Author Archive

SWAP

Posted: 27 March, 2014 in 2005, Diciembre (SWAP) Relato

nycDespués de difíciles negociaciones, por fin habíamos cerrado la operación. Catorce días en una oficina, sin conocer la vida de Nueva York, fueron suficientes.

—Conseguí reservas en el nuevo restaurant thai de Soho. A las ocho menos cuarto nos vemos en el lobby del Hilton para salir juntos  —nos dijo Fabio, un entusiasta argentino que conocía los points de moda.

Era viernes.

Al día siguiente debíamos volver a nuestros países de origen, pero antes disfrutaríamos de esa intensa ciudad.

La decoración minimalista en blanco y negro y la música chill-out  cargada de energía, creaban la atmósfera perfecta para una linda noche.

—¿Is this your coat? —me preguntó con voz grave un muchacho alto, de pelo castaño y espesa barba. Me miró tan fijo con esos ojos verdes y traviesos que yo, con un vergonzoso inglés de escuela primaria, le respondí: “yes it is”.

Efectivamente, era mi abrigo. Minutos antes lo había dejado sobre una banca junto a la barra del restaurante.

—¿What´s your name?—siguió averiguando el gringo mientras yo lo observaba de pies a cabeza pero con recato.

El blazer azul marino, el pantalón plomo y los zapatos de gamuza gris, lo hacían ver elegante y sobrio. Tendría solo algunos años menos que yo. Su acento parecía británico. No estaba segura. Pero, de lo que no tenía dudas, era de su aroma. A madera. A hombre. Olía demasiado bien.

Nueva York se ponía interesante.

—Rossana —le respondí tímida.

—Es un lindo nombre. Soy Jeff. ¿Viniste con tu esposo? —me preguntó en perfecto español.

—No, no —lo corregí rápido—. Estoy con colegas —le dije al señalarlos—. Los tres de la derecha son abogados, igual que yo, y la de la izquierda, es ambientalista.

Mis amigos conversaban entusiasmados sin notar mi ausencia.

Yo, a mis cuarenta años, era la mayor del grupo.

—¿Y no te cansas? ¿Todo el día juntos y además salen de noche? Acompáñame  a mi mesa que estoy solo. Te prometo que la pasaremos bien.

La propuesta era tentadora, pero la rechacé de plano.

—¡No gracias! ¿Cómo voy a hacerles eso a mis amigos?

—Les preguntaré —me dijo y se les acercó.

—¿How ya goin’? My name is Jeff Davis. Soy australiano, piloto de NZ Airlines. Acabo de conocer a Rossana. ¿Podría invitarla a cenar conmigo? Ustedes siempre la ven…—les pidió haciendo sonar los hielos de su vaso de whisky.

—¿Cómo se le ocurre que me van a dejar con un desconocido? —pensé.

—¿Quierges llevargté a Rossaná? ¿Estás segurgó? ¡Ella es aburgridá! ¡Soló tgrabajá!—le advirtió Philippe, como siempre haciendo gárgaras con las palabras.

—A mí me parece divertida —insistió el piloto.

—Si eso cgreés, podrgrás llevagrtelá si nos trgaés a una chicá a cambió —dijo.

Philippe era un francés de ingenio extraordinario que usaba en los momentos más inesperados.

—Haremos una operación de Swap. Un intercambio, una permuta —precisó Camilo, el colombiano del grupo.

Todos estuvieron de acuerdo salvo Kate,  la ambientalista irlandesa, quien soltó atropelladas sílabas.

Yo, al fin y al cabo abogada, aparenté no aceptar la propuesta, así que el australiano se dio media vuelta despidiéndose con un ¡See ya later maits!

Y cumplió su promesa.

Media hora después, nos volvió a ver.

Se nos acercó escoltando a una mujer muy joven y tan alta como él.

—Les presento a Sharon —dijo.

Jamás había visto los ojos de mis amigos resplandecer de aquella forma.  Debió ser la sonrisa deslumbrante de esa rubia de curvas, vestido rojo y escote, lo que casi los obligó a babear.

Luego de cómplices miradas y de la implícita aprobación del Swap por mis colegas (menos Kate, quien  balbuceaba), el australiano se dirigió a Sharon:

Darling —le dijo—, acabo de encontrarme con mi querida amiga Rossana. No la veo hace muchísimo tiempo. Serías tan amable de quedarte con sus simpáticos compañeros mientras ceno con ella.

La cara de Philippe quedó desencajada.

Kate enmudeció.

Yo no sabía dónde esconderme.

A Sharon se le contrajo el rostro y se marchó furiosa.

—¿Dónde vas, piba?— le preguntó Fabio.

—El Swap fue un fracaso —concluyó el colombiano desesperanzado.

A mis colegas y a mí, solo nos quedó probar una mezcla de sabores dulces, picantes, agrios, amargos y salados típicos de la comida thai y de la vida nocturna neoyorquina.

Pero el piloto australiano no se rindió.

Al momento del postre, se puso de pie desde su solitaria mesa para  acercarse a la nuestra y pedir acompañarnos.

Acepté feliz. Era lo mínimo que merecía semejante caballero después de su inconmensurable esfuerzo por pasar un rato conmigo.

Tres botones abiertos de su camisa blanca dejaban ver los pelos de su pecho.

Apoyó sus rudas pero suaves manos sobre la mesa.

En su lengua natal, me describió sus aventuras atravesando el  mundo.

Después de dejarme tan atónita como mis amigos cuando apareció (y desapareció) la rubia, le conté sobre mi vida.

—¿Cuál es tu edad? ¿Tienes hijos de quince y trece años? —me interrumpió mientras acomodaba mi cartera en la silla.

En ese instante  me vi obligada a voltear la cara para buscar ayuda.

—Philippe, ¿qué hago? ¡Solo tiene veintiocho años y quiere saber mi edad!

—Miéntele o no respondas —me aconsejó sin gorjeos.

Pero cuando volví el  rostro, el piloto ya no estaba.

—Salió a fumar—me dijo Fabio—. Para mí, que te cambió  por la mina de rojo, ché. Andá, borrá esa carita triste. Salí conmigo. Vamos a bailar a un boliche —me sorprendió.

— ¿Otrgó Swap? —intervino Philippe sarcástico, cuando de pronto el piloto, mi piloto, se sentó a mi lado una vez más.

Nueva York. Diciembre del año 2005


fot —¡Síganme! —les dije a mis hermanas.

 Estábamos en Mariposilandia.

Unas cuantas horas en auto, desde Lima con dirección a las montañas, eran suficientes para llegar a un paraíso repleto de mariposas amarillas, azules y anaranjadas que revoloteaban sobre lirios y fucsias, y se escondían entre retamas.

Con hermanas de cinco y cuatro años, yo que tenía ocho, era la jefa natural del grupo.  —Háganle caso a su hermana mayor —les repetía mi papi confiando siempre en mis decisiones.

—¡Tras ellas! —les ordenaba a Lore y Chivi para empezar nuestra cacería con una delicada red. Belo, mi perro de ojos tristes, nos seguía con la lengua afuera y a punto de pisarse las orejotas con cada paso que daba.

El plan era verlas de cerca, rozarlas con las yemas de nuestros dedos y admirar el reflejo de sus colores a la luz del sol. En el colegio habíamos estudiado cómo se transforman las orugas en mariposas, pero esto era mucho mejor. Después de tenerlas prisioneras por unos minutos y en especial cuando mi papi descubría nuestra hazaña, las dejábamos libres. Belo trataba de alcanzarlas entre ladridos y sin saltar muy alto debido a sus patas cortas y pesado cuerpo.

Una tarde fue diferente.

Como siempre, nuestra vieja camioneta blanca estaba estacionada a la orilla de la carretera. Árboles de gruesos troncos  crecían a lo largo de la ruta. Podía sentirse la corriente del río empujar las rocas. El ambiente era fresco, con un delicioso aroma a tierra mojada a causa de la lluvia que minutos antes se había detenido. Las gotas de agua almacenadas en las copas de los cedros nos salpicaban de vez en cuando.

El clima era perfecto para que las mariposas salieran a disfrutarlo y deambular al suave ritmo del viento.

Mi papi preparaba en el auto los típicos sándwiches de jamón y queso que solía hacernos mi mami en los paseos.  Pero ella ya no estaba con nosotros y mi papi se esforzaba por hacerlos tan ricos como los recordábamos. Me ofreció uno, pero no acepté. —Guárdamelo para más tarde —le pedí. Tenía algo de hambre, pero por nada del mundo quería perderme los últimos rayos de sol iluminando a las mariposas.

Pronto debíamos irnos de Mariposilandia para regresar al hotel en el que nos hospedábamos.

—¡Belo!  —lo llamé cuando se escabulló para perseguir a un grupo de seis o siete enormes mariposas. Parecían más grandes que las palmas de mis manos. Eran azules salpicadas con puntos negros. Nunca las había visto batir sus frágiles alas con esos movimientos tan finos y veloces. ¡Podían volar hasta donde quisieran! ¡Seguro que llegaban al cielo!

—¡Regresa! —le exigí otra vez, pero Belo, que adoraba ir tras cualquier bicho que cruzara por sus narices, empezó a dar brincos y correr al borde de un riachuelo para intentar alcanzarlas.

Traté de detenerlo. ¡No podía escaparse!  Mi papi buscaría cualquier pretexto para llamarme la atención.  Él no me entendía. No quería que yo tuviera un perro.

—¡Belo! —volví a gritarle.

Pero desapareció.

También las mariposas.

Asustada, bajé con dificultad por una pendiente pedregosa y bañada de musgo.

Doblé a la derecha entre tupidos matorrales.

Dejé de oír las aguas del riachuelo.

No había nadie.

—¡Papi! ¿Me escuchas?

Sentí pasos.

