Mi nombre es Pedro Alcalá. Me dijeron que aquí podría encontrarlo. ¿Me permite que lo acompañe en la mesa, señor? Sólo usted puede ayudarme. Disculpe mi atrevimiento. Muchas gracias, tomaré un café.
Quisiera explicarle todo desde el principio. ¿Ha vivido en Lima? Tal vez pueda entenderme entonces. Ya conoce como es la bulla, el tráfico desordenado, la terrible contaminación de la ciudad. Los cinco días de la semana que pasaba encerrado en las cuatro paredes de mi oficina, redactando noticias para el periódico en el que trabajaba, viendo al mundo a través de la pantalla del computador, enterándome de las desgracias ocurridas por todas partes, me hacían buscar tranquilidad. Necesitaba respirar aire fresco. Extrañaba mucho mi tierra, Huancaya. Fue allí donde crecí y fui feliz hasta que, para mejorar mi situación económica, tuve que irme a la capital a estudiar en la universidad, encontrar un buen trabajo. ¿Este pañuelo? Sí, es mío. Déjeme que lo guarde bien y le sigo contando.
La verdad es que durante varios años no pude salir de Lima para descansar. Cuando me fue mejor, empecé a aprovechar algunos fines de semana para abandonar la ciudad. Después de viajar por horas hasta Huancaya, tomaba mi bicicleta y pedaleaba aliviado a la laguna Papacocha. ¿Estuvo allí alguna vez? ¿Nunca? Es un lugar mágico, lleno de luz y paz, escondido entre las montañas de Yauyos. Debería visitar esa zona. Le queda tan cerca.
Volví a mi pueblo un viernes y muchos viernes más. Ya de mi familia no quedaba nadie. Al igual que yo, mis padres y hermanos habían emigrado buscando una vida mejor; bueno, no sé si mejor, por lo menos más moderna, con otras oportunidades, fuera del campo, ya sabe. Me alojaba en una posada cómoda y sencilla. Cada sábado y domingo me dedicaba a pasear en la bicicleta que guardada en la casa de unos amigos. Ellos se quejaban de mí porque sólo los veía al dejarla y recogerla. Nunca me daba unos minutos para conversarles. Yo no les hacía caso a sus reclamos. Siempre fui bastante ingrato.
Una roca al pie de un grueso pino, a orillas de la Papacocha, casi podía llevar grabado mi nombre. Tantas veces, de pequeño, me senté sobre esa piedra para disfrutar de las horas. Cómo quisiera haber podido detener mi vida en ese entonces. No había muros, ni puertas, ni techos. Todo era diferente. Me gustaba el calor del sol y la brisa fría de la sierra, observar las montañas interminables, altísimas, el cielo azul, sin nubes. El agua turquesa de la laguna. Disfrutaba también de las tardes ventosas, de lluvia, rayos y truenos, que me hacían correr a casa empapado.
Usted entenderá cómo me cargaban de energía mis visitas a Yauyos. Finalmente, después de mucho tiempo, sentado desde mi roca, podía volver a contemplar la naturaleza, oler las retamas, observar las garzas blancas pasearse libres por el cielo. Me recostaba sobre la hierba para leer tranquilo algún libro. Al final del día regresaba a dormir en la posada. De vez en cuando me distraía al ver gente detenerse en la zona. Muchos llegaban al amanecer, todavía a oscuras, para pescar truchas que atrapaban entre risas silenciosas, por lo menos a lo lejos yo no las escuchaba. Felices se las llevaban a casa, seguro para saborearlas con sus familias. De chico me alegraba tanto ir de pesca. Adoraba esos momentos con mi abuelo, con mi padre, mis hermanos.
Un sábado fue diferente. Al medio día llegó un caballo que cargaba en el lomo a una mujer de vestido largo y blanco, que llevaba puesto un sombrero del mismo color. Ella tenía el cabello casi hasta la cintura. Con cuidado, se bajó del animal y al hacerlo, descubrí que la acompañaba un niño. Tendría unos ocho años, aunque a la distancia no podía confirmarlo.
Me fijé bien en ellos. Me llamaron la atención. Recordé la historia que me contaba mi abuelo de una mujer de pelo largo y de un niño de rostro triste, que huyeron de Yauyos juntos a caballo. La mujer de ese cuento vestía de blanco, con un fino traje largo y un delicado sombrero. Cabalgaba con distinción, tenía la piel muy clara, parecía de otra época. Según mi abuelo, no se trataba de una leyenda y el pequeño que iba con ella, estaba en realidad bajo el hechizo de un duende. ¡Cómo me divertía al escuchar esos relatos fantásticos!
