rostro. ¡Todavía agua no, Rossana!

Las letras de mi nombre escritas con plumón indeleble en el mat, empezaron a esparcirse, a evaporarse y con ellas mi cuerpo y mi alma.

Posición de la media tortuga.  Entre equilibrios y desequilibrios siguieron las diferentes posturas Supta, Ardha, Ustra, todas sanas, insanas y rossanas, las que prefiero no describir por temor a mancillar mi diluida honra y a empapar, con el sudor de mi frente, las letras del teclado con el que escribo estas calientes líneas.

Ha pasado más de media hora desde que terminó la clase y me sigo consumiendo. ¡Jaaaaaa! Respiración del fuego.

Por unos días, dejé  descansar mi escrito, pero no mi cuerpo ni mi mente.

Voy por mi quinta clase de  yoga.

Hoy sé que la profesora, sobreestimándonos claro, se dirige a nosotros en una antigua lengua de la India: el sánscrito.

He aprendido también, que los cuarenta grados centígrados de la sala de Bikram Yoga (“Hot Yoga” o “Yoga Caliente”  como lo llaman  para que sea más tentador), tienen fines terapéuticos.

Les puedo decir que, a partir de la segunda clase, giré mi mat con astucia, pues leí en alguna parte, que son los alumnos novatos, quienes al encontrar un espacio vacío -cerca a las estufas- orgullosos y agradecidos los escogen  sonrientes.  Craso error. Es por eso que he tomado posesión de un lugar cercano a la puerta, la misma que de vez en cuando abren, para ventilar la habitación. ¡Haaaaa! Además,  con la humildad que me caracteriza, me he permitido desarrollar con destreza la técnica del “calla y sana”. Una vieja fórmula que enseña que es mejor pedir perdón a pedir permiso. Así que cuando el “¡Agua todavía no!”  se escucha entre el sudor de las paredes, es demasiado tarde. El líquido ya me ha enfriado las venas y reconfortado gran parte del alma. ¡Haaaaa!

Después de este relato, creo importante mencionar que no es por masoquismo -como seguro estarán pensando- que sigo en estos afanes. Debo decir a mi favor y también de Bikram Choudhury, el creador de la rutina, que luego de un par de clases ha mejorado mi espalda. Mis piernas y hombros también se recuperan. Por eso ahora, al mirar mi exhausto rostro al espejo, me concentro en fortalecer mi cuerpo para volver a trotar, a montar bicicleta y, si fuera posible, recobrar mi juventud completa. ¡Vamos Bikram Choudhury, no me digas que no pensaste en eso! ¿Qué hay con las arrugas? ¡No jodas! ¡No te distraigas, Rossana! ¡Los ojos abiertos! ¡La cabeza sobre la pierna derecha levantada! Pierna izquierda bloqueada en el piso. ¡Metan el mentón! ¡Contraigan la barriga! ¡Los brazos sobre las orejas! ¡Bloqueen los codos! ¡La espalda recta! Poco a poco. No hay apuro. Otro día haremos los movimientos avanzados.  ¿Ahhhh?

Escrito  por Rossana Sala, en plena posición de  langosta completa. ¡Jaaaaaa!

Lima, 18 de agosto de 2012.(versión en inglés de este texto en: http://rodandoentrelineas.wordpress.com/2012/09/03/the-back-attacks-back-english-version-of-girenzumat-ahhh/

(1) Algo que escribí sobre mi época de hámster..http://rodandoentrelineas.wordpress.com/2010/04/15/corriente-hamsteriana/

(2) Otra actividad deportiva en la que he incursionado…la Zumba…http://rodandoentrelineas.wordpress.com/2009/06/11/zumba-que-zumba/


clip_image001Este cuento a mí me sabe,

a historias, guisos, poemas.

Ochocientas sonrisas,

varias carcajadas,

una pizca de sol,

algunas gotas de lluvia

con pasión espolvoreadas.

¡Pero hay un niño  allí escondido,

entre suspiros y salsas!

Dice que no le gustan las leyes,

pero le encantan las causas.

Este asunto a mí me huele,

a canela, metáforas, prosas.

Se mezclan, se escriben, se amasan,

se ciernen con dulce cariño,

se funden con voces muy frescas,

se cuecen ideas y vinos.

¿Qué hace el niño allí saltando,

entre lomitas y setas?

¡No quiere ser abogado!

¡Él,  inventa  recetas!