—¡Lore! ¡Chivi! ¿Dónde están?

Cientos de hojas doradas, pardas y verdes caían de los árboles.  Las ramas no dejaban de hacer ruidos al golpearse unas contra otras.

Empecé a escuchar unos chirridos. Eran loros. Tenía que pensar que eran loros.

Decidí protegerme. Salir de allí.

¿Me habrían seguido mis hermanas? ¿Estarían  perdidas como yo? —No te alejes del carro —me decía siempre mi mami—. Háganle caso a Diana que es su hermana mayor —les decía a ellas. ¿Por qué tuvo que irse al cielo y dejarnos solitas? ¡No podía perder a Belo ahora!

Sentí mis pies resbalarse. ¡Era barro! Mis zapatillas favoritas estaban empapadas y sucias. ¡Qué asco!

—¡Papi!

Caminé por el bosque buscándolo. Lloré bajito. ¿Se irían sin mí? ¿Por qué no aparecía Belo? Tenía hambre y frío. Temblaba. Felizmente le había hecho caso a mi papi poniéndome la chaqueta cuando comenzó la lluvia. ¡Y yo que no quería usarla!

Empezó a oscurecer así que me senté sobre unas hojas. Las moví primero con una rama. ¿Habría arañas? ¿Culebras? Me distraje gracias a un caramelito de fresa que encontré al rebuscar en mis bolsillos. A pesar de que yo era una niña bastante delgada, me encantaban los dulces y siempre llevaba alguno escondido. Estaba un poco pegajoso, pero sabía más rico que otras veces.

Me acurruqué apoyada al tronco de un árbol.

¡Odiaba Mariposilandia!  ¡Quería irme de allí!

Ya no se veía el cielo.

Unas lucecitas amarillas empezaron a destellar entre las plantas.  Pequeños puntos  fosforescentes se prendían y apagaban sin cesar.

—Deben ser luciérnagas —pensé—. En el colegio nos habían enseñado sobre ellas. ¡Pero qué lindas eran! ¿Cómo se verían de cerca? ¿Se podrían atrapar?

De pronto, sentí que algo se me acercaba.

Traté de no hacer bulla. Podía ser un animal de las montañas.

fot2¡Qué alivio! ¡Era Belo! ¡Por fin aparecía!

Lo abracé con toda mi fuerza.

—¡Sabía que tú nunca me abandonarías! Yo te cuidaré —le prometí a mi perrito—. Sí, yo también tengo hambre. ¡Qué calientito estás! Ven conmigo, no te me alejes —le dije.

—¡Despierta Diana! ¡Ya amaneció pequeñita!

Abrí los ojos.

¡Era mi papi!

—¡Te he buscado toda la noche! ¡Gracias a Dios que estás bien! —me dijo mientras me  envolvía entre sus brazos y me cubría con su casaca. Él siempre olía tan rico. Creí que lloraba. Pero no era posible. Era mi papi.

—Tengo hambre, pa. ¿Y mis hermanas?

—Tranquila. Están bien —me respondió dándome un besito en la frente.

—¡No te olvides de Belo, papi! —le pedí—. Él me abrigó toda la noche con sus orejas largas.

—¿Belo? ¡Ay mi chiquitita! ¡Tú y tus fantasías! Ya sabes que Belo no existe —me dijo al hacerme un guiño y acariciar mi cabello—. Es hora de comprarte un perro.

 

Lima, Octubre de 2013


—¿Cuántos kilómetros vamos?—le pregunte a María Elvira.

—Once— me respondió Mónica sin perder un segundo.

—Acá me quedo— les dije—. Nunca he corrido más de diez. Estoy muerta. Esto no es para mí.

—¡Épa chama! ¿Qué te pasa? Faltan solo siete—me contestó una de las dos. No sé ni me importa cuál.

Hacía dos meses que había empezado a trotar. De lunes a viernes, cada mañana me levantaba a las cinco y media para encontrarme con un grupo de amigos en un parque a unas cuadras de mi casa. El Parque del Este. Allí, en una extensión cercada de ochenta y dos hectáreas incrustadas en medio de la ciudad, se podía hacer deporte tranquila. Sobre la grama, sobre tierra o sobre asfalto. Bajo el cielo azul de Caracas. Protegida por la sombra de más de cien tipos de árboles. Las flores azules del jacarandá, las rosadas del apamate, las amarillas del araguaney, las garzas blancas en las lagunas, las bandadas de loros y de guacamayas volando para esconderse en las copas de los árboles y las curiosas ardillas rebotando de rama en rama, sumados a las personas que uno va conociendo, formaban el ambiente ideal para empezar feliz un nuevo día.

Cada trotador, solo o acompañado, decidía su ritmo, su tiempo y su distancia.

Yo, bien equipada con mi música, tomaba una ruta que me habían dicho que era de diez kilómetros. Por lo general tardaba una hora y un poquito más en terminarla.

Pero ese sábado al llegar al parque, Mónica y María Elvira, me invitaron a correr con ellas.

—Haremos “un largo”— me dijeron.

Sin saber los tecnicismos de este deporte y segura que diez kilómetros significaban “un largo” les dije que sí, que gracias, que con gusto trotaría con ellas.

Aunque ya nos habían presentado, aceptar la invitación era una forma de integrarme a la ciudad y su gente.

Debo confesar que ya tarde como para poder cambiar de idea, noté que las dos llevaban a la cintura unas botellitas plásticas llenas de líquidos energéticos de diferentes colores lo que me llevó a tener ciertas dudas sobre el significado “extensivo” de “un largo”.

Pensé también que estando dentro de un parque por más grande que este fuera, sería fácil abandonarlas en el momento que mi cuerpo lo considerara justo, necesario, mi deber y salvación.

Así que corrí con ellas.

—¡Vamos Rossana! Toma un poco de Gatorade— me ofreció Mónica pensando que eso sería suficiente para que pudiera seguir el ritmo que llevaban.

Mientras trotábamos, María Elvira contó que había participado seis veces en el Maratón de Nueva York y que se estaba preparando para hacerlo de nuevo. Mónica también iría. —“4 meses para correr un maratón en 4 horas”. Así se llama el libro que leí para hacer ese tiempo— me dijo—. Cómpratelo que te va a servir.

Le respondí mientras pensaba “me largo”, que ya estaba cansada; que a cuarenta y dos kilómetros no me interesaba llegar; que ni loca haría un maratón; que quería regresar a mi casa.

Pero seguí trotando.

—Me duele todo— me quejé con ellas a los pocos minutos y con las últimas palabras que sentía que me quedaban en mi marchito cuerpo—. Se me están partiendo las pantorrillas. ¿Cómo hacen para que no les duela nada?

Las dos me miraron sorprendidas y escasamente transpiradas. En ese momento noté cómo los músculos de sus piernas se marcaban con cada pisada que daban. Me di cuenta también que bajo las gorras que tenían puestas, el pelo iba recogido en una perfecta cola de caballo. En cambio a mí, se me chorreaba por los ojos y por culpa del sudor se me pegaba en la cara al ser demasiado corto para sujetarlo como el de ellas.

Fue Mónica quien me respondió con firmeza. —Mira chama—recalcó sin interrumpir su inflexible paso—. ¿Cómo se te ocurre que no nos va a doler? A partir del kilómetro catorce te duele todo, solo que no le hacemos caso. Después de un rato ya no sientes nada.

Y seguí trotando.

Saludamos a cuánta persona se nos cruzó. Ellas conocían por su nombre a cada uno. Yo apenas balbuceaba un silencioso “hola”.

—¡Épale! ¡Qué arrecho corren!— nos gritó un muchacho de unos treinta años, con los músculos enérgicamente cincelados en los brazos y piernas, que avanzaba sonriente y relajado a toda velocidad en sentido contrario al nuestro.

¿Cómo que corremos arrechas? Me mantuve en silencio hasta que la curiosidad pudo conmigo. Tenía que saber, aunque me costara mi último aliento, qué nos había dicho ese descarado. —Que estamos corriendo chévere— me respondió Mónica. Entonces decidí que sería mejor no explicarles lo que yo, una peruanita en el Parque del Este, había entendido.

Con la distancia, me olvidé de la distancia.

Me distraje.

Tres mujeres cotorreando, no era para aburrirse. Poco a poco adquirí esa capacidad al parecer innata en María Elvira y Mónica de correr y conversar al mismo tiempo y sin tomar aire.

Mientras desarrollábamos nuestro ejercicio físico y verbal, nos dimos cuenta de algunas coincidencias. Las tres éramos abogadas. Las tres nos habíamos casado el mismo año. Cada una de nosotras tenía dos hijos.

La única diferencia—además de mi edad (no importa cuántos años nos llevábamos) —era que yo me había divorciado.

—¡Listo!— sentenció María Elvira—. Vamos a estirar. Hicimos diez y ocho kilómetros. Paso promedio: seis punto cinco. El rango de mis pulsaciones fue ciento setenta.

RELOJ2Mónica miró su reloj, presionó algunos botones y con la misma exactitud informó: pulsaciones promedio ciento ochenta. —Y tu chama?—

Dos horas y tres minutos—les respondí—.Yo no tengo reloj que marque la distancia, ni el paso, ni las pulsaciones. El mío solo da la hora— les dije sorprendida al enterarme que existían relojes con funciones tan sofisticadas.

—A mí me lo regaló mi esposo por nuestro aniversario—dijo Mónica.

—A mí el mío por mi cumpleaños—agregó María Elvira.

Yo que iba sintiendo el sudor salado atravesar mis ojos para alcanzar mis labios y mi lengua, les respondí con una lógica implacable y conteniendo cualquier gesto o palabra que pudiera ser considerado ordinario.

— Es que yo no tengo esposo. Debe ser por eso que no tengo un reloj como el de ustedes— les dije sofisticada y firme.