Por un segundo, al verlos llegar, pensé que eran los personajes de esa historia. Sin embargo, me di cuenta de que eso no era posible. De chico quizás pude haber creído en esos mitos, pero hoy, a mis veintiséis años, esas cosas no se aceptan así no más. ¿No es cierto?
De todas maneras sentía intriga, curiosidad. Estarían a unos cien metros de la roca en la que yo descansaba, en un lugar repleto de espesos arbustos y pequeñas cascadas llamado El Bosque del Amor. Pude notar los movimientos suaves y elegantes de esa mujer alta y delgada. No podía verle el rostro, pero bajo su sombrero blanco y alado, caía una larga cabellera negra que el sol hacía brillar. Parecía una princesa. Ella estiró con calma una manta blanca sobre la hierba. Encima, le colocó algunos objetos que yo no alcanzaba a distinguir. Me imaginé que sería algo para comer.
Esa tarde me dediqué a vigilarlos. Los vi conversar. El pequeño no jugaba. Estaba muy quieto para ser un niño. Tenía la impresión que de vez en cuando, la mujer se cubría la cara. Me inquietaba saber si reía o lloraba. Yo estaba demasiado lejos. De pronto me distrajo el ruido estrepitoso de unas motos que avanzaban a toda velocidad por la trocha que había detrás de mí. El polvo y la tierra que levantaron me obligaron a protegerme y correr hacia un lado. Ese instante fue suficiente para que al buscarlos ya no estuvieran. Desaparecieron. Se llevaron la manta y el caballo. Traté de encontrarlos con la mirada. Debían estar en alguna parte del bosque, entre la vegetación, por las cascadas. Fue inútil. Empezaba a oscurecer, así que volví a la posada. En el trayecto me puse a pensar si acaso podría ser cierta la historia que contaba el abuelo. Y si era la mujer de la leyenda, ¿qué edad podría tener ella? Y si se trataba del mismo niño, ¿cómo podría seguir siendo una criatura? Decidí que no le comentaría mis dudas a nadie. Al día siguiente iría una vez más a la laguna para averiguar quiénes eran.
***
Fue un sábado, padre, lo recuerdo bien. Como ya era nuestra costumbre desde que volvimos a Yauyos, Tomás y yo estábamos a orillas de la Papacocha. De pronto notamos que alguien, un hombre, no dejaba de contemplar nuestros movimientos. Nos observaba. Tratamos de acercarnos a él para preguntarle quién era y qué quería. Pero cuando llegamos al lugar donde lo vimos sentado, se había ido. Se marchó en bicicleta por el camino hacia Huancaya. Logramos verle en algo el rostro debajo de la gorra negra que llevaba puesta. No lo conocíamos. Tendría unos treinta años. No vestía como un campesino, aunque por sus rasgos podía ser de acá.
***
Dormí inquieto esa noche. Escuché extraños ruidos muy cerca a la puerta de mi habitación. Sentí que alguien lloraba. Quizás se trataba sólo del intenso soplido del viento. Mi curiosidad y temor fueron creciendo a medida que avanzaban las horas.
***
Al terminar la tarde, Tomás y yo fuimos a Huancaya. Quisimos averiguar de ese joven. Recorrimos varias calles del pueblo hasta que en medio del silencio, oímos interminables lamentos. Creímos que era el llanto de una criatura. ¡Era el duende! Estábamos seguros de que era el duende que anunciaba su presencia con ese silbido penetrante tan propio y desagradable que siempre nos asustaba.
***
Me imaginé cosas terribles que ya no recuerdo, y que tampoco recordaba al día siguiente mientras pedaleaba temprano al Bosque del Amor. Me senté en mi roca. Los esperé y seguí esperando. El sol, el viento, las aves, todo estaba en su sitio. Pasaron ciclistas, pescadores, algunos turistas. Pero de la mujer y el niño, nada.
Regresé al pueblo por una ruta de tierra que serpenteaba el río.
Era domingo. Debía viajar a Lima y no había salido de mis dudas.
***
Volvimos a Vilca. Allí estaríamos más seguros. Al día siguiente preferimos no visitar la laguna. Nos preocupaba encontrarnos con el duende.