Y los demás ingredientes,

para alcanzar mil palabras,

no es necesario  detalle,

entre estas líneas escuetas.

¡Para eso está el buen gusto

y el olfato culinario!

Y es así que esta mañana,

en una olla de amor,

de esas que también son de barro,

he puesto a hornear  muchas letras,

que a cada bocado nos cuenten,

cuánto valemos y anhelamos,

¡carajo!

¡todos juntos,

los peruanos!

(Poema escrito al enterarme que el famoso chef peruano, Gastón Acurio, era miembro del jurado del concurso de cuentos de 1,000 palabras de la Revista Caretas, 2012)


—¡No te vayas, Marcela! —me advirtieron— ¡Aquí estás a salvo! ¡Lejos no lo estarás!

Pero yo, ya no era una niña. Estaba lista para empacar.

—¡No te vayas, Marcela! —me suplicaron.

Sin más, me trepé dichosa  a la bicicleta. Necesitaba rodar y rodar.

Me fui campante. Orgullosa. Abandoné trapos, recuerdos, papeles, zapatos, sonrisas, muñecas rotas. La tristeza y la alegría. Nada era importante. Sólo pensaba en marcharme en mi bicicleta. Pasear y pasear.

Crucé montañas pedaleando. Me empapé de sol. Probé de las  gotas de lluvia que refrescaban mi andar. Abrí y cerré los ojos  irresponsablemente, para poder sentir más. Disfruté el color de la algarabía, de la vida, del cambio. La vitalidad del alma. El frío a veces cariñoso y otras abrasador, también. El aire nuevo de la esperanza. Sentía el corazón como verde.

La ruta era suave, ligera. Las bajadas tenues impulsaban mis ganas de soñar. Seguí y seguí flotando, sin tropezar jamás. Ni por un instante pensé en retornar, ni con el pretexto de poder encontrar aquellas galletas, de esas de avena, que de pequeña me encantaba picotear. No quise más.

No soy más una niña. Quiero continuar.

Inventé mi rumbo. Busqué caminos. Encontré  gente. Aprehendí  sabores. Exploré el campo. Su tierra húmeda embarró mis pies. Vi a mi paso girasoles azules. Visité el mar. Probé de sus olas saladas. Olfateé la vida. Un viento helado me acarició el alma, quizás advirtiendo la aparición de tormentas. Pero no le hice caso. ¿Para qué hacerlo si estaba feliz? No quería saber nada que no fuera el hecho de ser transportada  por lugares imaginariamente  perfectos, ilusamente  perfectos, imperfectamente perfectos.

Por un tiempo me sentí dichosa. Dispuesta a seguir lo que había iniciado.

 

No soy más una niña. Voy  a escalar.

De pronto, una poderosa montaña, llena de bosques y de vida,  se me empezó a acercar. A cada instante era más grande. Invadía mis pasos. La debía enfrentar.

Protegí mis manos y el resto de mi cuerpo  con el único ropaje que me podía ayudar: mis ideas y la fuerza de mi mente. En ellos tenía que confiar.  Mantuve los ojos abiertos,  no los debía cerrar. Envuelta en un silencio expectante, marqué mi paso con sigilo,  como el de un búho  que no quiere ulular. El camino se volvió  pedregoso, empinado. Decir tortuoso no es exagerar. Malas y altas hierbas crecían y cerraban mi paso. No importaba. Tenía ganas, me sobraba fuerza. Tenía agua, espacio y mucho aire que respirar. Estaba segura que más allá vendría el claro. Que no habría más barro, ni rocas, ni puyas, ni espantos, ni grama tosca, ni frío, ni bulla, ni aguas bravas de las que escapar. Con esa bicicleta aguantaría hasta donde me diera la gana llegar.

No soy más una niña. El camino debo enfrentar.

Sentí de pronto que me empezaba a ahogar. Y el sol y el campo impecable con su aroma a huerto y mis sueños imperfectos empezaron a quedarse atrás. Y bajé y bajé con fuerza. No podía frenar. Y se opacaban las risas, se silenciaban los cuentos y se apagaban las luces, los cantos y también la felicidad. En mis huellas fueron quedando las palabras dulces, los recuerdos suaves y aquellas  galletas de avena  que ahora  empezaba  a  extrañar. Los pedales se enredaban, me pesaban, me dolían, me ajustaban. Y aquel viento amargo y la lluvia maldita, las espinas crueles, los sofocantes gritos, no los podía dominar. Y cerré los ojos, para no ver más el rumbo, para poder olvidar. Me agarré con furia al timón de la bicicleta. Todo fue en vano. La dejé escapar.