Y sin darles tiempo a que me respondan quizás con alguna broma, escuchamos la voz de un hombre que venía detrás de nosotros disfrutando sin pedir permiso de nuestras confidencias.

—No te preocupes, chamita—me dijo—. Ten paciencia. Ya tendrás un novio que te regale un reloj mejor que el de tus amigas.

Escrito por Rossana Sala en Caracas,  en setiembre del año 2006.   Han pasado siete meses desde aquella historia. Ahora llevo el cabello atado en una insuperable  cola, mis piernas lucen más fuertes  —¡Chama! ¿Y ese reloj? ¿Quién te lo regaló?—  y acabo de romper la factura.

¡En sus marcas, listos, fuera!

Posted: 3 January, 2014 in 2013
Tags: , ,

imagePor fin llegó el sábado. Nos pusimos los polos rojos y las zapatillas que nos regalaron para empezar a entrenar.
-¡Me gusta correr!- le dije a uno de mis amigos  mientras le mostraba qué bien me quedaban   mis nuevas zapatillas . Él es más grande que yo y por eso me ayudó a amarrarme los pasadores.  Yo solo tengo siete años pero igual voy a ganar. Al final me darán una medalla. La colgaré en mi cuarto. Seguro en Navidad, cuando vea a mi mami,  va a estar feliz conmigo. De ahora en adelante, todos los sábados en la mañana correremos. Van a venir a enseñarnos. Yo seré un corredor.

¡En sus marcas, listos, fuera!

Y ya lo era. Todos lo eran.

265 niños y niñas entre tres y diecisiete años, reunidos bajo una inmensa señal de partida, recorrieron con sonrisas la vuelta de un kilómetro marcada de color naranja entre los jardines del Puericultorio Pérez Aranibar. Algunos, emocionados, sin perder el aliento ni el paso, se dieron dos o tres vueltas más. ¡Nada los detenía!

Ellos no lo saben todavía.

En realidad, no solo se trataba de la señal para el inicio de esa ruta sencilla.

¡En sus marcas, listos,  fuera!

Era la señal que marcaba el comienzo de una nueva vida.

Es que correr es tener un amigo, un hermano que va a tu lado, que no te deja solo, que te escucha, a quien tú escuchas, que no te permite salir del camino, te da nuevas metas, te mantiene sano, te hace feliz.

Bastan un polo, unos pantalones y un par de zapatillas. El resto, son las ganas para hacerlo. ¡265 niños, las tenían!

Lima, 26 de octubre de 2013 (Escrito después de acompañar a un grupo de Perú Runners en su nuevo proyecto en el Puericultorio Pérez Aranibar)


imageI see something falling from the sky.
It isn´t rain. I see something falling from the sky.
It isn´t snow.
I see something falling from the sky.
They are letters.
They are red,
they are green,
they are blue and white,
rolling on my paper,
painting what they want.
They smell like clouds
and taste like stars.
They make words,
write songs, dance
and jump.

I see something coming down from heaven.
It´s Santa flying in his sleigh.
He reads your letters,
sees your behavior,
eats lots of cookies
of ginger and nuts.
He hides and watches you in silence,
brings gifts,
laughs loudly,
and sings carols for fun.

I see something going to heaven.
It´s THANK YOU.


image

Veo algo que cae del cielo
y no es lluvia.
Veo algo que cae del cielo
y no es nieve.
Veo algo que cae del cielo
y son letras.
Son letras rojas,
son letras verdes,
azules y blancas,
que ruedan sobre mi papel
y lo pintan,
se juntan,
se enredan,
y huelen a nubes,
y saben a estrellas,
y forman palabras,
escriben canciones y bailes
y saltan.Veo algo que baja del cielo
y es Santa,
que vuela en trineo,
que lee tus cartas,
ve cómo te portas,
come muchas galletas
de canela y de nueces,
se esconde de ti,
te cuida en silencio,
te trae regalos,
ríe a carcajadas,
se divierte y canta.Veo algo subir al cielo
y es GRACIAS.


Fue Nicola Salvi quien quiso traerme a Roma. A mí, Neptuno, ¡Dios de las Aguas!  Y fui yo quien aceptó venir a esta imponente ciudad.

La città dell’amore.

Y dejé mis mares y mis castillos dorados y a mis sirenas y delfines los abandoné.

Salvi, ese magnífico arquitecto, dispuso a mis pies dos valientes caballos de mar tirados por poderosos tritones que al sonido de sus caracolas anuncian mi paso. Sobre el frío mármol traventino, dejó caer una fresca cascada que iluminaba mi efigie.

Me prometió aguas puras y me ofreció abundancia. Yo le dije que no, que yo no buscaba eso. —¡Yo solo quiero encontrar el amor! —le respondí con voz gruesa y sin ilusiones—. Siete esposas tuve pero nunca fui feliz.

Y fue así como empecé una nueva vida que no lograba comprender:

—Dale, arroja la moneda en la fuente que así volveremos a Roma —le oí decir a un padre mientras le daba un centavo a su pequeño.

—Échale dos monedas para que te enamores de un italiano dulce y te olvides de José. Él te hace demasiado daño, Marcela —le sugería una muchacha a la amiga—. Los italianos son tan queridos…

—Ni se te ocurra tirar tres monedas. No estamos listos para casarnos ma chérie —advertía un joven a su novia y terminaba la conversación en desconsuelos.

Día tras día, gente de todo el mundo llegaba hasta la reducida Piazza Trevi, para admirarme con asombro y pedir favores mientras arrojaba dinero en mis aguas. De frente, de espaldas, con la mano derecha, con la izquierda, sobre el hombro, siempre inventaban una forma para lanzar sus monetinas. Nunca perdían las esperanzas de recibir lo que me suplicaban.

 Unos querían amor.

Otros volver a Roma.

Pero yo no era capaz de darles amor y sufría muchísimo por eso.  ¿Cómo les entregaría aquello que yo mismo no encontraba? ¿Cómo? De pie, escoltado por briosos caballos y enérgicos tritones, yo Neptuno, Dios de los Mares, no tenía el poder para concederles lo que me rogaban.

Hasta que una noche por fin lloré. Lloré tanto. Lloré por ellos y también por mí. Dormí entre llantos.  ¡Hice temblar la tierra!

Y aquel amanecer de domingo, al salir el sol, me sentí frágil. Aturdido. Y al contemplar desengañado una vez más la dolce piazza, una brisa tibia con olor a robles acarició mi cuerpo.

Un encantador correr de aguas me llamó la atención. Nunca las había notado.

Busqué a mi alrededor.

Eran las lágrimas de mi aflicción que colmaron mi inmensa fontana, para discurrir luego en un pequeño recipiente, una fontanina que siempre estuvo a mi lado pero por la que hasta ese amanecer de verano, jamás había caído una sola gota de agua.

¡Júpiter es testigo que es verdad lo que yo afirmo!

A los pocos minutos, una nueva sorpresa invadió mis ojos.

Una pareja de jóvenes tomados de las manos, bebió al mismo tiempo inocentes sorbos de los dos pequeños chorros que salían de la fontanina. Se dieron luego un suave beso en los labios, de esos besos eternos que antes abundaban.

Largas colas se formaron tras la pequeña fuente. Hombres, mujeres, ancianos, niños, todos bebían de mis aguas. Todos quedaban encantados. Sentían amor. Eran felices.

Y sentí amor. Y fui feliz.

No solo eso carissima Juturna, mi bella ninfa de los manantiales, debo decirte además que ese día, ese domingo de verano cuando bebiste de la fontanina, Nicola Salvi me dio lo que yo había buscado en mi larga vida.

Y para aquellos viajantes que me piden regresar a Roma… ahhh, mi amata Juturna, volver a Roma es tan sencillo. ¡Yo Neptuno Dios de los Mares, juro que para eso, basta con  lanzar un centavo en mi fontana!

¡Que Júpiter y Venus hieran mis ojos y quede ciego eternamente, si son falsas mis palabras!


image¡Qué dolor! El brazo. Lo tengo atascado entre las rocas. ¡No debí separarme del grupo! —¡Auxilio! ¿Alguien me escucha?—  ¡Dios mío! Este brazo se me parte y no puedo moverlo. Está trabado. Seguro me resbalé con el barro. Estoy toda mojada. ¡Mi celular! Tiene que estar en la mochila. ¡Ahhh…me duele demasiado! No lo alcanzo. Y acá no debe haber señal. Este hueco es muy hondo. ¿Tendrá tres o cuatro metros? —¡Auxilio!— Solo a mí se me ocurre animar a mis amigos a subir montañas en época de lluvias. Espero que estén bien. ¿Se habrán dado cuenta que me he caído? —¿Están allí? ¿Me escuchan?— Tengo que salir de acá. Nadie me espera en la casa. ¿Qué le habrá pasado a mi brazo? ¡Cómo me duele! Por fin dejó de llover. No quiero ni pensar cuánto rato más tendré que estar acá abajo. Hace mucho frío. Debo encontrar alguna forma de soltar estas piedras.

“Finalmente, después de cinco días de intensa búsqueda en el Parque Nacional El Ávila, Bertha Salinas fue encontrada por los equipos de rescate, mientras caminaba entre llantos, ensangrentada, en dirección a la autopista Boyacá. Como diéramos a conocer días atrás, el sábado diez y siete de agosto en horas de la madrugada la señora Salinas, de nacionalidad peruana y dos colegas de trabajo venezolanos, salieron a hacer una excursión por las montañas. Faltando pocos metros para llegar al Pico Occidental, el grupo se dispersó debido a la intensa lluvia, desapareciendo la Sra. Salinas. Después de varias horas sin poder encontrarla sus compañeros decidieron bajar por ayuda. De acuerdo a lo informado hace unos minutos por los médicos del Hospital de Clínicas Caracas, la Sra. Salinas se encuentra estable. Se supo que durante cinco días, intentó levantar o romper la piedra que la aprisionaba en la grieta por la que había caído para poder sacar el brazo derecho que tenía atorado entre las rocas.