Sentimos mucho miedo esa semana. Finalmente, decidimos volver al Bosque del Amor. Es que padre, necesitábamos del agua de esa laguna. Sabíamos que era arriesgado ir, pero no teníamos alternativa.
***
La mujer y ese pequeño se convirtieron en una obsesión para mí. Transformaron mi semana de trabajo en días y noches de espera. En mi tiempo libre, investigué cuanto pude sobre Yauyos. Leí diferentes mitos del lugar. Muchos contaban de “Muqui”, el duende de los Andes peruanos que, para enamorar a las mujeres, se convertía en un hombre alto, fuerte, blanco y rubio. ¿Conoce esa leyenda? Busqué noticias de mujeres y niños desaparecidos. Soñé varias veces con mi abuelo. Habrían pasado unos cinco años desde la última vez que lo había visto. Yo ya vivía en Lima en esa época. Recuerdo muy bien la noche que tuve que viajar a Yauyos de emergencia. El abuelo estaba viejo y enfermo. Me avisaron que necesitaba verme urgente. Quería hablar conmigo de algo importante. No me dijo mucho cuando lo vi por última vez. Quedaba poco de ese hombre fornido y entusiasta, que al igual que su padre había vivido trabajando en las minas. Entre quejas y murmullos me repitió la historia de la mujer de cabello largo, de vestido y sombrero blancos, del niño hechizado, del caballo. Me pidió que sacara un pañuelo que tenía en un cofre de metal escondido en un armario de su habitación. –Cuida del pañuelo, tú sabrás cuándo usarlo– me dijo. No le entendí nada. ¿A qué se refería? ¡Claro que yo sabía cómo y cuándo usar un pañuelo! ¡Si sólo era un pañuelo! –Tú lo sabrás– me repitió y siguió quejándose de dolor. ¡Pobre abuelo!
En realidad señor, hasta ese día yo me había olvidado del episodio del pañuelo. No le había dado importancia. Recién al encontrar a la mujer de blanco, al niño y al caballo, me imaginé que debía tener algún significado especial y tenía que estar relacionado con ellos.
Decidí llevar conmigo el pañuelo en mi siguiente viaje a Yauyos. Lo saqué del cajón donde por muchos años lo tuve guardado. Era blanco y muy suave. El tocarlo me hizo sentir una vez más la ternura de mi abuelo, ese olor tan agradable, inconfundible, que él tenía cada vez que me daba un abrazo. Era asombroso que a pesar de tanto tiempo, su aroma siguiera impregnado en ese pedazo de tela. Lo acaricié, como lo hubiera hecho con sus manos. Me hubiera gustado hacerle más preguntas. Pero ya era tarde. Sólo me quedaba averiguar qué sucedía, y sospechaba que el pañuelo me ayudaría a encontrar la verdad.
Llegó el viernes. Nuevamente viajé a Yauyos, pero esta vez visité Vilca. Como está muy cerca a la laguna Papacocha, creí que la mujer y el pequeño podrían vivir en ese pueblito. Fui en mi bicicleta. Pasaría desapercibido.
Fue sencillo recorrer Vilca. Pocas calles. Poca gente. Había mucha tranquilidad. Me crucé con algunas mujeres, percatándome de que nunca había visto la cara de la que yo buscaba. No podría reconocerla en caso de que estuviera cerca de ella. Caballos, llamas, mulas recorrían las calles al lado de los lugareños. Cargaban manzanas, maíz. Me detuve a conversar con unos muchachitos. Los escuché hablar en quechua sobre sus amigos, el colegio. Me recordaron mi infancia. Dejaron tirados sus trompos y chapitas metálicas, para acercarse corriendo a curiosear y tocar mi bicicleta. –¡Préstamela! ¡Préstamela!– me decían. Les pregunté si habían oído la historia de una mujer de vestido y sombrero blancos que iba a caballo acompañada de un niño. Sin responderme, volvieron rápido a sus trompos y chapitas.