Su cuerpo quedó mustio, empezó a tiritar.

Y sentí que mis pasos me intentaban pisar.

Su mirada se puso triste y esa sonrisa, su sonrisa, ya no está.

—¡Anímate Marcela!  ¡De ésta te vas a salvar!

Y noté, sin querer, cuánto espacio había hacia arriba y que para abajo, era imposible avanzar más.

Marcela casi no es Marcela, pero debía llegar.

Y con la mente regreso y con la mente me aferro, me animo, me impulso. Me pongo de pie para volver  a mi andar.  Tomo  aire. Respiro. Pruebo algún chocolate de mis favoritos, de los que de niña solía guardar. Veo entre arbustos mi bicicleta, aquella, la misma, que hace algún tiempo, me llevó a pasear. Y la miro y lo dudo. Y la miro y me asusto. Debo ser valiente y volverla a  montar. Y me acomodo y avanzo. Veo el campo y la vida, tan apacible, sin calamidad.

Poco a poco sonríe, ya no llora, no sufre, se deja de lamentar.

Me siento tranquila, me escabullo entre flores, entre risas y cantos, vuelvo a ser Marcela de la felicidad.

Marcela ya no es una niña y lo sabe, y de reojo sonriente, mira ella hacia atrás. Cree que todo ha pasado, que lo ha podido lograr.

—¡No te vayas Marcela! ¡Despierta! ¡Respira! —le vuelven a suplicar.

Y Marcela escuchó y abrió los ojos.

Y Marcela me miró y protestó a mis letras.

—¡Por favor! ¡Déjame viva! ¡No me gusta un desenlace fatal!

Me sorprendí al oírla, al sentir su voz y le respondí en mal tono, para acabar con ella: ¡Tú no decides Marcela! ¡Este es mi cuento, yo te he creado, yo soy quien manda en tu final!

—¡Quiero seguir, déjame libre! —continuó insistiendo  con su dulce hablar—. Tú me pediste que no me vaya. Te comprendí. No me he marchado. Fui eso que tu mente quiso crear. Sé que no es fácil.  Quiero arriesgarme. Saber caerme y levantar. Yo soy Marcela, así me llamaste, el mar y el cielo sabré conquistar. Bramarán las aguas y lo harán los vientos, mas descubriré prados y alguien que amar. ¡Es mi derecho! ¡Ya no soy tuya! ¡Soy un ser nuevo, no un cuento más!

La escuché firme, la vi sonriente, con esperanza y brillo en sus ojos, esos que siempre hablaban de más.

Y le hice caso. La dejé irse.  Se fue Marcela. Volvió a rodar.


(A propósito de Marcela, ese personaje rebelde de un cuento con final feliz.)

 ¡No es solo cuestión de estilo,

a ese cuento le falta un hilo!

De la primera línea a la final,

debe existir algún canal.

La sensación de ficción se ha roto.

Sentenció Tola al leer mi escrito.

¡Mal, mal, mal!

Y siguió:

¡No puede sacar al lector,

de la fantasía en que estaba!

Además un final tan feliz

no es propio de grandes relatos.

¡Estos son garabatos!

¡Así no se piensa mujer!

Ahora corrija sus líneas.

Escriba, calle y escriba.
Fúmese un cigarrito,
que el cuento le saldrá más bonito.

Seguro se inspira y Marcela,

al final de su historia muere y vuela.

¡Mal, mal, mal!

Y me agobié:

¡Ay, Marcela, Marcela adorada,

no te vayas o repruebo este curso!

Buscaré el hilo de ese discurso.

Te ataré con él para que no huyas.

Pintaré una tragedia despiadada.

¡Morirás, pero seré aprobada!

¡Mal, mal, mal!

Y me perdí:

Pero acá es donde me confundo.

¿Cómo construir  una historia

que Tola no me reproche?

Si acaba triste, lo alegro.
Si acaba alegre, lo pongo triste.
Si la escribo en prosa, no es cuento.
Si la cuento en rima,  es un verso.
Si la onettiso me pierdo.

¡Los hilos y grandes dramas,

no solucionarán mi ruina!

¡Qué hago?

¡Eureka!

¡Encontré el hilo!

Empezó a desenrollarse al inicio del relato:

Marcela y su bicicleta,

sus ansias de libertad completa.

Consiguió lo que quería,

sin que nadie la someta.