Al no conseguirlo, desesperada, pensó en la muerte hasta tal punto que talló su nombre, su fecha de nacimiento y la de su deceso en una roca. Al acabársele el agua que llevaba, bebió su propia orina y con el teléfono celular grabó un video por el que se despidió  de sus familiares.

Deshidratada y confusa, Berta Salinas golpeó su brazo con una piedra  hasta romper sus propios huesos y con una navaja cortó su carne y sus músculos. Después de eso, usó las pequeñas tijeras de la navaja para seccionar sus tendones y, por fin libre, se aplicó un torniquete. Con el anclaje de su equipo de escalada descendió luego el Ávila con la esperanza de encontrar ayuda. La suerte hizo que un helicóptero del servicio médico de Sabas Nieves la localizara tras haberse activado la alerta de su desaparición. Al parecer estimados oyentes,  se ha repetido aquí, en Caracas, la historia que diera origen a la película “127  Horas” llevada a la pantalla grande por el aclamado director Danny Boyle. Aquella historia ocurrida en abril del año dos mil tres, por la que Aron Ralston, un alpinista estadounidense de veintisiete años exploraba en el cañón Blue John, cerca de Moab, Utah, cuando una roca se sacudió cayendo con Ralston en el fondo del cañón, para fijar su brazo derecho contra la pared y dejarlo atrapado por cinco días, 127 horas exactamente, después de las cuales pudo salir por sus propios medios  pero solo luego de amputarse el brazo con una cuchilla…”

—¡Bertha! ¿Nos oyes? ¡Bertha! ¡Coño! Vamos a tener que sacarla de ahí.

—Alcánzame la cuerda Luis Enrique, yo voy a bajar por ella.

—Ten cuidado. Hay demasiado barro. ¡Que vaina! Agárrate duro Bernardo. ¡Esta Bertha! ¡Siempre haciendo locuras y metiéndonos en problemas! ¿Se habrá desmayado? La grieta debe tener un par de metros. Baja despacio…

—Chama, ¿estás bien? ¡Despierta! Soy Bernardo. Toma un poco de agua. Tranquila. No te debiste alejar de nosotros. ¡Tú siempre tan apurada, vale! Eso te pasa por sobrada. ¡Cónchale! Tu brazo sangra. ¿Te duele mucho? Voy a desatorarlo. Cuidado. Solo será un minuto. ¡Imposible! Está totalmente atascado. No quiero hacerte más daño chama. Debemos ir por ayuda. Suerte que te encontramos rápido. ¡Qué susto nos pegaste! ¡Y tú que eras nuestra guía! ¡Coño!

Mal Cálculo (poema)

Posted: 25 November, 2013 in 2013
Tags:

Cuando subí las escaleras

ya era tarde.

Allí, ante el altar,  

pensé en huir pero no lo hice.

Te quería mucho.

Decidí arriesgarme,

para bien o para mal.

 

Y al salir de la iglesia,

me miraste a los ojos

y sin dudarlo me dijiste:

“Dos años.

A este matrimonio

no le doy más”.

 

No respondí nada.

El tiempo lo hizo.

A los cinco meses,

bajé por esas gradas

sin mirar atrás.


imageCreí que sería un martes cualquiera. Un día de primavera, de esos interminables, como lo son todos en la escuela.

—Seguro que hoy otra vez nos llevarán a jugar en el pozo de arena —supuse al levantarme esa mañana y verme de pronto en el salón de clase, entre treinta niñas que hacían alboroto y el tamborcito de la profesora que intentaba poner orden.

—¡Niñas! ¡Kindern! —nos llamó la maestra con esa voz tan delgada como su propio ser. Llevaba puestas sus toscas y ruidosas sandalias, el vestido gris de cada día y la sonrisa matinal que casi nunca usaba, coronada por un moño de algún tipo de pajarraco peludo que hasta ese momento yo no lograba identificar.

—¡Niñas a formar dos filas! —nos insistió con el ruido estridente del silbato negro que, como amuleto, llevaba siempre amarrado al cuello. —¡Pobres sus hijos! —me compadecí, mientras  imaginaba la vida en su casa y corría a tomar mi lugar, el número trece, de acuerdo a la profesora, al fastidioso golpeteo de su tamborcito y a ese sonido penetrante que nos robaba libertad.

—Vamos a salir del colegio. ¡Caminaremos!  Veremos algo especial  —nos anunció.

—¡Sí, Frau! —le contestamos a coro. Debíamos llamarla Frau,  como nos advirtió desde el primer día de clase.  —Así se dice “señora” en alemán —nos había explicado.

Aunque estábamos inquietas, nos agradaba la idea de por fin poder hacer algo diferente. No sería un martes de arena.

Entre risas escondidas y pasos apretados empezamos el recorrido bajo el sol. Cada niña debía tomar de la mano a otra. El olor a campo me hacía recordar los desayunos en casa de mi abuelo. No sé porqué. Quizás tenía hambre.

—¡Cantemos! —nos ordenó la Frau sin darnos a conocer aún nuestro destino. Con la esperanza de que Erika, la niña que sujetaba mi mano para que no me escape,  haya estado más atenta que yo al iniciar esa mañana, le pregunté a dónde íbamos. —No sé —me susurró. —¡Silencio! —nos interrumpió la profesora utilizando solo su típico ceño fruncido y haciendo una indicación con el dedo índice sobre sus labios serios y casi imperceptibles.

Después de cinco o seis canciones, de esas que repiten y repiten las mismas palabras, nos detuvimos frente a un cerco. Era bastante alto, lo que hacía imposible ver detrás de él. Al ritmo de las notas musicales y del tamborcito de la Frau, avanzamos curiosas hacia un viejo portón de madera, para poder ingresar así al lugar que tanto nos había intrigado. En un instante nos encontramos frente a gigantescos árboles y entre ellos vimos inmensos caballos engullendo las hierbas que crecían verdes por todas partes. Mientras ignoraban nuestra presencia, movían sus hocicos dibujando con ellos un cuadro perfecto que, maravilladas y en silencio absoluto, no podíamos dejar de contemplar. Los caballos andaban orgullosos. Sus músculos les delineaban los cuerpos. Finalmente un pequeño potrillo negro y travieso, se animó a echarnos un vistazo. —Esto es extraño —creería el animal,  al toparse en su camino con tantas caritas embobadas, una al lado de la otra, todas vestidas de azul y tomadas de las manos.

En ese mágico momento ella, la Frau, empezó a hablar.

La miré asustada al oírla decir que pongamos mucha atención a todo, ya que al día siguiente deberíamos dibujar lo que habíamos visto.

¡Caímos en su trampa!

El encanto se hizo pedazos.

Jamás volví a extrañar como aquel día, los rutinarios martes del colador de arena.

Nos alejamos de los caballos. Preocupada, traté de descubrir detalles a mi alrededor que me pudieran servir para poder cumplir con esa tarea tan injusta.

Cruzamos el cerco y avanzamos por un estrecho camino de piedras mientras volvíamos a entonar algunas canciones que ya no quería  escuchar.  El día siguiente. Para mí sólo existía el día siguiente.

Mis padres deben recordar sin agrado, y no los culpo, la tragedia de esa tarde en casa. Entre sollozos y desgarradores llantos,  traté de explicarles mi angustia por no saber dibujar caballos perfectos. Por no saber dibujar caballos. Por no saber dibujar.

En revistas, libros y folletos, buscamos figuras para practicar mis trazos.

P1000669Fuimos a un quiosco cercano. Ante mi insistencia, llegamos también a otros más alejados, con la esperanza de conseguir algo que me ayude. Además de chocolates y una deliciosa paleta de caramelo de siete sabores, nada me servía.

Esa noche no dormí bien. Me dediqué a pensar, a dar vueltas en la cama y picotear los chocolates que con especial cuidado había escondido bajo mi almohada. Supuse que me podrían inspirar.

Pocos días después, mi madre y yo fuimos citadas por la Frau.

—¡Esto es lo que ha pintado su hija in der Klasse! —vociferó en su áspero español revuelto con alemán mientras señalaba mi obra de arte—. ¡Una línea horizontal, un poco de hierba y el sol! ¡Nada más! ¡Cuando le pregunté a su niña por los caballos, ella me explicó que estaban detrás del cerco y que por eso no podían verse!  ¡Esto es inaceptable! ¡Nein! ¡Nein! ¡Nein!

Y yo allí, tan chiquita, me quedé muda frente al ceño fruncido y el moño de pajarraco peludo que empezó a alborotarse como el de una cacatúa desquiciada. —¡Por fin pude descifrar el animal! —caí en cuenta inoportunamente.  —¡Nein! ¡Nein! ¡Nein! —volvió a repetir la profesora mientras la rabia que invadía sus venas la hacía cambiar de colores. En medio de esa confusión, noté que mi madre tampoco me quería dejar escapar al sentir que me sujetaba con una fuerza inusual en ella y cuando estaba a punto de echarme a llorar de espanto, la vi levantar la mano, acercar lentamente el dedo índice hasta casi tocar sus labios, para inclinar luego el rostro hacia mi obra de arte y con la  dulzura y elegancia que siempre tuvo,  le murmuró a esa mujer tan severa:

—Cuidado —le dijo—. No levante mucho la voz. No vaya a despertar a los caballos.

Lima, 2012

“Pintar fantasmas

Había un artista que pintaba para el príncipe de Qi.
— Dígame — dijo el príncipe —, ¿cuáles son las cosas más difíciles de pintar?
— Perros, caballos y cosas semejantes — replicó el artista.
— ¿Cuáles son las más fáciles? — indagó el príncipe.
— Fantasmas y monstruos — aseguró el artista —. Todos conocemos a los perros y a los caballos y los vemos todos los días; pero es difícil pintarlos como son. Por eso son temas complicados. Pero los fantasmas y los monstruos no tienen forma precisa y nadie los ha visto nunca, por eso es fácil pintarlos.”