Llegué a la plaza principal del pueblo. Estaba recién remodelada. Tenía algunas bancas de cemento y un altar en el centro. Al otro lado, parado en una esquina, solitario, había un hombre. Parecía extranjero: alto, de piel muy blanca, cabello claro. Vestía unos jeans y una chaqueta oscura. No alcancé a verle el rostro, pero sentí con inquietud cómo me observaba. Necesitaba alejarme de su mirada. Pensé que sería buena idea entrar en la capilla. Era de piedra y adobe, antigua, más pequeña de lo que recordaba pero con ese olor tan especial a incienso y velas encendidas. Decidí quedarme a meditar, a orar un poco al pie del viejo altar, cuando se me acercó un sacerdote, uno de esos curas gorditos, relajados, efusivos y felices, que cubierto por una inmensa sotana negra y sin haber perdido su típico dejo español, me dio la bienvenida y tres abrazos, como si me hubiera estado esperando. No se acordaba de mí. Habían transcurrido muchos años desde la última vez que nos vimos. Él no había cambiado. Yo sí. La ciudad me hizo diferente. No quise decirle quién era yo. Muy amable me ofreció su ayuda. Le expliqué que sólo estaba de paseo. No me atreví a mencionarle la razón que me había llevado hasta allí. No valía la pena inquietar a ese hombre, tan feliz y religioso, con una leyenda más del pueblo. Me despedí y lo dejé sonriente, aunque me di cuenta que él tenía algo que decirme y antes de que pudiera hacerlo, preferí marcharme. No quería adelantarle mis ideas y que le advirtiera a la mujer en caso de que la conociera. Pero al salir, oí unos pasos cortos, rápidos, ocultos detrás de las paredes. Alguien nos había estado escuchando. Era ella, señor. Yo estaba convencido de que era ella y tenía que estar con ese niño.
***
El sábado nos encontramos con un hombre en una esquina de la plaza. Era alto, de manos grandes y toscas, se veía fuerte. Tenía la piel muy blanca y reseca, el pelo rubio, desordenado. Sus ojos redondos y celestes brillaban muy duro. No nos gustó su mirada. Era penetrante. Buscaba algo. Tomás y yo nos protegimos de él aquí, en la capilla. Sospechamos que ese hombre podría ser el duende, ya que en el pueblo se sabía que muchas veces se hacía pasar por un extranjero, por un gringo, para ganarse la confianza de la gente.
Aquí escondidos, Tomás y yo lo vimos a usted, padre, conversar con un joven de acento costeño. Nos pareció el mismo muchacho que nos había estado vigilando en la laguna. No entendimos bien lo que decían, pero cuando se marchó, usted comentó con el monaguillo, que esa cara le era familiar. Dijo estar casi seguro de que se trataba del nieto de don Samuel Alcalá y que vivía en Lima. También se quejó de que la gente de la ciudad sea tan apurada que no le diera tiempo para saludarlo como debía, ni para darle la bendición antes de que se vaya. ¿Lo recuerda? Perdón padre, no se moleste, pero no pudimos evitar oírlos.
***
Al día siguiente, muy temprano, regresé a Vilca. Me oculté cerca a la capilla con la esperanza de descubrir a la mujer y al pequeño. No estaba equivocado. Después de unas horas, atravesaron la plaza montados a caballo. Ella, vestida de blanco, llevaba el mismo sombrero que no dejaba mostrar su rostro. El niño se sujetaba de su espalda. Me dio mucha lástima ese pequeño. Tenía los ojos hundidos, apagados. Hubiera querido verle una sonrisa. Se dirigían al Bosque del Amor. Era mi oportunidad. Decidí seguirlos a escondidas en mi bicicleta y luego adelantarme a ellos. Los vería acercarse a la laguna y los observaría desde algún lugar cercano a donde se sentaran a descansar. Si tenía suerte, podría escuchar de qué hablaban.
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El domingo, Tomás y yo partimos una vez más hacia la Papacocha. A los pocos minutos de salir de casa, nos dimos cuenta que el nieto de don Samuel nos seguía en su bicicleta.
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Llegaron. Con elegancia y cuidado, la mujer se bajó del animal ayudando al pequeño como lo había hecho antes. Ella, tendió una manta bajo la sombra de un árbol, muy cerca a la orilla y se sentó. El niño la contempló. Ella, se cubrió la cara con las manos. La oí llorar. Lloraba sin consuelo, señor.
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Al llegar, empecé a quejarme, a desahogarme, con mi pobre Tomás. Es que era tan difícil nuestra vida, padre y no podíamos hacer nada para cambiar las cosas.