¡La dejé ir al cortar el hilo!

¡La historia estaba completa!

¡Ay Marcela, vete otra vez,

feliz en tu bicicleta!

¡Entre la a y la zeta,

que en tus letras nadie se meta!

¡Vive Marcela!
¡Sigue tu curso!

Yo haré lo mismo en las clases con Tola.

Aunque maestro,

lo siento tanto,

me es imposible seguir su ola,

los cuentos tristes no son mi estilo,

pero haré caso, a eso del hilo.

Escrito por Rossana Sala el 30 de enero de 2012, buscando una aguja.

http://rodandoentrelineas.wordpress.com/category/2010/abril-2010/   (Letra Viva..el cuento de Marcela)


Fui a buscarte esta mañana.

Te habías ido.

“Lo hiciste una vez más” te culpé consternada mientras sentí que mis pies se hundían en el agua espumosa, salada y  triste del mar. Mientras  la arena suave y blanca intentaba consolar mis pasos y el sol tomaba fuerza para apartar a esas nubes pesadas y  tercas que le impedían darme su calor para sanar.

“No te encuentro.  ¿Dónde estás?” 

Empecé a sentir las olas. Su ronquido constante al acariciar la orilla, recogía recuerdos y los llevaba al fondo, donde dicen que es en vano intentar llegar. Traía rocas, erizos,  conchas, estrellas marinas, todas ajetreadas rodaban y desaparecían y se querían asomar. Comencé  a avanzar con ellas, hurgando  entre mis pasos  tus ojos morenos y esas sonrisas serenas con las que me solías amar.  

“¿Por qué no me llevas, me arrastras contigo?” le supliqué a un remolino que me empezó a abrazar. “¡Quiero irme! ¡Llévame lejos! Mis lágrimas caen. Me cansé de llorar. ¡Él se ha ido y lo quiero a mi lado!”

“¡Sumérgete! ¡Acompáñame!” bramó una inmensa ola, muy diferente a las demás. Era imponente. De aspecto tan turbio. Lucía furiosa. Me apartó de la tierra. Me envolvió sin piedad. Las cargadas brumas, tan densas, oscuras, silenciaban mi vista y así la esperanza de poder volverte a tocar. Quedé acorralada. Lloraban los vientos. Silbaban soberbios, levantaban las aguas, ocultaban tus manos, esas manos tan tuyas, que fueron tan mías y no estaban más.

Cerré los ojos en busca de calma.

Recordé aquel tiempo en que vivimos juntos. Las montañas verdes. Algún arcoíris nos pintaba el cielo. Todo a tu lado era siempre sencillo. Tomaste mi mano y con ella mi vida, que hasta hace unos días no podías soltar. Esos años juntos, compartimos tanto y luego dos niños nos hicieron brillar. Crecían felices. Nos queríamos tanto. Pero un día te fuiste. Sin decir palabra. Nos dejaste solos. No te vimos más.

Y en aquella zozobra, de mi cuerpo y mi alma, pude ver a lo lejos, que a pesar de las aguas, de la arena y del viento,  habían abrazos calientes, paseos y nueces y también mucha  paz.  Veinte niños saltaban entre sombras y luces y sus tiernas sonrisas bailaban felices, tan alborotadas, gozando la playa, de aquí para allá. 

 “¡Libérenme ahora!”  le reclamé de pronto, a las cielos y mares, para que salven mi vida y poder regresar.

 Y allí estaba yo, con la barriga al aire, tendida en la playa,  tomando algo de sol, buscando descansar. Disfrutaba el domingo, una tarde cualquiera, cuando unas manitas tiernas me empezaron a acariciar y me cubrieron las sombras de dos rostros sonrientes que me miraron fijo queriéndome despertar.  Una lágrima triste se escapó de mis ojos y al verla mi hijo, la intentó secar. Pero antes que pueda, esa lágrima sabia, se fundió con las aguas, las aguas del mar. Avanzó hacia el fondo, ese fondo profundo, donde dicen que es en vano intentar llegar.

 Arrullé a mis niños, les di un abrazo eterno, de esos que nunca se deben olvidar. Y al limpiar sus caritas, tan dulces, felices, te encontré en sus miradas, te sentí una vez más. “¡Allí estabas travieso! ¡Y yo que intentaba irte a buscar!”

Los tomé de las manos, tan pequeñas, tan tibias, y entre sombras y luces  bailamos los cuatro, por la orilla del mar.