Cuento de Han Fei


 

—Son branquias—  me diagnosticó el médico al revisar mi cuello—. Tengo varios pacientes con los mismos síntomas.  A ver,  quítese la blusa y échese sobre la camilla.

—¿Branquias?— le pregunté asustada con la esperanza de que no me confirme lo imposible.

—Mmmm. Ya empezó el proceso escamatorio —me dijo luego de pasar sobre mi espalda sus ásperos y gruesos dedos protegidos por inmaculados guantes de látex— ¿Siente alguna molestia? ¿Comezón?— me preguntó después de un breve silencio mientras auscultaba mi barriga.

—Pues sí— afirmé consternada— especialmente durante las noches. Pero empecé a sentir también algunas punzadas en la espalda.

—No se preocupe. El proceso se encuentra recién en su segunda fase.

—¿Proceso? ¿Segunda fase? ¿Voy a estar peor?— le pregunté al doctor al vestirme y tomar asiento en la camilla mientras ahora yo  era quien contemplaba y palpaba mis brazos y piernas y descubría gruesas escamas por aquí y por allá.—Pero ¿qué me pasa? ¿Esto se cura?— le interrogué al doctor al  buscar un espejo en mi cartera para escrutar mi cara y rezar porque no apareciera algún indicio de  agallas o tejidos membranosos por mi frente o mi nariz o…

—No se preocupe—volvió a decirme—. Tome asiento. La causante es la humedad de Lima. Hay muchos días que alcanza el cien por ciento. Es como vivir bajo el agua. El organismo es mágico y se adapta—me quiso tranquilizar sin éxito—. Estamos justo a tiempo para detener la evolución, quizás revertirla.

—¿Se puede?

—Quédese tranquila, señora. Hay casos mucho más graves. ¿Se ha fijado en la espalda de la gente? ¿No se ha imaginado porqué desde que empezó el invierno las personas tienen como una joroba?  Son las aletas dorsales que les empiezan a crecer, señora.   Hasta los niños están así… Compre este aceite y aplíqueselo por lo menos tres veces al día por todo el cuerpo. No deje un solo espacio libre. Durante el verano le irá mejor. Eso dicen.

Lima  noviembre de 2013


El sol brilla.

Son las tres de la tarde y me veo crecer.

Vamos. Camina. Te acompaño. Me da lo mismo si corres, yo voy detrás de ti.

Es sábado y el parque nos espera.

Aquí estamos querido mío. Juntos otra vez.

Ni la fuerza del viento podrá separarnos. Te revuelve el cabello, te sacude el abrigo, pero yo sigo acá.

Bueno. Está bien. Te dejaré solo por un rato mientras te inspiras y redactas esas absurdas cartas de amor bajo los árboles.

Esa penumbra de cipreses tupidos y fuertes, me volverá invisible. Es lo que buscas. Lo sé.

No te demores, por favor, no lo hagas.

Yo te espero. Te cuido de lejos.

Todas esas líneas que escribes no te servirán de nada.

Siempre es lo mismo. Nadie te responderá.

En cambio yo, yo sí te quiero.

Allí vienes. Tardaste mucho. Me hiciste falta.

Pero no importa.

Los faroles iluminan las calles. Vuelvo a existir.

Déjame colarme entre tus pies, entre tus suaves pisadas y acompañar silenciosa tu andar.

Oye, mírame. Hazme caso.

Soy tu sombra.

De mí nunca podrás escapar.

Aunque no quieras verme y me ignores;

aunque no me sientas y me pisotees;

yo sigo y seguiré tus pasos.

Te escucho. Te entiendo. Te acompaño. Te acaricio.

También te beso.

Yo te querré hasta el final. Porque incluso allá en el infinito, habrá una luz eterna que me transformará en tu amada una vez más.

                                                     TU SOMBRA


—¡Préstame la bicicleta!— le pedí a mi nieto mayor y volé para estampar mi cara contra el piso a los tres minutos de empezar a pedalear.

—Y yo que pensaba que esas cosas nunca se olvidan. De joven fui un gran ciclista— le dije al médico cuando me suturaba la frente.

Solo fueron necesarios unos cuantos puntos.

El domingo siguiente lo intenté de nuevo.  La Abue (como llamábamos a mi esposa), nuestros hijos, yernos y nietos, saltaban y gritaban  preocupados alrededor mío al imaginarme  sangrar adolorido tirado una vez más sobre el asfalto.

Pero pedaleé feliz. Incluso llegué a hacer alguna pirueta. —¡Sin manos! ¡Miren! ¡Sin manos!— Sospecho que tremendo acto de acrobacia  realizado por un hombre plagado de arrugas y canas, valiente, pero ya de manos temblorosas, le pudo causar alarma a cualquiera.

¡Yo solo tenía setenta y cinco años!

No me caí. Claro que no. Es más, avancé varias cuadras sin siquiera transpirar. Bueno, quizás un poquito.

La verdad que trataba de mantenerme activo.

Temprano en las mañanas, hacía una caminata de casi una hora acompañado por  Gol,  mi  pastor alemán. El nombre se lo puso uno de mis nietos. No me acuerdo cuál de los dieciséis fue el de la idea, pero a todos nos  gustó. Nunca nos imaginamos lo problemático que sería haberlo llamado así, sobre todo los días del mundial de fútbol, el de México del setenta. Cada vez que algún equipo se acercaba o pateaba al arco, los exaltados gritos de ¡Goooool! que salían del cuarto de la televisión o de las casas de los vecinos lo hacían aullar confundido. —¡Quieto!— le ordenaba. Pero él no dejaba de ladrar,  de dar vueltas nervioso por el jardín y hasta de ¡perseguir su propia cola!

Unos años antes a esta anécdota de mi perro, acompañado por toda la familia, fui a poner la primera piedra al terreno que por fin pude comprar. Tantas cosas pasaron hasta que llegó ese día.  No había nada en el lugar. El viento, el polvo, el alboroto de la familia. Ver conversar y jugar a mis cuatro hijos con mis yernos y nietos, saber que estaban felices, era todo para mí. ¡Cómo extraño ese momento!  Nos divertimos en esa ceremonia que para muchos era solo un gran misterio. ¿Qué se habrán imaginado los pequeños?  La mayor, acababa de perder su segundo diente de leche. El menor, recién gateaba.

—Vamos a poner la primera piedra en el terreno que compró el Apuchi — les habrán dicho.

Yo soy el Apuchi.

Por lo menos así me llaman. —¡Pollito asado, apimentado, apuchi, apuchi  que está quemado!— les cantaba a mis nietos al juntar y separar los dedos de mis manos. ¡Un viejo truco para que los niños vengan a nuestros brazos!  Y claro, apenas me veían querían estar conmigo y me pedían ¡apuchi! ¡apuchi! y fue así como me gané ese nombre.  Nunca se los dije, pero me hacen sentir muy especial.

Después de poner la primera piedra,  fueron varias las visitas que hicimos al terreno. Plantamos pinos, manzanos, geranios, margaritas, también césped. Levantamos las paredes que se convirtieron en el hogar donde cada domingo sin falta, desde muy temprano, llegaba toda la familia cargada de historias, alegrías, ruedas, bulla y una que otra pataleta. ¡Cómo les gustaban los frijoles dulces con pastel de carne y salsa de tomate! A la hora del postre, reclamaban  barquillos con helados de vainilla bañados con nueces.  —¡A patear la pelota! —animaba a los más pequeños al terminar el almuerzo llevándolos al jardín perseguidos por los entusiastas brincos de Gol. Los más grandes, se divertían al tratar de jugar vóley refrescándose de rato en rato con sorbos de limonada siempre lista para los sedientos. Los menos deportistas se sentaban en cualquier lugar, con lápices y papeles buscando completar las palabras del pupiletras.  Los más traviesos, que nunca faltan, se escondían entre las hierbas para atrapar chanchitos, caracoles y hasta probar la tierra. —¡No se metan eso a lo boca niños que se van a hacer un daño! — les advertía la Abue desde su silla mientras tejía algún ropón de lanas blancas. Es para la venta,  les decía solemne a nuestras hijas cuando se le acercaban curiosas. Al final se los regalaba para  los nietos o las amigas. Telar, croché, macramé, palitos, punto cruz, de todo sabía la abuelita.

Agotado por los movimientos ágiles y complicados que disfrutaba hacer  para entretener a los niños, me ponía a descansar en la terraza al ritmo de los vaivenes de mi mecedora.  Leía algún libro de historia y tomaba un cafecito con dos cucharaditas de azúcar servido por la Abue.  Ella, volvía a sentarse a mi lado para avanzar con sus tejidos, hablar sobre el almuerzo del próximo fin de semana y exclamar entre risitas ¡Ave María Purísima! al mirar de reojo los enredos en los que se metían nuestros nietos. —Es hora que entremos a la casa. Empezó a refrescar— me aconsejaba al terminar la tarde.

Y yo que aunque era viejo no estaba tan sordo, me hacía el que no la escuchaba. Entonces ella se levantaba para acercarse, despertarme con un beso en la frente, tomar mi mano y acompañarme como siempre lo hizo.

Para el Apuchi, nuestro padre, abuelo y bisabuelo,

quien muchas veces cayó al asfalto y no solo desde la bicicleta.

Porque en su vida, en más de una ocasión, colocó la primera piedra.

Por ser  nuestra piedra.


bici marcela

—¡No te vayas, Marcela! —me advirtieron— ¡Aquí estás a salvo! ¡Lejos no lo estarás!