******
El pequeño, todavía de pie, se le acercó para acariciarle el largo cabello. Ella dejó por fin su rostro descubierto al sol. Se lo pude ver. Fino, melancólico, lucía pálido. Sufría tanto. Casi pude sentir el dolor de esa mujer a quien ni siquiera conocía. Me distraje. No pude evitar hacer ruido al pisar algunas ramas y hojas secas. Me vieron. Tomás empezó a consolarme, cuando noté que el joven nos vigilaba agachado entre unos queñuales. La miré a los ojos. Eran de un color negro tan profundo. Estaban húmedos al igual que su rostro. Me cubrí la cara para que no me viera llorar. Sin pensarlo, casi por instinto, me acerqué a ella mientras buscaba el pañuelo de mi bolsillo. De pronto apareció el aroma inconfundible de don Samuel. ¡Eso era imposible! El olor tan especial a mi abuelo invadió el lugar. Le sequé los ojos. Levanté la cara. Un pañuelo suave me la acariciaba. –¿Dime dónde conseguiste este pañuelo? ¿De dónde lo sacaste?– le pregunté al joven, y cuando me dijo que era de su abuelo…. La mujer aprisionó mi muñeca mirándome con tanta firmeza que me obligó a dejar caer el pañuelo y comenzó a darle órdenes al pequeño. …recordé el día que mi Tomás fue hechizado por el duende, la impotencia, el dolor que sufrí, la ira. –¡Recoge el pañuelo! ¡Bátelo en el aire tres veces!– le grité desesperada a mi pobre Tomás. El niño hizo caso de inmediato. El encanto era tan grande que la magia del pañuelo no fue suficiente. Ante mi total espanto, la mujer me exigió meter al pequeño en el agua. ¡Sumérgelo en el agua! ¡Sumérgelo ahora! Yo no entendía qué pasaba. La mujer no cesaba de contemplarme, me tenía atrapado en su mirada. No podía desprenderme de sus ojos negros, de su energía. Intenté liberarme de ella… No sé cómo pude convencer a ese muchacho para que hundiera en la laguna a mi Tomás, no sé de dónde saqué la fuerza, pero lo hice y después de unos minutos, Tomás ya no estaba. ¡No estaba mi Tomás! …cuando de pronto me vi de rodillas, inclinado al borde de la laguna, con las manos mojadas, frías, metidas en el agua helada de la Papacocha y entre ellas, el rostro de ese niño. Parecía dormido. Se le veía relajado, tranquilo. Yo no podía dominar mis manos y lo obligaba a botar el último aire de sus pulmones. Salían burbujas, espuma, su cuerpo indefenso, estaba preso en un remolino furioso que me impedía verlo, sólo sentía su cuello, delgado, débil, quieto, casi no se movía. ¡Lo estaba matando! ¡Fue el peor momento de mi vida! Pensé que lo había perdido para siempre. De un instante a otro, unos brazos fuertes que venían del fondo de la laguna, me obligaron a dejar libre a la criatura. Volví a controlar mis manos. Me paré y busqué en el agua. Estaba revuelta, turbia por el laberinto, cuando un hombre desnudo, temblando de frio, salió de allí. ¡Salió de la Papacocha! ¡Del mismo lugar donde yo había tratado de ahogar al pequeño!
******
¡Pero gracias a Dios estaba equivocada! ¡Finalmente sucedió lo que Tomás y yo tanto habíamos esperado! ¡Cuánto habíamos rezado por eso! ¡Se rompió el hechizo! ¡Fue Tomás quien salió de esa laguna! ¡Ya no era más un niño! ¡El pañuelo y las aguas encantadas de la Papacocha me lo devolvieron!
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De inmediato la mujer corrió a envolverlo con la manta que recogió del suelo.
***
Estaba desnudo, tiritaba, lo abrigué con todo mi cariño.
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El niño ya no estaba. Un hombre de mediana estatura, de unos cincuenta años, agotado y jadeante, tomó su lugar. La mujer cambió su mirada. ¡Cómo le resplandecía el rostro! Él, la estrechó entre sus brazos mientras ella sonreía.
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Me abrazó con fuerza. El tiempo por fin había transcurrido para los dos. Estábamos felices.
***
Permanecieron en silencio, lloraron juntos.
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Había recuperado a mi Tomás.
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¡Creí que me había vuelto loco! ¡No podía haber sucedido todo eso! Quise escaparme, ir en busca del niño. ¿Dónde estaba ese pequeño? Tenía la esperanza de no haberlo ahogado. Empecé a escabullirme cuando la mujer, con una voz muy dulce, me pidió que no me fuera. Me acerqué a ella. Extendía mi pañuelo. El pañuelo de mi abuelo.
***
Le agradecí. Le devolví su pañuelo.
***
Lo tomé de su mano. –¿Qué ha pasado?– le reclamé que me explique. –¿Dónde está el niño? ¿Quiénes son ustedes?–. El hombre me agradeció por haberlo salvado. Algo repuesto, pero con la respiración todavía entrecortada, me empezó a hablar de los duendes de Yauyos. Me dijo que algunos de ellos, tristes y solitarios, se presentaban en el pueblo convertidos en hombres altos, fuertes, blancos y rubios y se robaban a las mujeres tomándolas por esposas y haciéndolas vivir en el fondo de las lagunas. Me contó que hace muchísimos años, un duende se enamoró de su esposa y para quedarse con ella, lo transformó eternamente en un niño. Quería abandonarlo en el bosque y llevarse a su mujer.Todo el pueblo supo lo ocurrido y el abuelo Samuel, fue el único que se atrevió a ir a rescatarlos. El abuelo encontró a la mujer y al pequeño en El Bosque del Amor. Se decía que el agua de la Papacocha hacía recuperar su forma a quienes habían sufrido de los poderes de los duendes. Sin embargo esa vez no fue suficiente. El abuelo les dio su caballo para que huyeran a esconderse mientras él partía en busca del duende. Les prometió que traería lo que hacía falta para poder romper el encanto. La mujer y el niño cabalgaron temerosos durante horas hasta que el pobre animal, extenuado, se detuvo. Conociendo de los terribles poderes del duende, no confiaron que el abuelo fuera capaz de cumplir con su promesa. Por eso vivieron lejos de Yauyos, con miedo a que el duende los descubra y se lleve a la mujer. Años después, cuando por fin tuvieron el valor de regresar, fue demasiado tarde. Se enteraron de que el abuelo había muerto. Nadie supo si pudo capturar al duende, pero les contaron que ya de viejo, el abuelo Samuel hablaba de un pañuelo con poderes mágicos que dándole tres golpes en el aire, el duende hacía y deshacía sus hechizos. Con la muerte del abuelo perdieron la esperanza de que aparezca ese pañuelo y que el hombre, alguna vez, dejara de ser un niño.
***
Tratamos de explicarle lo que había pasado. Estaba impresionado. No respondió ni cuando le preguntamos su nombre. Nos escuchó con atención y se fue sin despedirse. Dijo que debía encontrar al niño. Que no podía haberlo matado. Tomás y yo no supimos qué hacer. Quisimos ayudar al muchacho pero estábamos seguros que el duende estaba cerca y pensamos que si veía a Tomás convertido en un hombre, trataría de atraparnos, sospecharía que teníamos su pañuelo. Asustados, decidimos huir una vez más de Yauyos.
***
Hasta ese día, el día que le sequé las lágrimas a la mujer de blanco, el pañuelo se había convertido en sólo una leyenda más del pueblo. En Yauyos no se ha vuelto a saber de ella, tampoco del niño. Muchos me acusan de la desaparición de ambos. Nadie cree que exista ese hombre a quien yo juro que vi salir de la laguna.
Desesperado, me fui a Vilca a conversar con el cura. Él fue quien me dijo que en Cañete, encontraría a un hombre que se hace llamar El Gringo. Que viniera a buscarlo. Por eso señor, he llegado hasta aquí, donde usted, y le ruego que me diga dónde está ese niño. ¿Pero por qué me mira así? ¿Qué tiene señor? ¿Por qué se me acerca? ¿Qué quiere? ¿El pañuelo? ¡No me obligue a dárselo! ¡Por favor, no me lo quite! El pañuelo ¡no!
***
Se lo pido, padre. Usted puede ayudarnos. Ha pasado mucho tiempo. Tomás y yo no merecemos vivir escondidos. Queremos aclarar en el pueblo que ese joven no es un asesino. Debemos hablar con el nieto de don Samuel Alcalá. Agradecerle lo que hizo por nosotros. Decirle que no se preocupe, que él no mató a nadie. Necesitamos advertirle que mientras cuide bien de ese pañuelo, el duende no podrá hacer ningún hechizo. ¡El pañuelo! ¿Pero padre, qué hace usted con el pañuelo? ¿Cómo lo consiguió? ¡No puede ser! ¡Tomás! Otra vez ¡no! El pañuelo ¡no!
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