Pero yo, ya no era una niña.

—¡No te vayas, Marcela! —me suplicaron.

Sin más, me trepé dichosa  a la bicicleta.

Necesitaba rodar y rodar.

Me fui campante. Abandoné trapos, recuerdos, papeles, zapatos, sonrisas, muñecas rotas. La tristeza y la alegría. Nada era importante.

Crucé montañas.

Me empapé de sol. Probé de las  gotas de lluvia que refrescaban mi andar. Abrí y cerré los ojos irresponsablemente como para  poder sentir más. Disfruté el color de la algarabía, de la vida, del cambio. La vitalidad del alma. El frío a veces cariñoso y otras abrasador. El aire nuevo de la esperanza.

Sentí el corazón verde.

La ruta era suave, ligera. Las bajadas tenues impulsaban mis sueños. Seguí y seguí flotando. Ni por un instante pensé en retornar, ni con el pretexto de  ir por mis  galletas,  esas de avena, que de pequeña me encantaba picotear.

Inventé mi rumbo. Busqué caminos.

Encontré  gente. Aprehendí  sabores. Exploré el campo. La tierra húmeda embarró mis pies. Vi a mi paso girasoles azules. Visité el mar. Probé de sus olas saladas. Olfateé la vida. Un viento helado me acarició el alma, quizás me advertía la aparición de tormentas. Pero no le hice caso. ¿Para qué hacerlo si estaba feliz?  

Quería ser transportada  por lugares imaginariamente  perfectos, ilusamente  perfectos, imperfectamente perfectos.

De pronto, una poderosa montaña llena de bosques y de pesadas nubes  se me empezó a acercar.

A cada instante era más grande.

Me acorraló.

Con mis ideas y la fuerza de mi mente, protegí mis manos y el resto de mi cuerpo.  

Mantuve los ojos abiertos.

Envuelta en un silencio expectante, marqué mi rumbo con el sigilo de  un búho  que no quiere ni ulular.

El recorrido se volvió  pedregoso, empinado, tortuoso.

Malas y fuertes hierbas crecían y cerraban mi camino.

Un olor a animales muertos invadió el lugar.

Pero no me importó.

Tenía ganas, me sobraba fuerza.

Tenía agua, había mucho espacio.

Estaba segura que vendría el claro. Que no habría más  barro, ni rocas, ni puyas, ni espantos, ni grama tosca, ni frío, ni bulla, ni aguas bravas de las que escapar.  

Pero  ese sol y ese campo impecable con su aroma a huerto y mis sueños imperfectos se  empezaron a quedar atrás.

Y bajé. Bajé con fuerza sin poder detenerme. Y se opacaron las risas, se silenciaron los cuentos y se apagaron las luces, los cantos y también la felicidad.

En mis huellas se quedaron las palabras dulces, los recuerdos suaves y aquellas galletas de avena  que algún día quise olvidar.

Los  pedales se enredaron. Me pesaban, me dolían, me ajustaban. Y a ese viento amargo y esa lluvia maldita, las espinas crueles y los sofocantes gritos, no los pude dominar.

Y cerré los ojos, para no ver  el rumbo.

Me agarré con furia del timón de la bicicleta.

Todo fue en vano.

Su cuerpo quedó mustio, empezó a tiritar.

Y mis propios pasos intentaron pisarme.

Su mirada se puso triste y esa sonrisa, su sonrisa, ya no está.

Y noté, sin querer, cuánto espacio había hacia arriba y que para abajo, era imposible avanzar.

Y con la mente regreso y con la mente me aferro, me animo, me impulso. Me pongo de pie.  Tomo  aire. Respiro. Pruebo algún chocolate de mis favoritos, de los que de niña solía guardar.

Veo entre arbustos mi bicicleta.

Y la miro y lo dudo.

Y la miro y me asusto.

Pero debo ser valiente y me subo y me acomodo y avanzo. Veo el campo y la vida, tan apacibles, sin calamidad.

Poco a poco sonríe, ya no llora, no sufre.

Me siento tranquila, me escabullo entre flores, entre risas y cantos, vuelvo a ser Marcela de la felicidad.

Marcela ya no es una niña y lo sabe, y de reojo sonriente, mira ella hacia atrás.

Cree que todo ha pasado. Pero se equivoca. Pronto llegará su final.  

Marcela caerá de nuevo y esta vez, no se levantará.

Marcela morirá entre hierbas. De ella nadie más sabrá.

Y Marcela me escuchó y me miró a los ojos.

Y pedaleó con fuerza y  protestó a mis letras.

—¡Déjame viva! ¡No me gusta un desenlace fatal!

Me sorprendí al oírla, al sentir su voz y le respondí en mal tono, para acabar con ella:

¡Tú no decides Marcela! ¡Este es mi cuento, yo te he creado, yo soy quien manda en tu final!

—¡Quiero seguir, déjame libre! Tú me pediste que no me vaya. Te comprendí. No me he marchado. Fui lo que tu mente quiso crear. Sé que no es fácil. Quiero arriesgarme. Saber caerme y levantar. Yo soy Marcela, así me llamaste, el mar y el cielo sabré conquistar. Bramarán las aguas y lo harán los vientos, mas descubriré prados y  alguien que amar. ¡Es mi derecho! ¡No soy un cuento! ¡Ya no soy tuya! ¡Soy un ser nuevo!

La escuché firme, la vi sonriente, con esperanza y brillo en sus ojos, esos que siempre hablaban de más.

Y le hice caso. La dejé viva.  Se fue Marcela. Volvió a rodar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


—No te imaginas —le conté a Miguel emocionada— hace unos días para la reunión en el Ministerio de Energía tuve que llevar una cantidad increíble de documentos. Mi maletín estaba atiborrado de contratos, pesadísimo. Ricardo, ya sabes, el ejecutivo de la oficina de Perú que ve los créditos, me insistió en cargarlo, así que, se lo di feliz.

—¿Y entonces? —me preguntó aburrido de tanto oír mis peroratas.

Miguel y yo, éramos buenos amigos. Al igual que yo, había sido trasladado por trabajo a Venezuela, pero él desde Colombia. Era unos diez años menor que yo y estaba a cargo de los temas crediticios de la empresa. Yo, que no voy a decir mi edad, era responsable de los aspectos legales, así que con frecuencia viajábamos juntos, lo que prácticamente lo obligaba a escuchar mis aventuras…

—Bueno, al entrar al Ministerio, por temas de seguridad en Lima, los guardias revisan todo lo que uno lleva.

—¡Uy no! que jartera…tú siempre con tus historias raras. Dime, ¿y qué pasó?—me insistió con la esperanza que le eche rápido mi cuento para seguir con el trabajo.

—La comitiva para la reunión era numerosa, y uno por uno empezamos a pasar por la inspección de carteras y maletines para evitar que la gente ingrese con armas —le expliqué—. Cuando me di cuenta de lo que estaba por suceder, ya era tarde. No podía pedirle mi maletín a Ricardo frente a todo ese pelotón de policías curiosos. Hubiera sido sospechoso ¿no crees?

—Y qué ¿No me digas que tenías una pistola? —me dijo un poco más animado.

—No para nada —le respondí ofendida—. ¿Cómo se te ocurre eso? Pero cuando el guardia abrió mi delicado maletín italiano de cuero beige, le preguntó a Ricardo en voz alta, que si todo eso era suyo. —Pero por supuesto— le respondió con aires de dignidad, inflando el pecho y con la voz más alta todavía. Me imagino que trataba de causar buena impresión gracias a la cantidad de papeles que llevaba dentro. —¿Y esto?— le insistió el policía al sacar y levantar para que todos vean las panties del bolsillo de la maleta. El pobre Ricardo, tan blanco y calvo como es, se puso colorado. ¡Si lo hubieras visto! Entonces se le acercó al oído del guardia y qué explicación le habrá dado porque lo dejó pasar entre sonrisas.

—De buena me libré—me dijo Miguel sin mirarme a los ojos— ¡No entiendo! ¿Y qué hacías tú con eso en la maleta de trabajo?

—Lo mismo me preguntó Ricardo furioso al devolvérmela.

—Y entonces, ¿para qué tenías eso? ¡Tú serás loca!

—Precavida dirás. Las llevo para emergencias. En cualquier momento puedo necesitar cambiarme las que tengo puestas —le expliqué—. Si fueras mujer me entenderías. Si se les hace un hueco y estoy en una reunión me pongo las de repuesto. No voy a andar así por todas partes.

—Tú de verdad estás mal de la cabeza. Mejor ponte a trabajar que este informe hay que entregarlo en media hora—me calló por fin.

Cuatro años después…

—Pon el micrófono en mute. Todavía faltan unos minutos para que empiece la conferencia telefónica —le dije a Miguel.

—¡Será más larga que una semana sin carne! Pero tenemos que cerrar el deal. Hemos pasado meses con el proyecto.

—¿Te traigo un café?—le ofrecí.

—¡Sí gracias! Pero no te demores que ya vienen los temas legales.

—Está bien. ¡Caramba! ¡Por apurada, se me enganchó la panty en la pata de la mesa y mira cómo se me ha roto! ¡Tremendo hueco! —le mostré a Miguel el tobillo donde empezaba a corrérseme la media de nailon—. Felizmente tengo otras. Me cambio y regreso con el café.

—¿El panty? ¿Ese es el panty?— me preguntó indignado al señalar mi pierna y levantar sus abundantes cejas negras como para que pase debajo de ellas— ¡Y yo que durante años he vivido viajando contigo, acompañándote a reuniones perturbado, imaginándome las miles de razones por las cuales podrías llevar panties de emergencia en la maleta de trabajo! ¿Cómo podían hacérseles hueco? En Colombia —continuó como aliviado— los panties son las pantaletas, ¡los calzones! No son las medias veladas. ¡Ya anda, cámbiatelas de una vez que me pones nervioso!

—¿Medias veladas?—le pregunté interesada.

—¡Aló! ¡Aló! ¿Qué está pasando en esa oficina? ¿Calzones? ¿Panties? ¿Veladas? —nos preguntaron al otro lado de la línea.

—¡Nos escucharon mujer!

—¡Pero si no hemos empezado! ¡El teléfono no está en silencio!—le advertí demasiado tarde.

—No, nada señores, debe ser una interferencia. ¿Que las medidas económicas están veladas? ¿Que no calzan? ¿Que son espantosas? ¿Aló? ¿Aló? ¿Quiubo?


 

El día que yo me muera,

(¡no me compadezcan por eso!)

allí, al pie de mi cadáver,

les pido por favor me lean,

algún cuento interesante.

Pero no uno de los míos,

¡esos hasta a mí me aburren!

quiero historias de las  suyas

pa´  poder cargar en mi alma,

directo

al firmamento.

La noche que yo esté muerta,

les pido enciendan mil velas

que iluminen el salón mortuorio

pa´  poder ver bien sus rostros

y llevarme sus sonrisas

con mi alma

al firmamento.

Su imaginación y mis recuerdos,

serán los que me acompañen,

serán los que me entretengan

allá,

en el firmamento.

Y si arriba no les gusto

y me quieren mandar pa’bajo,

espero con sus historias,

convencer que no me echen,

pues leeré uno por uno

cada noche un cuento mágico

y me daré una gran vida

o  mejor dicho,

una gran muerte

feliz,

en el firmamento.

Así que vayan pensando,

en asombrosos relatos,

que de aquí a que yo me vaya,

sea  p´arriba o sea p´abajo,

sabe Dios lo que me queda,

pa´lante

 
 
 

.


Decidí viajar a Washington. Relajarme un poco. Visitar a mis amigos. Tomar fuerzas.

No iba a ser fácil empezar de nuevo en Lima. Encontrar trabajo.

Caminaba feliz frente a la Casa Blanca cuando me topé con un espectáculo callejero. Una de esas presentaciones que hacen los artistas novatos para ganarse alguna propina mientras van a la universidad.  Era  realmente buena la actuación, así que me detuve a observarlos. Nada me apuraba.

Sonrientes, vestidas de blanco y con las caras pintadas, unas veinte personas conformaban el grupo. Tocaban tambores, panderetas, subían y bajaban escaleras, saltaban, bailaban como si estuvieran en Broadway.

—Deben haber ensayado bastante  —pensé al verlos levantar las piernas en movimientos rítmicos y coordinados.

—Necesito su ayuda —me dijo de pronto en inglés uno de los artistas, escapándose del espectáculo en el momento en que me colocaba unas orejas de Minnie Mouse.

—Usted es perfecta para ésto —continuó mientras me colgaba en el cuerpo algo que parecía ser un inmenso basurero y me entregaba un par de palillos.

Y allí estaba yo, convertida en parte de un llamativo espectáculo callejero frente a la Casa Blanca, mostrando unas grandes orejas negras de ratón, tocando tambor cada vez que me daban una señal y después que lo hacía mi compañero de al lado, Mickey Mouse.

Los niños que por allí pasaban, jaloneaban a sus padres para que se detengan. Aplaudían entusiasmados. Yo, que a pesar de las orejas seguía siendo una desorejada, trataba de llevar el ritmo dándole un golpe al tacho de basura cada vez que me lo indicaban. De pronto,  al levantar la mirada con el rostro desconcertado, me encontré cara a cara con una cámara de televisión. ¡Estaban filmando! ¡Me estaban filmando! De vez en cuando me enfocaban de cerca haciéndome una señal de muy bien con las manos. Espero que haya sido una señal de “muy bien”.

—¡No puede ser! ¡A lo que he llegado! —me dije. Soy una desempleada más pidiendo limosna en las calles de Washington. ¡Pero no tengo visa para ésto!  ¡Pom! ¡Pom! ¡Pom! Seguí dándole golpes al tacho mientras sonría a las cámaras con toda la dignidad que a mi edad era posible tener en una situación como tal. Si es que era posible tener alguna.

minnieAl terminar la función, varios niños  me pidieron autógrafos. Se me acercó también uno de los directores del espectáculo a solicitar mi permiso para que se publique la filmación en el canal de  Disney World.

—Estos gringos sí que hacen bien las cosas —pensé algo reconfortada al devolver mis orejas satisfecha de haber hecho (en mi opinión) un buen trabajo.

—¿Qué me habrán querido decir con que yo soy perfecta para ésto? —me pregunté esa noche al mirarme al espejo antes de dormir.

Noviembre, 2009.


—¿Qué he hecho? ¡Estoy casado! —me dijo Diego al despertar.

Algunas horas antes, todavía a tiempo, estábamos sentados en la puerta de la Corte. Gente que iba y venía pisando el desgastado pasillo como lo hicieran otros, décadas atrás. Archivos. Papeles. Abrigos. Un  sheriff. Pistolas. Personas. Llantos. Risas. Si las paredes hablaran. Camisas. Rayas. Grilletes.

Todos.

Nosotros.

Yo.

—¡Que pase el que sigue! —llamó con voz tajante la mujer que nos observaba hace un buen rato escondida tras pesadas gafas de negras monturas.

Y así, ilusionada y feliz, vestida con un traje de diminutas flores celestes, entré al despacho del juez de turno quien nos recibió sonriente, relajado, gordito, envuelto en su impecable toga marrón.

Estoy segura que sabía lo que nos esperaba.

—¿Alguien más viene? —preguntó como relamiéndose, invitando a su oficina a nuestros amigos para que comprueben los hechos.

Con la prestancia que la ceremonia merecía, empezó a leer su grueso libro. Me distraje un instante para mirar extrañada unos afiches de la película de “La Guerra de las Galaxias” que decoraban las paredes.

Continuó el protocolo. Diego, como siempre apurado, trató de aminorar sus obligaciones al interrumpir al juez y decirle que sí, que sí me aceptaba y listo. —¡No es suficiente! ¡Debes aceptarla en la salud, en la enfermedad, en las buenas, en las malas! —le ordenó iracundo el juez a mi prometido que en ese momento ya llegaba a la puerta de escape. Perdí la sonrisa. Me empecé a desvanecer. Veo hoy en mis recuerdos algunas sombras confusas. El juez. Diego. El juez. La puerta. El afiche con el retrato de un hombre enmascarado apuntándome con el dedo índice. Con angustia repetí mis promesas. Oí carcajadas estruendosas. Necesitaba luz. Aire. Agua. ¡Mi bicicleta!

De lo que sucedió después, no estoy segura. Tampoco sé exactamente lo que dije, así que conforme a la legislación texana,  mis compromisos  no son válidos ni vinculantes.   —¡El único consciente y por lo tanto sujeto a obligación contractual por las promesas adquiridas, es él! ¡Ella permanecerá libre! —sentenció el brillante juez al desenvainar de entre su toga resplandeciente, su sable de luz traslucida —¡Ella no está afecta a responsabilidades! ¡Solo él debe amarla y respetarla todos los días de su vida! ¡En la salud! ¡En la enfermedad! ¡Es él quien debe mimarla, cuidarla, serle fiel, obsequiarle las más brillantes gemas provenientes del espacio! —continuó proclamando el honorable magistrado a toda voz y con incuestionable sapiencia.

Entonces fue cuando Diego me dijo: ¿Qué he hecho? ¡Estoy casado!

Y nos levantamos para desayunar.

Escrito el 3 de mayo de 2009, un día después y ya tarde. ¿Pero qué hemos hecho?


 Ahora sí. Están sentados.  Por fin los veo a todos.

Conocer al personaje principal debe ser un deslumbramiento.

No entiendo. ¿A qué se refiere el Gran Mago con eso del deslumbramiento? Bueno, por lo menos hoy logré tenerlos cerca. Los voy a oír, ver, disfrutar de sus poderes. Ya empiezan. Me gusta cómo sacan de sus túnicas largas y oscuras esos papeles misteriosos, esos personajes. Reunidos en la mansión de la magia, se liberan de las historias que los acosan, que los agobian. Escucho sus letras, palabras, oraciones, me llevan a castillos lejanos, bosques encantados, calles infinitas, hoteles donde habitan miles, pero miles de gatos y a mí que me asustan esos animales.

En un cuento debe resaltar la búsqueda dramática del personaje ¿por qué daría su vida?

Pues yo daría la mía por ser un personaje y para ser el principal, la daría hasta dos veces…aunque eso es imposible, creo. ¿Qué? Algo sucede alrededor de mi acuario. ¡Descubrieron que no estoy en él!

El pez dorado, el de los ojos vigilantes ¡no está!

En un instante se ponen de pie los nueve magos. Dejan volar sus páginas cargadas de comas, acentos, exclamaciones, demonios. ¡Qué laberinto he causado! La maga de cabellos de oro, pega su rostro en el vidrio. Me busca entre las rocas y plantas. No me encuentra. Pero claro, si estoy acá, en el centro de la mesa.

Era el más grande de los peces. De color naranja, brillante, casi amarillo.  ¿Qué va a decir mi nieta?

Allí viene la niña. Se ha unido a mi búsqueda al sentir el alboroto.  Y ella que es tan buena. Con esos rizos de caramelo, cada mañana me lanza galletas con sal al agua que yo pretendo comer para que no se ofenda. ¡Lo que faltaba! Ahora llora. ¿Quién tendrá el poder para calmarla? ¿Para persuadirla? Aquella maga, esa que cuando habla también canta, le ofrece un chocolate. La de al lado, se le acerca con sus pasos cortos y baila con su marioneta. La pequeña gime más fuerte. ¡No sabía que me quería tanto! Se enjuaga las lágrimas con su vestido de seda blanco.

Se llama Marcelo — le explica a los magos—. Yo le enseñé a nadar—solloza— ¡No puede haberse ahogado! ¿Dónde está mi pececito, abuela?

¡Esto es el clímax!— levanta la voz el Gran Mago mientras con el eco de sus palabras revuelve las aguas de la pecera y las aguas se mezclan y las aguas se enturbian y por fin brillan.

¡No aparece el pez dorado!

Tremendo conflicto el que he creado. ¡Todos me buscan! ¡Qué drama! Jamás pensé llegar a ser tan importante. Yo que por curioso me lancé a la jarra cuando la llevaban a la mesa. Y ahora aquí metido, lo veo todo y no puedo hacer nada. ¡Daría mi vida por volver a mi acuario!

¿Qué hacemos? ¿Cómo se desencadenará esta historia? ¿Será el guardián de los mares quien se lo llevó? —pregunta el joven hechicero batiendo su capa negra por los aires con la esperanza de disolver algún embrujo maléfico.

¡Eso es imposible!— lo interrumpe el mago de cejas negras mientras las levanta muy serio— ¡Fueron los gatos, los gatos hambrientos los que lo devoraron sin piedad!

En el hotel donde vivo pasó algo similar...

Un poco de calma. Hay que relajarse—dijo la maga de cabellos largos, dejándolos caer sobre su capa azul y dándole un suave golpe a su varita encantada— Lo mejor en estos casos es la meditación.

¿Le sirvo un poco más de agua Gran Mago?

El  pez dorado escuchó la pregunta y se dejó llevar.

Su aparición al caer al vaso causó el deslumbramiento final.

¿Cómo llegó a la jarra? —se preguntaron todos buscando el dato escondido entre sus cuentos, en algún párrafo de sus escritos.

¡Los vasos comunicantes!  —aseguró una maga desconcertada al buscar una respuesta lógica en los recovecos de su memoria.

No hay que explicar lo obvio —sentenció el Gran Mago decidido a ser invisible para dejar de formar parte de aquella escandalosa mentira que se hacía pasar por una tierna verdad.

Escrito el 9 de junio de 2013 al enterarme que Gabriel García Márquez escribió Cien Años de Soledad, encerrado en una habitación de su casa a la que llamó La Cueva de la Mafia y darme cuenta que, nosotros, los de la clase de narrativa de Alonso Cueto tenemos también nuestra cueva en la que nos reunimos los miércoles, pero como es tan acogedora y sus historias son fantásticas, merece  un nombre mágico pero a la vez real.

 Algunas expresiones incluidas en el texto tomadas de las clases de narrativa y de algún libro leído al respecto…

Personaje principal…deslumbramiento…búsqueda dramática…aceptar sus propios demonios…poder de persuasión…clímax…conflicto…¿ porqué daría su vida el personaje? … incidente desencadenante …cambio de punto de vista narrativo…deslumbramiento…un buen final debe ser lógico, natural, pero sorprendente…dato escondido…vasos comunicantes…no explicar lo obvio…alcanzar la invisibilidad…la verdad que parece contener grandes mentiras…mentira que se hace pasar por una gran verdad…realismo mágico…


 Yo:   ¿Me da una caja de banditas por favor?

Farmacéutico: ¿Banditas?

—-

Yo:   ¿Señorita, tiene polos por favor?

 Vendedora en el centro comercial: ¿Polos?

—-

 En una calle en Caracas

 Yo: ¿Cómo llego a la Quinta Avenida? —  le pregunté por teléfono a la amiga a quien iba a ir a visitar.

Amiga:  Vas derecho por la Cuarta Transversal. Allí hay una redoma. A juro doblas a la izquierda. Cuando encuentres un policía acostado, avanzas unos metros.  Yo vivo en la quinta que queda frente a la mata de aguacates.

Derecho — Ok. Que vaya de frente.

Redoma —  Ok. Óvalo.

A juro     —  ¿Así se llamará la calle? ¿No la veo? Tendré  que doblar por acá. No me queda otra opción.

 

Llamo a mi amiga: Oye María Elvira,  ya debo andar cerca de tu casa, pero a ese policía acostado no lo veo.  ¿A qué hora  pasaste por acá? ¡Yo creo que ya se levantó y se fue!

                   A juro               —  de todas maneras

Quinta    — casa

Policía acostado       — rompe muelles

Mata de aguacates   — árbol de paltas

 —-

En la playa de estacionamiento al parquear el carro

 Yo: Baja la luna.

Amigo: ¿Ahh?

Yo: La luna. Que bajes la luna que ya llegamos.

Amigo: ¿Que baje la luna?

 Luna  —  luna

                       Vidrio —  ventana del auto

¿Playa de estacionamiento?  ¡Cómo se le ocurre mi reina! Si por acá no está el mar!

Mi reina  — señora

Estacionamiento  —  playa de estacionamiento

—-

En la bodega

 Yo: ¿Me da por favor un kilo de huevos?

Vendedor: ¿Y dónde está la cámara escondida?

Yo: ¿Qué?

Vendedor: ¿Cómo que un kilo de huevos? Los huevos no se venden por kilo sino por  cartón. A ver pues, ¿cuántos huevos vienen en un kilo? Sólo si sabe se los vendo. Déjeme ponerlos en el peso.

—-

Abasto — bodega;         peso — balanza;     trece huevos — un kilo (¡adiviné!);

Patilla  — sandía;          lechosa — papaya;  maíz— choclo

Parchita — maracuyá;   caraotas — frejoles…

Acuérdate Rossana, acuérdate

Hacer el ruedo — hacer la basta;   flequillo — cerquillo;

Chamo — muchacho;                     pitillo — cañita/sorbete

Fuente — azafate;                          carajito — niño pequeño…

—¡Qué bueno que hablamos el mismo idioma!

 —-

¿Tiritas? ¿Cinta adhesiva?

—-

¿Camisetas?

—-

En el café con amigas

Mesonero: ¿Qué les sirvo?

A: Un marrón grande.

B: Un negrito corto por favor.

C: Un guayoyo para mí.

D: Un con leche.

Yo: Un negro, largo y con leche.

Mesonero, A,B,C,D y  mesa del al lado: ¿Qué?

Yo: Bueno, mejor sírvame una hierbita. ¿Qué hierbas tiene?

Mesonero a punto de llamar al administrador:  ¡Acá no vendemos hierbas señora!

 Marrón grande   — café con leche en taza grande

Negro corto      — café  puro en taza pequeña

Guayoyo  — café americano dulce

                                                 Con leche        — café con más leche que el marrón (marrón claro)

Té — hierbas

Mesonero  — mozo

 —-

¿No se llaman Venditas?

—-

¿T-shirt? ¿Jersey? ¿Camisetas? ¡Lo que ese muchacho lleva puesto! ¡Un polo, señor! ¡Un polo!

¡Ahh! ¡Franela!

—-

Con el plomero

 Yo:  Maestro, ¿y cuánto le demorará reparar el grifo?

Maestro: Una hora seguro, mi doña.

Yo: Ah, qué bueno. ¿Y cuánto me va a cobrar, maestro?

Maestro sacando la cabeza del fregadero con cara de furia: Óigame señora, ¿usted se está burlando de  mí? ¡Yo no soy maestro! Soy plomero. ¡Los maestros están en las escuelas!

Yo: Disculpe, maestro.

                 Grifo — caño

 —-

 En el camión de frutas

 Yo: ¡Una docena de plátanos por favor!

Vendedor (¿camionero?): ¿Una docena?

Yo: Sí, claro, gracias. (Uff! Por fin me entienden)

Plátano — plátano para freír de unos veinte cms. cada uno  (¡No!)

Cambur — plátano (eso es lo que quería)

 —-

¿Parches para proteger las heridas?

—-

Trotando en el parque

 Yo: ¡Cuidado con el pasador!

Amiga: ¿Qué?

Amiga: ¡Qué linda tu cachucha!

Yo: ¿Qué?

Amigo: ¡Qué arrecho corres!

Yo: ¿Qué?

Amigo:  ¿Me das la cola?

Yo:  ¿Qué?

Trenzas     — pasador  (nunca pude decirles a mis amigos que se las amarren)

Cachucha — gorra (preferí no ponerme una)

Arrecho     —  bien (al terminar de oír a mi amigo, ¡me fui de cara!)

Dar la cola — jalar, dar un aventón en el carro (fue mejor  evitar mal entendidos)

 —-

Reparando las llantas de la bicicleta

Elías: Anda al grifo con la bici para que le arreglen las llantas. Pero ten cuidado, acá, en Venezuela, a las llantas les dicen cauchos y a la cámara de las llantas, riñón. Para nosotros, los peruanos, es una confusión este tema.

Yo: Gracias, Elías.

Yo: Maestro, ¿me ayuda por favor? Necesito que le cambie los riñones a la bici.

Grifero: ¿Qué?

               Bomba — grifo /gasolinera

Bombero — grifero

 Tripa   — cámara

Riñón — riñón

 ¡Elías! ¡Elías!

—-

Con una amiga que maneja distraída

 Yo: ¡Toca el claxon!  ¡Voltea el timón! ¡Estamos contra el tráfico!

María Elvira: ¿Qué dices chama? ¡No te entiendo! Se espichó el caucho ¡coño! ¡Y en este palo de agua no veo nada!

—-

Corneta — claxon

Volante — timón

Flecha — contra el tráfico

Espichar el caucho — bajar la llanta

Chama- muchacha

¡Coño! — ¡Caramba!

Palo de agua — lluvia torrencial

 —-

 ¡Ahh! ¡Usted quiere una curita!

Curita — Curita

 ¡Coño!

Escrito por Rossana Sala, en Lima, en una noche de insomnio el 30 de mayo de 2013.

                                           Insomnio — Insomnio